23 setiembre 2007

EL VEREDICTO DE LOS CAIDOS (CARTA A KENYA FUJIMORI)

Kenya Inomoto;

Deberíamos haberte organizado una gran bienvenida por tu reincidencia en este accidente geográfico llamado Perú, el cual tuviste la ventura – o desventura – de gobernar. Obviamente, las circunstancias en que llegas, escoltado por cientos policías, detectives y agentes judiciales, protegido por las sospechosas autoridades apristas que no te dejan ser captado – perdido y cabizbajo – por los medios de comunicación, sofocado por cámaras, cables y berridos de la manada contratada para tu distensión, no tiene mucho de regular (a pesar de no ser grave), pero dado tus antecedentes y procedimiento de huida habitual, algo de justicia poética conserva. Porque Japonés eres, y mucho del rito y la teatralidad de los escenarios conoces. Japonés de primera generación que llegaste en un barquito con alimañas, albergado por la tranquilidad del vientre de doña Mutsue, en los estertores de la II Guerra Mundial, cuando todo aquello que se mentara sobre tu nacionalidad en Occidente (y sus anexos) tenía la grave sospecha del leproso y la puñalada trapera.



Estoy absolutamente seguro que a muchos les hubiera gustado darte la bienvenida que ahora te prodigan los tribunales.
Gracias al histórico fallo de la justicia chilena que te ha puesto de patitas en un avión con rumbo norte luego de 7 años de prolongada ausencia, fruto de tu encantadora tendencia a escapar cuando las papas quemaban (dile sino lo contrario a Salinas Sedó y los militares del 13 de noviembre), tendrás un reencuentro con el pasado, con aquél que necesita verte a los ojos y recordarte que aún le tienes una deuda pendiente de alta denominación.

Estoy seguro que los ametrallados en la pollada mortal de Barrios Altos (noviembre de 1991) hubieran estado firmes, haciendo su vigilia frente a la sede de la DIROES, sin los espantosos histerismos de los Raffo, Lozada, Moyano de todas las podredumbres. Me imagino que aquellos 9 estudiantes y el profesor que el 18 de julio de 1992 ordenaste extraer de sus habitaciones, secuestrarlos, torturarlos, asesinarlos, seccionarlos e incinerarlos (en el fragor de la guerra antisubversiva) tendrían el gusto de acompañar a Gisella Ortiz y Raída Cóndor, batalladoras familiares, en la contemplación de tu descenso por las escalinatas del avión. Pero no solo ellos quisieran darte la bienvenida. También Enrique Castillo Páez, estudiante de la PUCP que en 1991 fue tomado prisionero por una patrulla policial y hasta el momento sus familiares siguen infructuosamente buscando su cuerpo. Seguramente también los estudiantes de la Universidad del Centro, en Huancayo, quienes en 1993 se hicieron humo como por arte de un mago negro. Ni que hablar del sindicalista Pedro Huillca Tecse, asesinado por incómodo al gobierno, de Mariella Barreto, descuartizada en los sótanos donde vigilaba el Asesor, los rociados por kerosene que Santiago Martin Rivas y Carlos Pichilingue transformaron en ceniza desde la metodología del Grupo Colina (dile a Ricardo Uceda que te ayude con la memoria). No te olvides de las cinco personas a quienes tus militarotes cobardes y miserables (entre ellos el corrupto José Villanueva Ruesta) y tus esbirros dirigidos por Tomás Gonzales y Enrique Sotero Navarro dispararon a sangre y fuego, acuérdate, arrollaron con una camioneta que escapaba despavorida (acuérdate, peruano de papeles sin honra), una niña de dos años y su madre, un 24 de octubre de 1998, mientras tú celebrabas una Paz con Ecuador que hasta el momento no ha cuajado totalmente. Pero, claro, ellos no pueden estar, aunque quisieran. Tú sabes bien por qué. Solo permanecen flotando en espíritu, memoria, recuerdo que te quema intensamente las mejillas

Habría tantos más que quisieran estar allí, sintiendo el momento cumbre de tu martirologio, acogotado por las evidencias, imperturbable en tu reverencial terror a lo que se te ha escapado totalmente de control, pequeño con tu ejército de abogados y tus videos chantajistas, con el directorio telefónico de todos aquellos fariseos que te deben favores y cuya línea directa – principal – se conecta con el mismísimo Palacio de Gobierno. Patalearás a través de tus huestes atemorizadas por la ira, enviarás mensajes cifrados a tus acreedores, te colgarás aún más de tu sonrisa de circunstancia, pero habrá sido muy tarde. Cualquiera de los siete expedientes por los que has sido extradito te conduce inexorablemente a la condena. Cualquiera de todos los muertos que tu ambición de poder y tu extraña forma de pacificar al país desperdigaron a lo largo de una década ya han sentenciado su veredicto. Con razón ahora te calza tan bien este poema de Etsuro Sakamoto:
Todos los días comparto un ataúd/ con los extraños/Clavando de prisa/mi propio ataúd/me dirijo a la ciudad/para ser enterrado vivo.

Bienvenido Kenya Inomoto, a.k.a. Alberto Fujimori Fujimori. Los que claman justicia desde el más allá (y en el más acá) te estábamos esperando. No sabes cuánto.

Pd:
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