
Santiago, el combatiente, no existe, por cierto. Es un personaje de ficción. Pero está más vivo que cualquiera de todos aquellos que se le dan de sapazos. Santiago es el personaje de la opera prima de Josué Méndez, que describe la historia de este ex combatiente de la guerra contra el terrorismo que, ahora, lejos de los escenarios de combate, debe asumirse en un teatro de operaciones mucho más despiadado que cualquiera en que haya luchado.
Días de Santiago es una gran revelación de la cinematografía nacional y la mejor película peruana desde Bajo la piel (de Francisco Lombardi) estrenada hace ya casi diez años. Aquí el protagonista es un marginal que medita sobre su razón de ser en este mundo cada vez más idiotizado y cruel, donde incluso la gente que está mas cerca de ti (tu familia, tus amigos) pueden realmente hacerte daño, hacer que aflores tu peor especie. Sólo lo mantiene vivo su propia coherencia moral y su desaliento. Pietro Sibille en el papel de Santiago simplemente está genial y me causa grata sorpresa la actuación de Marisela Puicón como gomeada femme fatale de barrio pobre. Méndez se luce con el guión, con los diálogos (en algunos casos el personaje principal nos recuerda tanto al veterano desquiciado que compuso Robert De Niro para Taxi Driver de 1976, la obra maestra de Martin Scorsese), con la edición (esa cámara nerviosa que toma los primeros planos, tan Dogma y tan Tarantino para los alucinantes Kill Bill) y, claro está, con la dirección de actores. Es un gran acierto y un mejor descubrimiento esta pequeña pieza de orfebrería cinematográfica.
Felizmente, Santiago el combatiente, demuestra que en este país se pueden hacer las cosas con arte y con coraje. Lamentablemente, los grandes problemas del país siguen siendo un asunto irresuelto, una vuelta de tuerca a la realidad, una marchita ruleta rusa librada en deshonor de la palabra esperanza (perdonen la tristeza).
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