21 setiembre 2008

AMORES DE ESTUDIANTE

Por: Germán Lequerica Perea (1932 – 2002) (*)



Rodrigo decía a veces que Andrés era un distraído del carajo porque dejaba las cosas olvidadas en cualquier lugar y luego no sabía qué hacer buscándolas por rincones imposibles. Levantaba libros, hurgaba en los cajones donde todo lo tenía revuelto, y al final no las encontraba. Según Rodrigo, hacía esto para comentar después que la gente le visitaba sólo para robarle. Así había ocurrido con el cuchillo de monte, ese nuevito sin afilar con vaina de suela, que había comprado la vez que dos mercachifles costeños alborotaron el mercado con sus pregones alimeñados, mientras vendía lamparines pintados de azul, verde o amarillo que él mismo confeccionaba de latas de leche vacías. Ese mediodía llegó apresurado al hotel donde se hospedaba, metió la caja de lamparines debajo de la cama y volvió a salir casi corriendo para reunirse con los trabajadores que junto con él habían sido despedidos de la SAKRY, la empresa norteamericana que construía el tramo a San Alejandro, pues era el secretario de defensa del sindicato. Cuando regresó por la noche echó de menos el cuchillo y por más que lo buscó por todos lados no lo encontró. En la primera ocasión le dijo qué suerte Rodrigo, si ese cuchillo no desaparece no vuelvo a encontrarme con Rosario. Se acostó con la idea del cuchillo en la cabeza. Pero cerró los ojos y le cruzó por la mente la figura garbosa de María haciendo el mercado. ¿Qué tal si la invitaba a irse de paseo el domingo a Yarinacocha? Llevaría su trusa para bañarse en el lago y si tenía suerte hasta podría encontrar perlitas en las ostras que de ahí se sacaban, porque los gringos lingüistas del Instituto de Verano las recolectaban usando una escafandra. Se sumergían hasta el fondo iluminándose con linternas especiales y asustaban a los ingenuos pescadores que creían ver deslizarse en las profundidades a un ser fantasmal, madre del lago, en las noches oscuras. En una de esas tuvieron que cortar la manga de jebe que se les había atascado en la red y el pobre buzo se ahogó sin pensar. Al tercer día encontraron su cadáver hinchado en un gramalotal de la orilla y sin decir nada a nadie los gringos se lo llevaron a su tierra en una avioneta. Cuando a la mañana siguiente le contó al vigilante diurno del hotel lo de la pérdida de su cuchillo, éste le aseguró que si dejaba abierta la ventana de su cuarto que daba a la huerta del vecino, él no era responsable de nada. Por ahí se meten los ladrones, le dijo. Entonces Andrés le prometió que atraparía al ladrón. Se levantaba temprano, metía bulla en su cuarto para que se enterasen que ya estaba despierto y salía dando un portazo. Pero no salía. Cerraba la puerta desde dentro y se paraba detrás de la ventana abierta para espiar por la rendija a ver si alguien osaba subir hasta su cuarto a robarle. Un día mientras esperaba al ladrón vio a una chica guapísima salir de una de las casas vecinas con una batea de ropa recién lavada para tenderla al sol. Era ella, Rodrigo, Rosario. ¿Te conté lo de Rosario? Claro que no te lo conté, porque un hombre no cuenta las cosas que le suceden con las mujeres. Era la chica de Contamana a quien no veía hacía meses. Cuando ella miró hacia la ventana abanicándose los hombros con los cabellos y lo reconoció, Andrés le hizo señas para verse más tarde en la calle y ella le contestó con un gesto que estaba bien, sorprendida de un encuentro así después de casi un año. ¿Cuándo llegaste? Ayer. ¿Vamos a Yarinacocha mañana? Bueno, pero ¿y si llueve? Nos vamos con lluvia y todo. Así que fueron de paseo al lago en medio de un fuerte aguacero. El autobús avanzaba despacio, patinando en el fango de la ondulada carretera, a la vez que repartía nalgadas al caer en los baches mientras la lluvia que se filtraba por las cansadas junturas del techo mojaba a los pobres pasajeros como si estuviesen viajando en la intemperie. Además, el viento que golpeaba las rotas cenefas de las ventanas hacía entrar la lluvia en repetidas ráfagas, empapando aún más a la gente que se reía de los otros con la misma resignación con que festejaba su propio infortunio en aceptación casi ritual de que así era pues viajar con aguacero y todo. Uno que otro adusto pasajero imprecaba la situación, culpando al dueño del desvencijado vehículo porque sólo le interesaba ganar dinero y no se preocupaba por el buen servicio. Rosario y Andrés iban de pie regocijados de estar juntos otra vez después de tantos años, pensando en las sorpresas que les depararía ese domingo luego de la última vez que se habían encontrado en La Hoyada, cuando él fue a despedir a un amigo que viajaba a Iquitos en “La Libertad” y resulta que ahí estaba ella a bordo con su maletín. Qué gusto Andrés, mira pues a la hora que te veo, me voy a Contamana. El le pidió su dirección, para escribirte, le dijo. Mejor dame la tuya, yo te escribo primero, replicó ella. Pero nunca escribió y Andrés pensó que no debía reclamarle por eso, pues aunque había sido su primer amor ahora sólo era una amiga de la infancia a quien seguía amando de un modo diferente, tal vez por la nostalgia de cómo empezó a quererla cuando le contó la vez que su padre la llevó a conocer Lima. ¡Quiero conocer Lima, cuándo me vas a llevar!, le pedía con un ruego que más parecía una exigencia. Hasta que un domingo de esos su padre le dijo bueno, vístete, te voy a llevar a Lima. Y Rosarito, de siete años, se vistió apresurada con la cómplice solicitud de su madre que le puso fustán con blondas, traje de organdí de mangas buchonas y escote alto, que te queda muy bien, le dijo. La acicaló con sus mejores prendas, le igualó el cerquillo, le amarró una vincha rosada con un lazo grande para que se le notara y finalmente le colgó del brazo una carterita blanca para que hiciera juego con sus zapatos y medias del mismo color. ¿Lista? Vámonos ya, le dijo sonriente su padre, y salieron a caminar por calles y calles. Qué lejos queda Lima, pensaba Rosario, ¿falta mucho papá? Esta ya cerca, hijita. Y de veras estaban casi llegando. A la vuelta de la esquina apareció ante sus asombrados ojos un largo cerco de zinc con enredaderas, aromados floripondios y una ancha puerta en el centro. Ahí está, le dijo su padre, y entraron en la espaciosa huerta donde doña Micaela cuidaba con armoniosa dedicación una gran variedad de flores en surcos muy bien ordenados y con espacios limpios entre ellos, que a Rosario le parecieron los jirones de la ciudad. De ese solicitado jardín salían a diario hermosos ramos de jazmín del cabo, nardos para los matrimonios de fin de semana, claveles rojos de ilusión, y también tercas y ancianas siemprevivas. Recorrieron el lugar admirando las impecables matas de narcisos, begonias, jacintos, dalias y gladiolos. Esta es la ciudad jardín, le dijo su padre, así le llaman a Lima los descendientes de los virreyes. Así que ya tienes qué contar. Y luego de una breve conversación con la dueña retornaron a casa. Después ella contestaba las preguntas de sus amiguitas recordando lo que su padre le había contado que vio en Lima y a veces inventando sus primeras mentiras: que en un parque de Barranco vivía un pobre y viejo elefante de mirada tristísima que parecía que iba a llorar porque le tenían encadenado, que allí también había un estanque con ballenas azules y grandes barcos de papel, que se había ido a una playa donde el mar tenía agua dulce. Yo he bebido esa agua afirmaba cuando le advertían que el mar era salado. Hasta que un día una de sus amiguitas le preguntó en qué había viajado y ella le contestó que se había ido a pie nomás. Entonces no conoces Lima porque allá se va en avión, le dijo, y como ella no supo qué replicarle llegó a su casa llorando. Me has engañado, no me has llevado a Lima, le reclamó a su padre. ¿En qué piensas?, le interrumpió Rosario cuando el autobús llegaba ya al último paradero y la lluvia seguía arreciando con la entusiasta idea de estar iniciando el aguacero del siglo. Bajaron corriendo y fueron a desayunar en el mercadillo que quedaba a unos pasos del lago. Pidieron cecina y plátanos asados, café caliente. Se sentaron cerca a la cocina de carbón cuyas brasas desprendían un calor que les tocaba los brazos y la cara, pero él tenía los pies fríos y yo también, afirmó ella. Después, como no escampaba, Andrés alquiló una canoa para irnos allá, le dijo, a ese tambito que se veía a lo lejos donde los pescadores remendaban sus redes y semejaba una garza ceniza con sus patitas en el agua. Ahora que ya no estaba nadie allí podían pasar el día solos, llevar juanes de yuca para el almuerzo y frutas. Así que abordaron la pequeña canoa, que Andrés empujó con el pie para darle el impulso de arranque, mientras Rosario se instalaba en el asiento de popa acomodando detrás suyo el fiambre, y cuando navegaban ya empezó a desaguar la embarcación con un pate. La lluvia reventaba globitos al tocar las aguas del lago que pese al rápido viento no había perdido del todo la serenidad y sólo mostraba aisladas parcelas de nerviosas olitas en tanto los pescaditos que habían ido a jugar cerca de la superficie saltaban asustados a cada golpe del remo que Andrés manejaba diestro, combinando uno a la izquierda y otro a la derecha, hasta que arribaron al solitario tambo donde además de un espacio al aire libre había un cuartito con una red vieja extendida en el piso como colchón para la siesta. Nos quitamos la ropa, la tendemos en este cordel para que la seque el viento, propuso Andrés, y entre tanto podían refugiarse ahí a charlar. ¿Cómo te va, sigues en el mismo trabajo? Si, pero lo voy a dejar. Quiero quedarme en Pucallpa. ¿Por qué? Ya no puedo seguir en Contamana, tengo que salir de ahí. Andrés notó cierto descontento en las palabras de Rosario. Qué tendrá en la cabeza esta chica, venirse a Pucallpa, ¿a qué?, pensó y enseguida recordó los viejos tiempos de Iquitos, cuando eran muchachos y estudiaban primaria, ella en la Batería y él en el Centro Escolar. Vivían por Versalles y como todos los escueleros de la época solían irse de vaca entre varios a bañarse en la quebrada de Paíno. Primero correteaban por el paso persiguiéndose unos a otros y molestando al ganado que rumiaba mansamente mientras era desgarrapatado por negros y asustadizos vacamuchachos, comían nísperos, granadillas, y hasta esa mullaca de la víbora que les dejaba la lengua morada. Luego las chicas sudorosas y cansadas se desnudaban, y ellos también, todos calatos, y se metían a la quebrada de aguas frescas para nadar sin mojarse el cabello hasta que el sol se escondía entre los árboles. Cierta tarde Andrés le preguntó a Rosario si quería ser su chica. ¿Para qué? Para nada, sólo quiero que seas mi chica, le dijo, y ella le contestó que no sé porque aún no tenía edad para tener hijos. Se sintió mal y por más que trató de sustituirla por otra de las chicas que conocía, al final sólo le gustaba ella, sus ojos negros que a veces le miraban entre seductora y celosa y esos hoyuelos junto a su boca cuando se reía de los chistes que le contaba. A la semana más o menos le dijo ya pues, pero me ayudas a estudiar aritmética. Así llegó a ser mi chica, Rodrigo, ¿te imaginas? Después, como ella era su vecina, entraba y salía de su casa a cualquier hora, resolvían problemas juntos. Y cuando ella viajó a Contamana con sus padres para establecerse allá Andrés no supo qué hacer, la extrañaba a cada instante, la veía con los ojos abiertos. No sé qué le pasa a este muchacho que no duerme, se amanece leyendo no sé qué libros, decía su madre. Ese fin de mes su padre le compró zapatos de fútbol y le dijo a ver si llegas a jugar por el Chacarita, pero nunca le aceptaron ni de suplente en el equipo. La única carta que le escribió Rosario llegó seis meses después cuando Andrés ya estaba metido hasta los botines en su repentina afición por la pelota con la novedad perturbadora de que ella soñaba tener cuando fuera grande un hijo igualito que tú, por que te quiero y no te olvidaré Andrés, por diosito que no te olvidaré, le decía. El guardó esa carta por años para leerla cada vez que se le iba de las manos la esperanza, hasta que un día se le olvidó en el bolsillo y terminó ahogada junto con otros papeles en la batea de ropa sucia. Así desapareció el único testimonio de que alguien en algún lugar de la tierra deseaba tener un hijo suyo. Esa inesperada promesa le había ayudado a vivir en la era de sus fracasados enamoramientos de colegial, aunque con el remordimiento de no haber contestado la carta para decirle que también él soñaba con ese hijo que les uniría para siempre, ¿ves Rodrigo? Esa mañana en Yarinacocha al comienzo no comprendió por qué ella le había hecho recordar todo eso. Me hiciste sufrir mucho, le dijo. Yo también sufrí, le contestó Andrés. Estaban recostados en la red. Ella había puesto a secar también su monillo y sus pechos tibios rozaban con inocente descuido el brazo de Andrés que cerró fuertemente los ojos para resistir mejor la agresiva proximidad de Rosario y vio por primera vez a María con una canasta vacía colgándole del brazo, la falda breve y ceñida. La calcomanía de su blusa que decía “Haz el amor/no la guerra” le hizo pensar tantas cosas, pero cuando se acercó para comprarle unos aretitos, seria, muy señorita, él sólo se fijó en el lunarcito rojo de su cuello, en sus mejillas pecosas. De pronto la reconoció como la chica que vendía frutas en una mesita frente al colegio de mujeres. A partir de entonces se convirtió en sus asiduo cliente. Cuantas veces pasaba por su venta le compraba cualquier cosa. Y así se hicieron amigos. Pero, aunque conversaban de todo, cuando Andrés le salpicaba una de esas palabritas que los enamorados suelen exhalar como suspiros ella se quedaba callada. ¿Por qué, Rodrigo? Bueno, ahí es cosa seria, no es una chica para pasar el tiempo. Ella nunca le había aceptado ser más que amigos hasta aquella inesperada tarde en que la encontró camino de Yarinacocha, cuando el autobús en que viajaba se plantó frente a la gran lupuna y ella se bajó del vehículo junto con la demás gente para continuar a pie en el instante en que pasaba un jeep a toda velocidad levantando una nube de tierra que ensució a todo el mundo. María aceptó el pañuelo que le ofreció Andrés para limpiarse el rostro sudoroso y les dijo a sus hermanos que fueran adelante, que les esperaran en el puerto. Esa fue mi tarde de suerte, Rodrigo. Porque en la carretera, al doblar la curva desde donde se pueden ver ya las tranquilas aguas del lago, las canoas pintadas de colores alegres con sus techitos de palma y la balsa que hacía de atracadero flotando sobre el reflejo de las nubes, en ese sitio exacto le dijo que sí. Qué sorpresa, Rodrigo. Se sintió confundido, tropezó, rieron. Entonces, como en una alucinación, él vio que los pomelos de grandes frutos amarillos que vivían detrás de una alambrada lo miraban incrédulos, se reían de él agitando sus ramas y con sus hojas, que hacía hablar el viento, le decían burlándose: ¡No puede ser! Bueno, eso me pareció oír, Rodrigo. Estaba contento. Aprovecharon la mañana para ir de un lado a otro comprando frutas para la venta de María. Llenaron dos canastas y dos talegas. Después, mientras los hermanos de María se bañaban junto con los otros niños subiéndose a los árboles de la orilla para saltar al agua desde las ramas, ellos hablaron francamente de su nuevo amor sentados sobre la hierba. Ahorras dinero y te vas a verme todas las noches, nada de tus amigos, le dijo, pero él le contestó que tenía un cargo importante en el sindicato donde había mucho trabajo por las noches, así que espero que comprendas. A ella no le agradó mucho escuchar esta respuesta. Andrés miró hacia lo alto para ver cómo el sol, luego de abrirse paso entre las hojas, reptaba por las ramas y los tallos y manchaba de luces el cuerpo de la tímida sombra que había ido a refugiarse debajo de los guabos, y sin proponérselo dejó caer entre ambos un silencio pequeñito que ella aprovechó para mostrar a la tarde su primera seriedad, y al tiempo que enlazaba las manos juntando las rodillas, el rostro se le fue apagando en una lenta caída mientras sus ojos fijos miraban crecer la hierba. ¿No te decía?, está pensando en matrimonio, dijo Rodrigo. Los muchachos se habían cansado de nadar y apuraron a María para irse ya a la casa, que ya era tarde. Entonces volvió la bulliciosa palabra y todos se alegraron otra vez camino del paradero donde el chofer del autobús trataba de desembarcar a un achispado pasajero que hablaba lisuras delante de algunas inesperadas pasajeras que comentaban ofendidas, ay Jesús esa bocaza. Cuando el borrachito al fin aceptó bajarse del vehículo le dijo al chofer, usted eres un abusivo, qué vale tu carro viejo, ya no sopla. ¡Cállate muerto de hambre! ¿Muerto de hambre? De eso vives usted, de eso sabes vivir. Y ahora que nuevamente abrió los ojos Andrés miró el techo cenizo del tambo y vio una retorcida, larga y seca cáscara de naranja colgada de la viga como si fuera una serpiente a punto de caer sobre ellos. Sintió los pechos de Rosario en su brazo, la proximidad de sus cabellos revueltos, su aliento de caramelo. Y cuando la acariciaba ya suavemente el rostro entonces ella le dijo ¿sabes?, quiero pedirte que me ayudes. Y le contó la historia de su desesperada aflicción porque iba a tener un hijo y no sabía qué hacer pues el presunto padre la había abandonado sin haberse enterado de nada. ¿Quieres ser el padre de mi hijo?, le preguntó. Andrés no supo que contestar repentinamente turbado, perplejo. Con los ojos abiertos vio a su padre cuando la llevó a conocer Lima, desnuda en la quebrada de Paíno. Vio su única carta de amor con la promesa de darle alguna vez un hijo, y también a María reprochándole su traición y decirle que no quería saber más de él para siempre. Tenía la mente en blanco, la sensación de estar flotando en el vacío, cayéndose a un abismo. Casi automáticamente, sin pensarlo, le dijo esta bien, seré el padre de tu hijo. Entonces ella se levantó y caminó a contraluz fuera del cuarto proyectando su figura semidesnuda y difusa contra los ojos de Andrés que vio cómo se quitaba lentamente el calzón y lo tendía en el cordel, se volvía hacia él arreglándose los cabellos con ambas manos mientras los pechos se le resbalaban como caimitos maduros. Y acercándose graciosamente de puntillas hasta acuclillarse a su lado le murmuró al oído, ¿no me vas a tirar? Aquí Andrés perdió definitivamente el control. Por un instante en una acelerada sucesión de imágenes, vio la impaciente curiosidad de Rodrigo instándolo para que le revelara el final de lo ocurrido, innumerables manos aplaudiéndole desde todos los flancos, pomelos amarillos llorando a carcajadas, la lluvia espesa amontonada en la copa de los árboles, en tanto el sol pugnaba por incendiar el inobjetable cuerpo desnudo de Rosario. Luego retornó a sus ojos la oportuna y desconcertada realidad, y con ella, la indudable certeza de que ese hijo por venir iba a ser el fruto soñado de sus amores de estudiante.



(*) Extractos del libro realizado por el escritor loretano Germán Lequerica, que fueron publicados en 1986 y 1997, por Ediciones Crisálida, y recuperados ahora por Lando. La carátula de esta imagen tiene las ilustraciones del artista Zoltán Keseru.

2 comentarios:

Lando dijo...

Hola Paco:
Sobre el post y para conocer un poco más a LEQUERICA, te transcribo el comentario de el R. P. José María Arroyo, excepcional intelectual nacido en España, quien fuera profesor principal de Lengua y Literatura de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP) y que escribió en un artículo en la Revista de Cultura Amazónica, N° 2, editada por el Instituto Nacional de Cultura de Loreto en Marzo de 1988, mientras era el director departamental el Lic. Cesar Arias Ochoa, lo siguiente sobre “La Búsqueda del Alba”, de Germán Lequerica en donde se refiere a la “Primera Jornada del Libro Loretano“ y que me recuerda a las jornadas de Tierra Nueva.
“En 1957, un grupo de poetas de Iquitos suplieron con exceso de entusiasmo la carencia de recursos para organizar la Primera Jornada del Libro Loretano. En una imprenta rudimentaria y con técnicas artesanales lograron la edición de cinco libritos de poesías de otros tantos poetas de la Selva. Desde la época inolvidable de los cuarenta en que desde la revista “Trocha” el maestro Francisco Izquierdo Ríos animaba con su inacabable optimismo desde Iquitos el mundo literario de la Selva, nadie había presenciado en esta parte alejada y perdida del Perú semejante floración de poesía. Pero lo más conmovedor fue la respuesta del público. La gente se arrojó materialmente sobre el rústico quiosco montado de urgencia en la Plaza de Armas y en menos de un día agotó la edición completa.
“Y algo más. Esta Jornada trajo el descubrimiento de un poeta, Germán Lequerica, que nos hizo concebir las esperanzas de que las antologías de poesías peruanas pudieran contar, a partir de entonces, con un nombre siquiera loretano”.
Porque fue evidentísimo que entre todos los poemarios publicados “La Búsqueda del Alba” destacaba con luz propia sobre el resto del conjunto. Los propios editores al presentarlo al público, afirmaban con justeza que “No se trata de un poeta más, sino de UN POETA”, para continuar luego exponiendo la otra intención, tal vez ilusión, que se proponían presentarlo al público: “Era lo que faltaba. La conciencia de que Loreto – no obstante su aislamiento y abandono – puede también hacer oír su voz sonora y feliz en el concierto doloroso de la Patria”.
En aquellos momentos era una voz nueva que hablaba desde la Selva, un lenguaje nuevo y unas formas poéticas nuevas. Hasta entonces, esa fuerza de ese aislamiento y abandono que aludían los editores, la poesía de la selva, como ya se ha repetido con frecuencia, era un rezago de un modernismo extinguido muchos años atrás pero que aquí campeaba en el entusiasmo pertinaz de aquellos hombres que luchaban por hacer la cultura de la selva. Era una transposición a tunchis y espíritus, ríos y árboles de la selva de toda la mitología dariniana en versos perfectos con frecuencia felices hallazgos, pero en general, toda una literatura trasnochada, fuera de lugar, pintoresquismo puro como para una guía o “Baedecker” para las compañías turísticas.
“De un plumazo Lequerica liquidaba toda la poesía rimada, semirimada o libre que había venido haciéndose en la selva con una auténtica intención cultural y poética pero en realidad reducida a un estéril y pasadísimo divertimento. Con esto se había cerrado un ciclo de grandilocuencia o también de sencillez, de una poesía delicada y tierna, de bellas imágenes poéticas, de metáforas para la preceptiva literaria. La búsqueda del alba es un supremo dolor, sin complacencias ante el mundo que le rodea”.

Es para tomarlo muy en serio.

Lando.

Lando dijo...

Paquitos, no se si pudieses corregir un eror de tipeo en el texto, al inicio:

Dice:
hacía esto para comentar después le visitaba sólo para robarle

Debe decir:
hacía esto para comentar después que la gente le visitaba sólo para robarle

Gracias.

Lando.