23 marzo 2006

MAGIA, SENSUALIDAD Y COLORIDO: OBRA PICTORICA DE GINO CECCARELLI

¿Es posible un mundo de yacurunas y runamulas, de cantos rituales y lunas copulantes cohabitando con asombrosa armonía en medio de la espesa y misteriosa maraña amazónica? ¿Es posible la conjunción simétrica entre el mito y la historia a través de la violenta irrupción de los colores y los trazos frente a nuestros ojos? ¿Es posible una cotidianidad recargada de candoroso erotismo sobre los dominios vivientes de la espiritualidad y la ecuménica? Estas simples preguntas siempre me han asaltado el cerebro y las dudas al contemplar en toda su magnitud la obra pictórica de Gino Ceccarelli (Iquitos, 1960), uno de los artistas más importantes del país y el más representativo de aquella “nación amazónica” que ha recorrido galerías y ciudades por doquier, incesantemente, como la eterna procesión de una efigie enigmática, luminosa, eternamente joven.

La obra de Ceccarelli tiene, sin duda alguna, un rasgo particular que la ha caracterizado con el paso del tiempo y la experiencia: su universalidad a pesar del barniz amazónico y regional (o precisamente por él mismo). No hay duda alguna que en las imágenes que plasma con manía de adorador de mitos, recopilador viviente de leyendas propias del hombre selvático, retrata un cosmos en el que se funden, singularmente, la poesía, el retrato y el deseo.

Dicen que el deslumbramiento es una facultad poética que guardamos en lo más profundo de nuestro fuero interno y constituye vacuna protectora de cualquier asomo de racionalismo occidental y europeizante. No estoy seguro si todos podamos compartir estas reflexiones, atribuibles al sociólogo de arte Reinaldo Lara, residente del Paris cartesiano donde también residió oficialmente Ceccarelli no hace mucho. En todo caso, creo que la obra del barbado creador representa, a su manera, el triunfo de dichas corrientes y la exposición vigorosa de las mismas.

Citando otra vez a Lara, en Ceccarelli hay una confrontación permanente entre lo mítico y el llamado “entorno objetivista”. El conflicto se percibe arraigado, a veces feroz, pero de cuyas laceraciones y magulladuras aflora un estilo luminoso, emotivo, sensual que atrapa por igual a diletantes como a no contactados del mundo artístico.

Efectivamente, acercarnos a la obra completa de este loretano de descendencia italiana es penetrar en un universo bastante particular. Mil oficios durante su juventud limeña y europea, participante de exposiciones colectivas e individuales en más de 20 países, realizador de cuatro murales, ilustrador de más de una docena de libros y nombre predilecto en importantes colecciones privadas en Asia, Europa, USA y Latinoamérica, según su biografía oficial, hay una característica que no se puede obviar en su relación con la vida: la intensidad.

El aire mítico de sus producciones, la impronta lúbrica de sus personajes, el sentido lúdico de sus mensajes son, al fin y al cabo, expresiones del yo inherente al artista. En una entrevista que le hice, realizada para el semanario Kanatari (4 de julio de 2004), rescato algunas respuestas del artista, que quisiera compartir en este artículo:

¿Qué de amazónico encuentra en sí mismo Ceccarelli (...)?

Soy un apasionado de mi parte amazónica, desde el momento mismo en que empecé a asumir la Amazonía en mis cuadros. A pesar de que he hecho una serie de trabajos fuera, sobre motivos no necesariamente ligados a nuestra cosmovisión, siempre lo amazónico se ha colado por algún lado (...) Después de 15 años viviendo en París, me di cuenta que sigo siendo amazónico, que nunca dejaré de serlo.

¿Qué rasgos más marcados de tu personalidad se pueden encontrar en tus cuadros?

La pasión (...) me “arrecha” la vida (...) Me encanta la vigilia, estar despierto, el mundo mágico. Lo que hago es capturar ese momento de magia y retratarlo en mis cuadros, reflejarlo en medio de cuatro aristas.

¿El artista Ceccarelli es un hombre comprometido con su entorno social?

Creo que a través de lo que pienso, pinto o vengo diciendo, señalo un mensaje de reflexión sobre cosas que no podemos perder, (...) ese misterio natural que tienen los seres humanos. Me aterra la posibilidad de caer en una suerte de racionalismo francés o japonés, donde los niños a los 14 años están pensando en su jubilación. En ese sentido, quiero ser pedagogo, indirectamente, generando un amor a la magia, el mundo milenario y la solidaridad.

La crítica mexicana Marina Galán plantea algunas interesantes teorías sobre la obra de Ceccarelli: “por medio del arte consigue que cada uno de nosotros llegue a ser todas las manifestaciones..o ninguna” Es decir, viajamos a través del mundo particular, “de muchos yo”, examinados con ojos pioneros, con ojos de observador privilegiado. De este modo, Ceccarelli logra ser omnipresente, aunque invisible en su propia obra, rasgo que a decir de los conocedores, sólo pueden lograrlo los como grandes.

No puedo dejar de señalar que la obra de Ceccarelli ha inspirado a poetas y literatos (así como a aspirantes y seudo proyectos de vates). Algunos de nuestros mejores exponentes literarios de nivel nacional e internacional han escrito versos dedicados a esta cosmogonía luminosa, entre ellos Antonio Cisneros, Arturo Corcuera, Germán Carnero, Marco Martos y Luis La Hoz (aunque ninguno de ellos ha logrado, irónicamente, hacer de esos poemas unas extraordinarias muestras de su destreza). Algunos lienzos de Ceccarelli han adornado las portadas de los libros de Ana Varela, Carlos Reyes, Miguel Donayre y Percy Vílchez. El 2004 se han realizado en nuestra ciudad dos retrospectivas vinculadas a su obra, en julio y en setiembre, a raíz del Festival Regional del Libro y la Semana Turística. Nada mal para alguien que aún no llega a la mitad de su vida, según los términos expresados por Virgilio en la inmortal Divina Comedia de Dante Alighieri (libro que encandila a Ceccarelli y del cual ha hecho una serie de trabajos vinculados al mismo).

En Ceccarelli, como vemos, se pueden encontrar múltiples imágenes y múltiples emociones: monumentalidad, contemplación, veneración, desgarro, placer, simbolismo, magia, mito, universalidad y la trascendencia del hombre, como ser cotidiano, antropomorfo, divinizado, que trascienden la mera anécdota y el telurismo o dejan de lado la paleta costumbrista y la ociosa viñeta y se adentran con rigor y genio creativo en los meandros investigativos malrauxianos de la propia condición humana, sin perder, por cierto, su insuperable bandera amazónica, la primera nación de los fusiles de su arte y su existencia o, quien sabe, su encuentro con ese mundo onírico, religioso, espiritual, ubicado detrás de sus cuadros.

En ese sentido, como en ningún pintor loretano, se hace tan palpable en Ceccarelli el aprendizaje y asimilación de la frase de D’ Yzarn-Freissinet que es un acto de conexión inspiracional de la mente con el corazón: “arte es el sentimiento de las cosas humanas unida al presentimiento de las cosas divinas.”

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