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07 noviembre 2008

CHUCKY ME HABLA


El 31 de octubre fue especial, no porque haya gente que decidió salir a pasear sus hábitos morados y su autocensura militante en la procesión del Señor de los Milagros, en un hermoso espectáculo de penitencia inútil y harto incienso que me obstruye completamente las fosas nasales.

El 31 de octubre de cualquier año (siempre puede ser el último) no significó para mí embarcarme en un devaneo de valsecitos autocomplacientes, insulsos, decididamente huachafos, que dicen ser la base de nuestro orgullo patrio. Me aburre soberanamente que los talibanes del neo-cuasi-pensamiento-cualquier-cosa me digan que la peruanidad consista en cantar con voz aguardentosa valsecitos demudados sin ton ni son, con la guitarrita, el cajón y la muletilla (estoy seguro que todititos esos radicales del ritmo pondrían automático si tuvieran la primera oportunidad de largarse a vivir en el extranjero).

El 31 de octubre no fui feliz porque “es fin de mes/pagaron ya” (esta ha sido un temporada muy mala para mí, entre otras cosas, porque no cancelaron saldos pendientes en un instituto de investigaciones de la amazonía). No soy dependiente y eso me exime de perder el tiempo esperando dineros que, usualmente, para estas fechas nunca llegan.

El 31 de octubre valió la pena solamente porque fue Halloween. La famosa y nunca bien ponderada Noche de Brujas.

Porque fue Jalowey y esa noche fui a La Parranda y algo extraño pasó.

La fiesta fue accidentada.

Hubo una lluvia torrencial, con truenos y relámpagos, que amenazó con desatar el diluvio universar.

Hubo apagón general en la ciudad, más allá de la madrugada. Parece que fue la tormenta eléctrica.

Pumm. Todo a oscuras. Gritos, ayes, exclamaciones de salud. Tran-C callado de sopetón.

La gente se puso a tararear como posesa acordes de "Yo también me llamo Perú", mientras una morena-imitación charapense pugnaba por convertirse, sin éxito, en la Eva Ayllón de estos tropicales y húmedos parajes.

De los techos se filtraba la lluvia. La morena cantaba como si estuviera poseída por el espíritu de Lucha Reyes. Las luces estrenadas se fueron a la mierda. No había más.

Alucinen ese cuadro.

De pronto, en medio de la nada, una risita tenebrosa. Un niño maldito y un quejido absurdo. El tedio se convirtió en surrealismo mágico-divertido-inefable.



De pronto, todo mi momento halloweenense tenía sentido.

Era la gloria absoluta.

Era el ringtone más terroríficamente gracioso de toda la noche. Más cojudamente gracioso.

Chucky me estaba hablando y mi mamá no estaba aquí.

De ahí me largué a mi casa y dormí muy contento. Mi Jalohuey había valido la pena.

02 octubre 2008

Cortos (II)

Por: Enrique Dávila (Ikitozz City)



Ayahuasca inspiración. Natasha se preguntaba por qué su padre siempre estaba triste, si podía pintar tanto como quisiera. Para ella tener la oportunidad de expresarse de esa forma era lo mejor del mundo. Pero ese hombre – que era su modelo a seguir – a pesar de ser tan talentoso se deprimía enormemente; decía que nunca ha pintado sintiéndolo desde el corazón, nunca había encontrado la verdadera inspiración, solo lo había hecho para ser reconocido. Adoraban sus cuadros en la vieja Europa y aun así se deprimía mucho.


Una tarde Natasha es sorprendida con una noticia muy grata, su padre quiere regresar a sus raíces, volver a su ciudad natal y encontrar la inspiración que busca desesperadamente. Natasha sintió cierto alivio, pensó que tal vez eso era lo que él estaba necesitando, alejarse un poco de la modernidad de Ámsterdam y relajarse en la tranquilidad de Iquitos.


Pasaron varios días y entre saludos a la familia y recordar viejas anécdotas con los amigos su padre no era capaz de encontrar la inspiración. Natasha se preguntaba si acaso estaba perdiendo las ganas de pintar, que tal vez estaba ante una persona que jamás volvería a coger el pincel y regalarle las mas bellas obras. Natasha no iba a permitirlo, haría lo que fuera por él.


Al día siguiente fueron invitados a probar el ayahuasca en un caserío a la rivera del río Ucayali. Natasha estaba emocionada porque le contaron que ese brebaje hace ver a las personas sus propios fantasmas, miedos o temores, como también entender muchas cosas de su propio ser. De alguna forma esperaba que con el ayahuasca su padre pueda descubrir que es lo que le hace falta. Y esa noche su padre bebió, se perdió en su mente, alucino, lloró y luego desapareció en la inmensidad del bosque.


Luego de una noche en vela buscándolo, Natasha llega hasta el pie de una quebrada y la visión mas bella del arte se descubrió a sus pies. Hermosos dibujos a lo largo de la fina arcilla recorrían la orilla de un lado a otro, ella sabía que tanta belleza llevaba la firma de su padre. Tonos increíbles de rojo como jamás vio en un cuadro de galería alguna provocaban lágrimas de felicidad en la joven. Luego observó a su padre sentado a lo lejos visiblemente cansado.


Natasha solo quiso abrazarlo, correr y llorar a su lado. Pero no tardó en darse cuenta el estado en que se encontraba, con los ojos perdidos y la boca llena de sangre. Entonces Natasha pasó de un hermoso sueño a la más horrible de las pesadillas. Cuerpos de hombres y mujeres con el estomago abierto y las vísceras regadas detrás de él. El río de sangre se desplazaba hasta las prendas que usó como pincel y dibujo a lo largo de la arcilla testigo de tal demencia. Natasha no lo podía creer, su mente no le permitía creer, la locura poco a poco gritaba desde sus entrañas y despedazaba la razón. Aquel hombre con el rostro cansado sonreía de felicidad…


Al fin había encontrado su inspiración.


La primera vez. Karla cursaba el ultimo año en el colegio “Rosa de América” de la ciudad de Iquitos y deseaba dejar de ser virgen, no le gustaba la idea de ser la única de su grupo de amigas que no había tenido relaciones sexuales. Decidió ponerle empeño y tratar de que su enamorado Sebastián – mayor que ella por un año – se atreviese a proponérselo.


Pero Karla tenia muchas dudas, a pesar de que quería mucho a Sebastián no se preocupo jamás en tener sexo con él. Solo cuando sintió la presión de las amigas se dio cuenta cuán importante era conocer las relaciones sexuales. Pero era inexperta en el tema y necesitaba consejos.


Descubrió – navegando en la Internet – que antes de empezar su vida sexual necesitaba explorar su cuerpo. Para tal tarea era necesario conocer ciertos placeres por si sola. Karla de inmediato se sonrojó al leer que esos placeres se referían a la masturbación. Pero estaba decidida a entrar muy bien educada a esa etapa de su vida, así que obedeció lo que la Internet le decía.


La joven no sabia nada de la masturbación, cómo empezar o cómo terminar. Durante mucho tiempo jamás se preocupó por esas cosas. Entendía lo que debía hacer pero no se daba por enterada de cómo proseguir. Karla pasó dos horas observándose la entrepierna como si se tratase de un rompecabezas, hasta que por fin se sintió lista y comenzó sin apuros. Karla aprendió mucho ese día; comprendía cómo funcionaba las sensaciones y que era lo que sentiría. Estaba lista para insinuársele a Sebastián.


Ese día iba a pasar la tarde viendo películas a su lado, como ella estaba decidida a tener relaciones sexuales se compró un calzoncito nuevo y se arregló lo más bonita posible. Al llegar a la casa del enamorado, para su sorpresa la persona que salió a recibirla no fue Sebastián sino su hermana quien le informó que se fue a jugar Playstation 2 con su amigo y regresaría en un rato. A Karla no le quedo más remedio que esperar.


Karla pensaba en como insinuársele, en los gestos que debe hacer y la forma en que debe hablar. Entre tantas rondas mentales de ideas tras ideas se le notaba visiblemente nerviosa. La hermana de Sebastián noto esa peculiaridad de la cuñada y como si se tratase de un sexto sentido le pregunta si vino a acostarse con su hermano. Karla estalló en vergüenza y aunque en principio trato de negarlo al final tuvo que aceptar su perspicacia.


Entonces sucedió algo inesperado, la hermana ofrece enseñarle algunas cosas que la masturbación no enseñó. En ese momento Karla estaba a las puertas de una nueva experiencia que podía cambiarle la vida. Dependía de ella rechazar y salir corriendo o aceptar y dejarse llevar.


Karla se dejó llevar y la hermana de Sebastián le mostró las puertas del cielo, fue su guía en ese peculiar camino de sensaciones y sonidos. Al final Karla supo cuál era el verdadero significado de “hacer el amor”.


Paso el tiempo y Karla termino con Sebastián sin tener relaciones sexuales ni una sola vez. Curiosamente al mismo tiempo se hizo muy amiga de la hermana con quien pasó muchas horas de la mano por las nubes.

03 julio 2008

EL CONCHUDAZO

Por: Gino Ceccarelli.

(Imagen: Educima)

-“Pasajeros del vuelo número 246 con destino a la ciudad de Lima, sírvanse abordar el avión...” se escuchó claro y fuerte en los altoparlantes del aeropuerto. Todos los pasajeros que estábamos en la sala de espera nos apuramos en hacer la cola para embarcarnos al avión y sentarnos en nuestros respectivos asientos.

Me sentía triste y nostálgico de dejar Iquitos. Había regresado después de dieciséis años y, valgan verdades, la había pasado muy bien. Vine invitado para realizar una exposición de mis pinturas en mi tierra y fue delicioso reencontrarme con amigos después de muchísimos años. Había estado un mes y era hora de regresar a París, donde vivía en ese entonces, ya que tenía otros compromisos.

Cuando estuve entregando mi ticket de embarque a la aeromoza, escuché a través del altoparlante: “Se necesita con suma urgencia al señor Gino Ceccarelli en hall del aeropuerto”. Me quedé frío al escuchar mi nombre; el avión estaba a punto de partir. Le dije a la aeromoza:

-“Yo soy Gino Ceccarelli y me están llamando...”
-“Apúrese señor, sino va a perder el avión. Vaya a la salida y le dirán qué hacer”.

Corrí hasta la puerta de ingreso, le expliqué al hombre de seguridad que me estaban llamando con urgencia; me pidió mi ticket y me dijo que me apresure. Salí sudando y nervioso.

-“¡Gino, ñañito! ¿Cómo estás?”

Se trataba de Eulogio, un no muy joven carpintero que había confeccionado los bastidores para mis cuadros que se expusieron en Iquitos. Demás está decir que esos bastidores estuvieron mal hechos, con madera húmeda, chullalados, con clavos que salían por todos lados y descuadrados, lo que motivó mi airado reclamo por ese pésimo trabajo. Igual tuve que utilizarlos por razones de tiempo y pagarle porque, según me dijo, no tenía qué comer...

Eulogio abrió los brazos y con una sonrisa se acercó diciéndome:

-“¡Vengo a despedirte ñañito!, te deseo buen viaje y... préstame cien soles...”

Yo no sabía si reírme o agarrarlo a patadas. Estaba acompañado de un muchacho que lo miraba severamente.

-“El es el motocarrista que me trajo, necesito que además me des diez soles para pagarle por el ida y vuelta ...”

Yo no podía entender tanta conchudez, Eulogio me sacó prácticamente del avión para ¡picarme plata! Seguía sonriendo y me dijo:

-“Si no tienes cien, dame aunque sea ochenta soles; pero lo del pasaje es aparte, ah?”

Miré alrededor de mí por si había algún periodista o mucha gente, ya que tenía ganas de revolcarlo por todo el aeropuerto. Respiré fuerte, tratando de calmarme.

-“Fíjate Eulogio, lo que estás haciendo...”
-“Disculpa que te interrumpa Ginito, quería felicitarte por tus pinturas, son maravillosas y mi mamá te manda muchos saludos...”
-“¿¡......!?”

Recordé que el avión estaba a punto de partir. Decidí no hacerle caso, di media vuelta y regresé apurado para embarcarme.

-“¡Aquí te espero!!” gritó mientras me alejaba.

Regresé a Iquitos a los cinco meses, esta vez venía sólo a divertirme. Al tercer día me lo encontré en la calle.

-“Me cagaste ñañito”- me dijo muy suelto de huesos –“yo pensé que éramos amigos”

-“No seas sinvergüenza Eulogio, yo no tengo ninguna obligación en darte dinero”.

-“¿No entiendes que no tengo trabajo?, apóyame hermanito, no tengo para comer...”

Eulogio me agotaba, traté de entender su problema y con el fin de deshacerme de él, saqué veinte soles de mi billetera y le entregué con fastidio. Estuve a punto de dar media vuelta para irme. Él contó el dinero, levantó el dedo índice y en el colmo de la conchudez me dijo:

-“Gracias, ¡pero que conste que me debes ochenta soles todavía...!”

No quiero recordar lo que le dije... sólo sé que nunca más me buscó para “darle” plata.

30 junio 2008

VOCABULARIO PARA HABLAR CON EL CHINO

Por: Lando

Después de apreciar los cruces de miradas (propósitos, intenciones y... *pensamientos*) entre Vladimiro Montesinos y el presidente Fujimori – que es como Vlad Von le llamó durante todo el show montado el día de hoy, y ante la evidente debilidad – miedo - de los fiscalizadores. Y sin intentar ahondar en precisos temas de inteligencia (en donde nos reservamos el derecho de silencio por la seguridad del planeta) y de política, en donde no dudarían - por la preservación de la galaxia – fulminar el globo terráqueo con un solo rayo de la estrella de la muerte del Emperador Palpatino y Darth Vader, me atrevo a presentar el texto publicado en 1993 por el escritor humorista JUAN SAAVEDRA ANDALUZ (1940), en su libro EL AVE ZETA DEL HUMOR. Por favor, no lo tomen en serio... en serio. En aquella oportunidad añade a su obra el SEGMENTO CHINO, que como el dice, no es otra cosa que definiciones ingeniosas rebuscadas en el habla de Fujimori, (a quien todo el mundo le dice chino, aún sabiendo que es tan japonés como el belenino Macuyama o el punchanino Ojanama).


EL PESCADOR CHINO
Por: Juan Saavedra Andáluz.

Los peces son formas poéticas con escamas a colores y movimientos métricos, como los japoneses son chinos de cualquier país.

Tal vez por eso, pescar es una antiquísima afición de los pueblos orientales de ojos oblicuos, especialmente de los hijos del Celeste Imperio (que Mao Tse Tung lo volvió rojo) del que se desprendió, hace muchos siglos, el Japón, cuyos ojos rasgados de sus súbditos se asocian fácilmente a nociones de paciencia, sabiduría y arte.

El Japón se fundó en un proceso legendario; una familia real china disidente partió al destierro y navegó por el mar hasta encontrar el archipiélago donde sentaron sus reales. Eran los tiempos, del Emperador Tpi Tpi Tling Y su esposa la emperatriz Ma May Tsu de Tpi Tpi Tling.

No fue fácil para los chinos disidentes convertirse en japoneses. Lo hicieron poco a poco, engordando unos, achicándose otros, escribiendo en chino, pero hablando en japonés, hasta que por fin moldearon su nación.

Pero eso sí, siguieron siendo buenos pescadores.

Al principio, en las islas rocosas donde se establecieron, sólo encontraron «lanas» ese animar sartando con boca grande, de las que preparaban excelentes caldos y guisados. Como llevaron al destierro algunas semillas y animales domésticos, pronto tuvieron algo más que “lanas” para comer, como gallinas, cabras de ojos rasgados, palomas mensajeras, etc. Y empezaron su desarrollo como nación.

El primer símbolo de la nueva patria lo descubrieron casualmente cuando una de las hijas recolectaba huevos de gallina, Nomira Honda, dejó caer uno de ellos rompiéndose en medio de un trapo blanco. Así hizo su aparición en la Historia la bandera del Sol Naciente.

Miles de años después invadieron a sus parientes lejanos, los chinos, a quienes dominaron un corto periodo. Pero el pueblo japonés es progresista y no se contenta con lo que tiene. De manera que, para avanzar más rápidamente, declararon la guerra a los Estados Unidos y lograron, después de la rendición, que todo el dinero norteamericano vaya al Japón. ¡Que tales financistas...! ¿o pescadores de capitales? o, como dicen los chinos, todo fue ¿cuetión suete?

Bueno, pero ahí no termina la historia. Quisieron progresar más, así que decidieron pescar la presidencia del Perú, con apoyo del APRA y los comunistas y lo lograron. Expertos manipuladores del sedal y la carnada, lanzaron su anzuelo de trabajo, honradez y tecnología y pescaron un cardumen de electores.

Desde entonces somos testigos de la pericia oriental en materia de pesca. Cuando era candidato, el pescador chino, pescó una intoxicación al comer bacalao en estado muy parecido al del poder judicial, antes del 5 de abril. Ya de presidente, pescó a los mejores técnicos y con ellos inició la pesca de popularidad haciendo reformas liberales, pescando evasores de impuestos. Y en los predios internacionales pescó al FMI, al BID, al BM y a todo aquel «pez» que quisiera hacer buenos negocios con el Perú. Ulteriormente pescó de sorpresa la simpatía del pueblo ecuatoriano, al presidente Rodrigo Borja y a su Congreso Nacional, con una propuesta diplomática. Un poco después, pescó entre gallos y medianoche al Congreso Nacional en el Perú, ensartándolo en el anzuelo del gobierno de reconstrucción nacional. Y siguió pescando, más adelante en el Poder Judicial, donde los magistrados perdieron hasta la última escama, quedándose con: una mala espina. Finalmente, se supo que últimamente la afición oriental se trasladó hasta la zona reservada del Pacaya-Samiria, donde todo el mundo pesca a río revuelto.

Cuando esta noticia llegó a oídos de quienes: defienden a capa, espada y dólares la ecología y el derecho de las tribus nativas, rápidamente elaboraron una estrategia para impedir que el pescador chino, mismo pelícano, siga depredando nuestra riqueza ictiológica de domingo a domingo. Para eso, aleccionaron a los nativos para que ellos y no otros, pongan freno a tan apocalíptico pescador.

Un día domingo, que se andaba emborracha... perdón, pescando quiero decir, (me equivoqué con Juan Charrasqueado) a la laguna le corrieron a avisar, cuídate presidente que por ahí te andan buscando, son los nativos no te vayan a matar.

Al contrario del corrido, el presidente tuvo tiempo de enrollar su caña de pescar, guardola cuidadosamente y esperar al escuadrón de antropófagos con una sonrisa al “polo”, es decir, bien helada, muy característico entre los orientales. Cuando los tuvo a tiro de lengua, habló el zaratustra chino:

-¿¡Cómo puere esa tribu nativa interrumpe pesca!?

-Venimos a decirle que usted no poder pescar en zona reservada. Ser nuestra. Aquí vivir años gran Jefe Urcututo Bizco, hijo del gran Dios Inuma Ahuma.

La respuesta de los caníbales conservacionistas no modificó el impertérrito sentido de la vida del pescador chino, que replicó a su vez, esbozando otra sonrisa gélida:

-Bien hizo una reverencia a su interlocutor, reconozco sus derechos inmemoriales a pescar en esta reserva. pero, ¿puere con su permiso pescar un ratito? todavía me falta un cocodrilo y un tiburón de cocha.

Nosotros-dijo el come gente, tener mucho gusto en dar permiso a presidente. Pero poner condición: nosotros ayudar. ¿Ser bueno?

-Con mucho gusto. Pasen a rancha, por favor.

Y así, una vez más, el terrible pescador chino hizo otra magnífica pesca: una tribu de antropófagos, radicados en la Reserva del Pacaya-Samiria, con brujo incluido.

Ah y no faltaba más: esta vez sin carnada.

FIN


SEGMENTO CHINO

LAGO: Camino extenso que recorre el chino para llegar a su casa.

MASATO: Chino hambriento, pidiendo que le sirvan abundante comida.

MALICIO: imprecación infernal; un chino lanzando una anatema.

ATENAS: Instrumentos metálicos de uso chino para captar nítidamente señales de radio o televisión.

ACEQUIAS: Funerales del pobre chino.

BALATA: Cosa de poco precio, casi sin valor para el chino.

BALITA: Arma rudimentaria que usa el chino para caza menor o en competencias deportivas. Constan de un arco y flechas.

SILICIO: Orden que da el chino de manera enérgica para que callen los demás.

SELENITA: El chino haciendo referencia a una niña que guarda la calme.

MULO: Deficiencia oral del chino que no le permite articular palabra alguna.

LOLITA: Periquita de corta edad. Mascota del chino.

MELOSO: Chino tímido, asustadizo, cobarde.

CABO: Chino proxeneta, tratante de blancas.

MALEADO: Chino borracho, en estado de ebriedad.

MENTECATO: Veinticinco chinos menos uno.

A PALACIO: Chino perdido que acaban de encontrar.

CACAO: Niño chino que acaba de zurrarse.

LIBANO: Parte del padre nuestro chino, en que se pide a Dios librarnos de los pecados y demás males.

LOBO: Chino cometiendo un latrocinio. Acción de apoderarse de cosas ajenas.

SIAMES: El chino bancario indicando a su cliente que el pagaré se vence en 30 días.

TOLOMEO: Chino ebrio contando a sus amigos que a donde va se mea.

MALECÓN: Chino homosexual.

TALADO: Herramienta provista de una broca para perforar.

TELON: Pedazo de tierra consistente, dura.

SALMON: cristo chino hablando a sus seguidores en la montaña.

LAPO: Chino amenazando al hijo malcriado con cortarle el pelo al ras.

MICADO: Especie de mazamorra que toman los niños chinos pobres.

MALACA: Instrumento musical hecho de calabazas que toca el chino.

CULATA: Mujer china desnuda, sin un trapo.

MENOS: Se refiere el chino a la calidad moral de sus paisanos. Generosos, de buenos sentimientos.

CALAMINA: Desgracia, incendio en la casa o muerte de un pariente cercano.

CELO: Altura, loma, parte alta de cualquier terreno.

FOSIL: Arma compuesta por una culata, sistema de percusión y cañón, recámara para alojar el proyectil.

CABAYELO: Chino, pico en mano, en el polo norte.

LADO: Un chino con agudo complejo de perro, haciendo escándalo.

MI MASON: Chino elogiando e informando acerca de su palacio.

METE: Chino filosofando acerca del fin de la existencia humana.

LAYA: Sucesión de puntos con los que el chino traza figuras geométricas.

MAL: Para los chinos, porción de agua del planeta Tierra.

BALADA: Violento choque de la nave del chino contra un banco de arena en el río, del que no puede salir sin ayuda.

PENSAR: Acto de aprisionar un objeto, valiéndose el chino de un equipo o herramienta mecánica.


26 junio 2008

ELOGIO DE NUESTRAS FRUTAS

Por: Gino Ceccarelli



En nuestra tierra tenemos el privilegio de tener tal variedad de frutas silvestres y domesticadas que durante todo el año, de acuerdo a la época, podemos disfrutarlas y devorarlas sin caer en el empalagamiento.

Una de las frutas más deliciosas y sensuales que existen es sin duda el caimito. De piel tersa y pulpa dulcísima y pegajosa que los amazónicos desde siempre hemos relacionado con los senos de la mujer. Comerlo es todo un acontecimiento. Hay que abrirlo con suavidad para luego meter los labios en su jugosa vulva (con cierta prisa antes que se oxide) para dejarse llevar por su inconfundible sabor exótico y sensual. Hay de los que prefieren degustarlo con cuchara para evitar que su savia se les pegue en la boca (no saben lo que se pierden).

El zapote, de cáscara recia y pardusca es un manjar digno de los dioses (amazónicos) que al abrirlo, un olor perfumado y único invade nuestros sentidos. Para degustarlo hay que meterse en la boca enormes trozos donde siempre habrá una semilla. Su pulpa de color amarillo-naranja invita a comerlo en las tardes, frente al río, sentado sobre un tronco.

Frente a mi ventana existe un frondoso árbol de pomarrosa donde una gran variedad de aves y mariposas comen sus frutos grandes y maduros provocando la envidia natural de mi paladar. Deben estar deliciosos. Su pulpa algodonada y jugosa a la vez, se deshace en la boca. Pruébenlo en las mañanas después de la ducha y el día se pondrá mejor.

Nuestro pijuayo tienen un tronco que prohíbe acercarse. Bajar un racimo de la palmera es toda una aventura. Existen de casi todos los colores y tamaños. Nuestros paisanos aun no se ponen de acuerdo en cuál es la más deliciosa. Yo prefiero los grandes amarillos acompañados de ají con cocona, sal y una pizca de culantro. Curiosamente a esta fruta hay que cocinarla. Gran alimento y el masato que se hace a partir de él, es sabroso, sobre todo cuando cae la tarde y está lloviendo

Cómo no voy a hablar del aguaje, nuestra fruta bandera. De aspecto extraño, escamoso, brillante, con una semilla que ocupa gran parte de él, de carne aceitosa y un sabor único. Muchos hombres y mujeres de la región son verdaderos angurrientos del aguaje. No pueden pasarse más de dos días sin comerlo. En Iquitos consumimos ¡veinte toneladas diarias! aproximadamente. El helado que se hace es de los mejores del mundo, así como la cremolada y la inconfundible aguajina.

La guaba cuando es muy dulce puede convertirse en una droga. Llega a ser difícil parar de comer (yo mismo tuve un gran empacho alguna vez). Esta fruta larga que puede llegar a medir hasta un metro y medio. El shimbillo trae sus semillas en forma paralela, de sabor parecido y no se ve mucho últimamente en los mercados. El casho de sabor dulce y ligeramente astringente hay que comerlo cuando está bien maduro sino puede resultar "patco" al paladar.

Casi ya no se ven charichuelos, el de cáscara suave. Cuando niño gané una competencia, llegué a comer sesenta y trés. Así como el limón chino, tan ácido que se te paran los pelos. Antes las mujeres embarazadas comían con sal hasta que se les partía la lengua.

Los uvos de sabor penetrante y sensual, la uvilla hay que disfrutarla comiendo despacio, al ungurahui se le degusta mejor en refresco, sobre todo cuando adquiere color del chocolate. Nuestras piñas y sandías regionales son las más jugosas del mundo, la yarina de aspecto feo y sabor agradable que necesita machete para encontrar su vulva, el parinari más empalagoso que el mango, la chambira, coco minúsculo que también necesita machete, el humarí que se come como mantequilla, la taperiba que nos descubre una semilla agresiva, el huito de sabor agridulce, medicinal que cuando está macerado es casi un perfume.

El sachamango, el tumbo, la guayaba, la carambola, la mullaca, el huasaí, el maracuyá, el lechehuayo y tantas otras frutas más que existen en nuestra región consituyen un patrimonio de sabores de los que todos deberíamos estar orgullosos. Un festival de frescura a degustar todos los días del año.

14 junio 2008

Los llullamperos de Ginebra

Por: Gino Ceccarelli.



Detuve el auto en el semáforo de la esquina del Boulevard de Belleville y la rue Tlencem, a pocas cuadras de mi casa. Al lado izquierdo también paró una camioneta blanca que sin razón aparente empezó a tocar el claxon. Cuando miré el impertinente que hacía ruido por gusto, vi a Héctor Wong en el volante que me hacía señas para estacionarnos. Quería decirme algo.

Héctor, iquiteño como yo, vivía en París desde hacía ya una década y se ganaba la vida importando productos peruanos como cervezas, Inka Kola, Sublime, condimentos y otros, que vendía a algunas tiendas, restaurantes y bares peruanos y latinoamericanos.

-¡Hola paisano!- me dijo abrazándome -¿cómo va la pintura?

Me contó que también estaba vendiendo sus productos en Ginebra (Suiza), que le estaba yendo bien y quería regalarme una caja de chelas.

Hablamos un poco de todo y en algún momento de la conversación recordamos la comida loretana.

-¿No extrañas nuestros platos?- preguntó.
-Por supuesto que sí- le dije -pero por sobre todo extraño nuestro delicioso ají charapita.
-¿En serio? ¿Sabías que en Ginebra hay un pata que se llama Fan (Juan), tiene un restaurante que le puso “Amazonía" y que él trae ají charapíta para sus platos?

Nos despedimos. Era Agosto, hacía calor en París y yo tenía ganas de salir de la ciudad. La tentación de ir a Ginebra para pasear un poco y conseguir nuestro delicioso ají empezó a darme vueltas en la cabeza.

A las cuatro de la tarde tomé la decisión. Metí algo de ropa en el carro, cogí mi pasaporte y emprendí la ruta hacia el sur. A eso de las nueve de la noche atravesé Lyon y comencé a subir los Alpes rumbo a mi destino: la tranquila y bella Ginebra. Llegué a eso de la medianoche, me instalé en un hotel frente al lago, comí algo y descansé.

Al día siguiente después de visitar una galería fui a buscar al famoso paisano que tenía el restaurante (y el ají). Héctor me había dado la dirección de su casa, pero cuando llegué, el número en la calle no correspondía, es decir, yo tenía apuntado el 14 y solo había el 10 y luego pasaba al 18. Me quedé parado en la calle pensando en qué hacer para justificar mi viaje, cuando de pronto vi a un tipo que caminaba erguido, con los brazos colgados y con aire de total despreocupación. Caminaba como amazónico.

-Debe ser él- me dije. -¡Juan!- le grité. El tipo volteó la cabeza hacia mí y se acercó.
-¿Quién eres, oy?- Tu cara me es conocida...
-Me llamo Gino Ceccarelli, iquiteño y vivo en París.
-¿Tú eres el artista? ¡Qué bacán! Justo estoy viniendo a mi casa a recoger las llaves de mi restaurante. Vamos para allá. Te invito un ceviche.

Cuando le pregunté si tenía ají charapita, me respondió que se le había acabado pero que tenía rocoto...

El restaurante quedaba en las afueras de Ginebra, en un segundo piso. La decoración era sumamente huachafa. Sus paredes estaban pintadas con murales de escenas amazónicas, tarrafas, redes y carachamas disecadas colgaban del cielo raso, así como flechas, pucunas y mariposas de palo. En el bar habían telas andinas, huacos, remos pintados. Guirnaldas y serpentinas completaban el decorado. Vendían algunos platos regionales y peruanos, y al trago estrella le denominaron el “coctel de los incas” que no era otra cosa que vodka con maracuyá.

-¿Sabías que tenemos una asociación llamada Amazonía que está conformada por loretanos? Espérate un ratito, les voy a llamar para que vengan.

Hizo algunas llamadas y muy contento me dijo que iban a venir algunos paisanos socios.

A los veinte minutos empezaron a llegar varios carros, algunos lujosos y otros menos. Algunos paisanos llegaron caminando. La paisanada era variopinta. Desde rostros típicos, casharos, mestizos y algunos con pinta europea. Al final éramos una docena de loretanos bebiendo y recordando la tierra.

Cuando habíamos bebido la mitad del bar, uno de los paisanos jaló su silla, se sentó a mi lado y me dijo:

-Oy' cholo, te voy a confesar algo pero no se lo vayas a decir a nadie.

Empezó la “mentiroseada” regional.

-¿Sabes? Yo estuve saliendo durante tres años con la Carolina de Mónaco. Te lo juro por Dios. Hace seis meses terminé con ella, me aburrió esta cojuda, es demasiado frívola. El problema es que me anda acosando y no se que hacer... me llama todo el tiempo, al punto que cada semana cambio de celular, pero ella no sé como hace, encuentra mi número y no para de llamarme. ¿Qué consejo me puedes dar para que ya no me busque esa dañada?

Evidentemente, no supe qué decirle ante tamaña mentira.

Otro paisano jaló su silla.

-Llegué hace dos semanas de nuestra tierra. Estuve monteando por el Shanaya y ¿sabes qué? De pronto se me apareció un lagarto negro de ¡diecinueve metros y medio! Me comenzó a perseguir, sus colmillos eran del tamaño de mi machete, su cabeza más grande que una camioneta y su lomo era de casi tres metros de alto. Le metí retrocarga y nada, seguía avanzando el animal y lo que hice fue esconderme detrás de un árbol y cuando pasó, salté encima de su cabeza, le clavé mi machete en su ojo izquierdo moviéndole para llegar hasta su cerebro. Pegó un bramido y se murió el gran puta.

Miré al llullampero y casi exploto de risa en su cara.

Se acercó otro. Parecía que hacían turno como si fuera un concurso de quién miente más.

Este fulano me contó que tenía más plata que Atahualpa. Dijo que era accionista de cuatro bancos Suizos, once supermercados y tenía tres yates de ochenta pies cada uno que estaban en Grecia y Australia.

Y así sucesivamente. Todos fueron desfilando. Al final yo también tuve que mentir. ¡El que contaba verdades quedaba como un cojudo!

Llegó la medianoche, el local estaba lleno, sobre todo de suizos y a esa hora el restaurante típico se convertía en una discoteca de música tekno. Ritmos frenéticos y luces giratorias se combinaban con carachamas serpentinas y tarrafas. Con los tragos que teníamos encima mas todo ese cambalache, era como estar en un vuelo de ayahuasca.

A eso de las tres de la madrugada mi cuerpo quería descanso. Al momento de despedirnos, el más dañadito del grupo, que casi no había hablado en todo ese día y al que no le había escuchado una sola mentira, me dijo:

-¿Tienes cómo regresar a París?

-Sí- le dije –vine en mi carro.

-Porque sino le puedo decir a mi chofer que te lleve al aeropuerto y te embarque en mi avión privado. Qué pena que te movilices en auto...

12 junio 2008

Me crees ¿verdad?

Por: Lupe Muñoz

(Imagen: El Pecado Original, Il Tintoretto)

De niña, cuando peleaba con alguno de mis hermanos mayores, mi padre, como buen juez, nos llamaba a ambos y pedían que expusieran nuestros motivos para poder expedir un veredicto y sancionar correctamente. Sin embargo recuerdo que a la hora de la explicación - como en toda pelea de niños - siempre uno replicaba al otro. Finalmente, luego de escuchar nuestras elaboradas explicaciones, mi padre terminaba dándome la razón, aunque no siempre la tenía, porque obviamente era mujer. Ya en las próximas peleas con cualquiera de mis dos hermanos mayores, les decía que no se gasten en dar sus explicaciones porque al final a quien le terminaría creyendo era a mí.

Ahora, las cosas han cambiado de alguna forma. Sin embargo, como cuando era niña, sigo creyendo que las mujeres somos más creíbles que los varones por el hecho de ser mujeres. Con toda seguridad afirmo que nuestro género tiene mayor credibilidad que el de los varones. Chicos, lo han pensado ¿por qué? Pues si, porque ustedes cargan el peso de conciencia que desde siempre tienen la costumbre de mentir.

Estoy segura que muchos pensaran: "No, las mujeres no mienten menos que los varones, sino que lo hacen mejor". Puede ser, pero con mentiras o sin ellas, las mujeres somos más creíbles que los varones. Y es que su facultad de mentir les ha convertido en verdugos de su propia especie. Por eso, ni entre ustedes se creen.

La clásica es el partidito del fin de semana, todos se ponen de acuerdo, todos dan su palabra de estar presentes, todos juran ponerse la camiseta. Pero, ahí está el detalle, no todos cumplen. Si nos vamos a otros extremos, como el amor y las relaciones, ustedes ganan por goleada. Hay miles de frases que celebran o despotrican de sus mentiras. Ufff, miles de apodos y miles de canciones. Claro reconozco que ahora con letras más fuerte que antes, total, no todas tenemos el instinto de Natusha para cantar las mentiras de un varón al estilo: "Yo sé muy bien que tú me estás engañando/ ahora que yo ya te traje a mi casita/ y oficialmente mi papá ya te aceptado/ como mi novio el cuñado de mi hermanita". Pues no, ahora casi todas se apuntan al club de las cumbiamberas Marina Yafac o Marisol y la magia del norte. Los chicos están buscando siempre reivindicarse y muchas veces lo logran.

De todas formas nosotras siempre vamos a tener la batuta en cuanto a credibilidad. Ningún algún varón ha dudado ante un: ¡de verdad amor, es una reunión de puras mujeres! Aunque, para finalizar, una duda me asalta. Se dice que la primera mentira la hizo una mujer, Eva a Adán con la manzana… Pero, aún así, igual nos seguirán creyendo. Qué cosas ¿no?

09 junio 2008

LA DANZA DE LOS PAVOS

Por: Gino Ceccarelli


Hacia mediados de 1926, provenientes del puerto de Génova, llegaron a Buenos Aires dos jóvenes primos italianos en busca de fortuna, huyendo de las miserias que había dejado la primera guerra mundial en Europa. Se habían embarcado en la aventura de comenzar una nueva vida en América.

El puerto bonaerense hervía de actividad. Todos los días cientos de inmigrantes de todas partes del mundo desembarcaban en búsqueda de hoteles baratos e inmediatamente se ponían a buscar algún trabajo, el cual lo realizaban con mucho entusiasmo, fruto de sus evidente necesidades económicas.

Decio C. y Orlando Orlandi eran los primos italianos que habían llegado anónimamente una mañana después de un viaje azaroso por las aguas del Atlántico. Orlando era ya un adulto y debía cuidar de Decio, que era aun menor de edad.

A los pocos meses ya entendían perfectamente el español y trabajaban de obreros en fábricas. Al año, Decio se independizó y puso una surtida bodega. Poco a poco se fueron separando, se independizaron debido a las distancias de sus centros laborales y a los pocos años la comunicación era esporádica hasta que se perdieron el rastro.

Pasaron como cinco años y un día llegó un circo a Buenos Aires. Como todos los circos que llegaban a las ciudades, promocionaban su espectáculo desfilando por las calles en coloridas comparsas. Decio salió a la calle cuando escuchó la banda de música que encabezaba el desfile. Vio payasos, trapecistas, malabaristas, enanos, elefantes y sendas jaulas donde había leones, tigres de bengala y en la última, la que causaba mayor curiosidad y que era seguida por cientos de niños, había negros... pero lo que con mayor énfasis anunciaba el presentador del circo con un megáfono era el espectáculo más grandioso del que el circo se enorgullecía de anunciar. Era nada menos que “la danza de los pavos”, la cual era dirigida por el famoso domador de aves ¡Don Orlando Orlandi!

Decio paró la oreja ¿Sería su primo o era un homónimo? Decidió acudir al circo esa noche para cerciorarse. Tuvo que forcejear duro y casi trompearse para conseguir una entrada. El circo era un éxito y la famosa danza de los pavos era una atracción que nadie quería perderse.

Empezó la función. Malabaristas y trapecistas se lucían, los payasos hacían de las suyas, los elefantes pasaron acompasadamente, los tigres y leones rugían asustando a los niños, a los pobres negros los amarraban y los payasos les tiraban pasteles y pelotas de jebe ante la risotada general. La función continuaba y llegó un momento que el público comenzó a desesperar ya que lo que querían ver era la tan mentada “Danza de los pavos” ¿Cómo era posible que alguien haya logrado hacer bailar pavos? se decían todos, pues era conocido que estos son los animales más brutos que existen...

La actuación de los enanos equilibristas tuvo que ser suspendida ante el reclamo de los asistentes que pedían a coro “¡los pavos, los pavos!”

Se apagaron las luces por unos minutos, mientras el presentador anunciaba con voz grave y entusiasta que iban a apreciar el más grande espectáculo jamás visto en Argentina, “¡¡LA DANZA DE LOS PAVOS DE ORLANDO ORLANDI!!”. Se escuchó un redoble de tambor y cuando prendieron las luces el joven Don Orlando (¡el primo de Decio!) apareció con un acordeón entre sus manos y una docena de pavos que eran acarreados hacia el centro del coso con piso de aserrín. Una vez en el centro, Orlando empezó a tocar una tarantela (música italiana típica y festiva) y los pavos comenzaron a moverse levantando las patas y agitando las alas. ¡Los pavos bailaban! El público aplaudía a rabiar y los pavos seguían bailando al ritmo desenfrenado de la música que salía del acordeón de Orlando. Todo un éxito.

Cuando terminó la función, Decio fue a buscar a su primo para felicitarle por el espectáculo, contento de encontrarlo y saber que estaba triunfando en la vida y –por supuesto- con deseos de preguntarle cómo había logrado hacer bailar pavos.

El encuentro fue emotivo y después de preguntarse mutuamente un poquito sobre la vida de cada uno, vino la pregunta de rigor:

-¿Cómo hago bailar pavos? Te voy a confesar la verdad. Cuando apagan las luces colocan en el coso unas planchas calientes de calamina que cubren con aserrín; los pavos cuando ingresan allí se queman las patas y las levantan para aliviar el dolor, lo único que me queda por hacer es tocar el acordeón al ritmo que levantan sus patas. Lo más interesante de todo esto es que me estoy volviendo rico gracias a una docena de pavos que ni siquiera me cobran...

05 junio 2008

TE ODIO...NO TE ODIO

Por: Lupe Muñoz

Una de las canciones más sonaditas, más pediditas, la más más, el disco (nombre de radio) de la semana es, y creo que todos lo habrán escuchado, una cancioncita cuya estrofa va así:

"Vas a besar el suelo por dios te lo juro vendrás a pedirme perdón y no dudo/ que mendigaras por un beso de mis labios/ tu piel rogaré que la toquen mis manos./ Sé que voy a gozar cuando vengas llorando/ me voy a burlar de ti al verte arrastrando/ te arrepentirás de haberme conocido porque hoy me declaro tu peor enemigo"



La oyeron ¿verdad? Claro que sí.



Si bien es cierto, como promesa personal, dije no parafrasear temas del corazón por mil y unos motivos, mi personalidad camaleónica no me permite cumplir con ciertas promesas y aquí estoy, luego de escuchar dicha canción, tratando de descifrar lo siguiente: ¿es posible odiar tanto a la persona que años, meses, días u horas atrás dijiste amar con todas tus glándulas (incluyendo las salívales) ? ¿Es posible ello?. Francamente creo que no.



He escuchado a más de un chico y chica insultar con todo los adjetivos hirientes que puedan existir a la persona "x" que se fue. Irónicamente todo su árbol genealógico también paga cuenta y, lo que es peor, les nace el complejo de Kafka y les vaticinan desde fenómenos naturales hasta accidentes inimaginados tipo: aunque usted no lo crea…

Un amigo a quien su enamorada le terminó, me comentaba: "cómo me dan ganas de ver a la desgraciada esa y agarrarla a puñetes, decirle que por su culpa no puedo ni comer ni dormir. Que por su culpa estoy gastando en psicólogo, dejándome de comprar algo para mí. Pero está bien, está bien, algún día volverá y yo no le voy hacer sufrir, bueno, solo un poquito, pero le voy a perdonar". Para decir ¡re-plop! verdad!

Y es que reafirmo que más pesan los buenos momentos que aquellos por los cuales te tocaron derramar algunas lágrimas que no estaban planificadas.

Las mujeres sin querer quedarse atrás y con el alma hecha trizas en una mano y el hígado en el otro, sueltan frases como las del grupo Pandora: "este orgullo que tengo no lo vas a mirar, en el suelo tirado como una basura, ya veras hasta vas a aprender como debes amar a dios en tierra ajena. Porque tu a mis espaldas mi hiciste traición, hoy por eso te voy a quitar lo farsante, voy hacer que tu hincado me pidas perdón y me implores amor delante de tu amante"

Es que el resentimiento ataca a todos, incluso a aquellos que creemos que nuestra dosis de humor amortiguará la rabieta. Yo misma luego que meganito "x" hiciera algo que no esperaba, creaba un espontáneo odio, al punto de aflorar oscuros deseos tipo: "cómo me gustaría tenerlo en frente y ahorcarlo hasta que se quede sin aliento y luego meter su cabeza al water para que reaccione". Obviamente y les doy mi palabra de niña buena que ese water va estar limpio.

Y es que algunos cuando les fallan incluso cuando aún no, ya tienen planificado con qué castigo apremiarlo, aunque este sea un reembolso económico.

A una amiga, al borde de pasar a la lista de las casadas, le pregunté el otro día, ¿Qué harías si tu novio te engaña y te deja?, -Lo denuncio- respondió enfáticamente.

¿¿Pero por qué cargos??, le insistí.

Por daños psicológicos me dice, y agrega…"no sé, que me pegue por el tiempo invertido. Se que se puede escuchar algo materialista pero yo lo denunciaría y con el dinero que le saco me doy unas buenas vacaciones para olvidarme de las penas."

Es cierto, reparo yo, el dinero no compra la felicidad ¿pero es mejor ir a llorar a las playas de Máncora no?

Bueno aunque nadie te va a dar dinero por abandonarte o sacarte la vuelta, la idea es antojadiza, pero ese es el chiste de enamorarse. No el sufrimiento, por si a acaso, sino de dar cariño sin esperar nada a cambio… cursilerías?, pueden ser. Pero que le hacemos. Lo cierto es que afortunadamente las personas tenemos la facultad de ser asertivos y por ello somos capaces, a pesar de cualquier cosa, de salir airosos de los momentos de depre, contagiarnos de una sonrisa y, por qué no, asentar nuestros ojos en otro sin las ganas claro, de que algún día nos manden… a llorar a otra parte.

02 junio 2008

AMIGO, COMPADRE, PADRINO

Por: Gino Ceccarelli



Miguel B. Y el "gordo" Ponte, eran amigos desde la infancia. Limeños y criollazos, nunca vivieron a más de cien metros, se veían casi todos los días, se visitaban con mucha frecuencia y eran compañeros de mil y una aventuras. Una amistad de acero de cuarenta años.

El "gordo" Ponte, se casó un poco mayorcito, cuando nació su hija estuvo tan feliz que se pegó una borrachera de dos meses. Es evidente que el padrino elegido no podía ser otro que su "hermano" Miguel.

Cuando la niña iba a cumplir su primer añito, el padrino le dijo al gordo: "¡yo mismo soy!", "No te preocupes compadre, yo me encargo de todo: regalos, torta, orquesta, payasos, piñata, mozos, buffet, fotógrafo, filmaciones, gaseosas, refrescos y harto trago para la fiesta. Tú invita a todo el mundo, los gastos corren por mi cuenta. Ese día yo llego con todo" sentenció. El gordo infló el pecho de alivio y de orgullo por tener un compadre fuera de serie.

Llegó el día del cumpleaños. Los Ponte, en la víspera, se pasaron toda la noche limpiando y arreglando la casa para que los doscientos invitados puedan estar cómodos y se lleven una buena imagen. A las tres de la tarde empezaron a llegar familias enteras, a las cuatro, la casa y el patio estaban repletos de gente. Niños de todas las edades gritaban, corrían y jugaban atropellando todo lo que encontraban a su paso mientras que sus padres se distraían conversando, esperando el primer trago.

¿Y el padrino y sus promesas? Se preguntará usted amigo lector. Ni rastros. El gordo Ponte no se despegaba de su teléfono celular, nervioso y sudando trataba de ubicar a su compadre y gran amigo de toda la vida. Llamó a su casa, a todos los conocidos, familiares y amigos comunes para tratar de encontrar a Miguel, mientras que su esposa, incómoda de no poder ofrecer nada, sólo atinaba a saludar y sonreír bobamente a las visitas que no entendían lo que estaba pasando.

A las cinco de la tarde la situación se puso crítica. Nadie sabía nada del padrino y como es lógico, tampoco había torta, ni payasos, ni músicos, ni fotos, ni gaseosas, ni tragos, ni piñata, ni regalos, ni buffet, ni siquiera gelatina.

El gordo tuvo que salir corriendo a la bodega de la esquina a comprar gaseosas para más de cien niños que pedían algo para beber. Se llevó también Chizitos, chips y otras cochinadas para llenarles la panza, un panetón que ofició de torta y consiguió una caja de cartón grande donde se metió y del que salió gritando "¡El regalo soy yo!", "¡Japiverdey!", finalmente -muerto de vergüenza- tuvo que hacer una colecta entre los padres de familia para poder comprar algunas cervezas.

Esa noche el gordo lloró de rabia y de vergüenza. Su gran hermano le había fallado. Eso jamás se lo hubiera imaginado.

Al día siguiente tampoco tuvo noticias del compadre. Fue al tercer día que apareció Miguel, tocó el timbre de la casa (relajado y silbando) y cuando el gordo abrió la puerta y vio a "su compadre" (en realidad veía una cucaracha) levantó los brazos en ademán de querer ahorcarlo y le gritó: "¡Eres una basura!" "¡¿Cómo te has atrevido a hacerle esto a mi hijita, sobre todo en su primer cumpleaños?!" Miguel lo miró extrañado y levantando una ceja le contestó: "aguanta el carro compadre ¿Y quién crees que le pagará la universidad?
"

28 mayo 2008

¡VOY A VER A MI BRUJO...!

Por: Gino Ceccarelli.

(Imagen: Imaginaria)


-“Tengo que ver a mi brujo para que me diga lo que tengo que hacer”.

Es la frase que solemos escuchar de Robespier Huansi cada vez que le asalta una duda o se le presenta un problema en la vida. Su existencia está regida por los consejos, purgas, dietas, ayahuasca, tohé, camalonga, baños de florecimiento, “limpiezas”, ayaúmas, rezos, perfumes, puzangas, plantas curativas, brebajes de todo tipo, amuletos, oraciones y todas las recomendaciones habidas y por haber que le dan los chamanes, curanderos y charlatanes que abundan por toda la selva amazónica. Robespier es de los que llamamos, un hombre de fe.

Hace unos años fue a visitar a un brujo que decían que era muy bueno y que vivía cerca de Balsapuerto. Necesitaba consejos y todo lo que hacía falta para lograr reconciliarse con una muchacha en Yurimaguas.

-“Dígame Don Florencio, ¿usted cree que puede hacer que ella me perdone?”
-“Claro hijo, pero tendrás que quedarte unos días, y verás que cuando regreses a Yurimaguas ella te va a perseguir. Yo no fallo”.

Don Florencio vivía con su mujer y con una hija de quince años quienes le ayudaban en la casa y a cuidar a los pacientes durante las sesiones de ayahuasca. Robespier no tardó en ponerle el ojo encima a la hija del brujo. Al principio hubo un intercambio de miradas, luego de risitas cómplices. Al tercer día nuestro personaje le mandaba piropos y le lanzaba algunas insinuaciones que la muchacha devolvía con sonrisas maliciosas.

A pesar de la dieta severa que le impuso Don Florencio, entre las que estaba la abstinencia sexual, Robespier no resistió a la tentación y una noche gateó hasta el cuarto de ella para “juguetear” cuando sus padres se habían dormido. Lo que no sabía es que la muchachita era una verdadera escandalosa cuando se excitaba. Sus gemidos y gritos de placer fueron tan fuertes que el brujo y su mujer se despertaron y los descubrieron en plena faena sudorosa.

-“¡Ahora si que te jodiste, carajo!”, “¡Por abusivo y confianzudo te voy a dejar sin tu pico!”

Robespier se vistió a toda prisa y salió asustado hacia la trocha con dirección a Balsapuerto. Se sentía aliviado que Don Florencio no le había golpeado. La amenaza del brujo no le preocupaba en ese momento. Caminó como veinte minutos en la oscuridad para llegar al pueblo y buscar un lugar donde dormir. Era imposible que se quede en el tambo que le había facilitado el brujo.

Cuando llegó al pueblo vio un lugar donde todavía no habían apagado los lamparines. Era un bar que se mantenía abierto ya que unos borrachines no se iban. Habló con la dueña y le ofreció dinero a cambio de que le dé un espacio para dormir esa noche. La propietaria le recibió los tres soles y le dijo que podía dormir en el depósito sobre los costales de arroz. Cuando fue a la huerta para “pishir” y se abrió la bragueta, no encontró la pieza que servía para ese fin. ¡No había nada! Angustiado regresó corriendo al bar.

-“¡No está!”- gritaba –“¡No le hallo a mi ullo!”, “¡El gran puta me robó mi gualdrapa!”, “¡Ya me jodí!, ayúdenme, por favor!!”

Los borrachitos no entendían sus desvaríos y la dueña del bar lo botó a la calle por hacer escándalo y mostrar su bragueta.

Cuando regresó al tambo de Don Florencio para pedirle perdón, éste le obligó a trabajar en la chacra por una semana para devolverle lo que le había quitado.

A pesar de ésta desgracia, Robespier siguió visitando curanderos por donde iba, incluso lo hacía para curarse de sus resfriados.

Hace un par de semanas lo encontré por la calle. Me contó que estaba peleado con su mujer y que había acudido donde un chamán boliviano que hacía propaganda en la televisión. Le habían contado que hacía “amarres” en cuatro horas. Necesitaba que le ayude a reconciliarse con su esposa.

El chamán le hizo arrodillarse, repetir palabras y frases incongruentes, rezó como nueve Padre Nuestros, la pasaron la mano y varios huevos por su cuerpo, le escupieron con aguardiente alcanforado, le golpearon con shacapas y ruda, le cantaron plegarias extrañas y ya. Ah!, le cobraron cuatrocientos nuevos soles.

Cuando salió de la “sesión”, esperó cuatro horas y media para así dejar que el “amarre” haga su efecto. Se cambió y se fue todo elegante al colegio donde trabaja su esposa para esperar que salga y reconciliarse con ella. Su mujer salió puntualmente acompañado de otras maestras.

-“¡Pssst, pssssst!!”- le hizo cuando pasó cerca. Ella volteó la cabeza y abrió los ojos cuando le vio. Robespier se acercó con una sonrisa en los labios.

-“Hola mi amor”- le dijo con seguridad y alargando sus brazos para el abrazo.

-“¡¿Qué quieres desgraciado?!”, “¡Lárgate antes que te golpee, pedazo de sinverguenza!”

-“Pero mi amor...”- y continuó en su afán de abrazarla.

-“¡Qué amor ni qué ocho cuartos, déjame tranquila adefesio de mierda!”- y empezaron a caerle puñetes, carterazos, rasguños y lapos al pobre que no tuvo otro remedio que partir a la carrera del lugar debido a la risotada general de los maestros y alumnos que salían del colegio.

Regresó a ver al famoso chamán.

-“Oiga señor, su amarre de cuatro horas no funcionó”.

-“¿De veras?, entonces tienes que pagar otros cuatrocientos soles para que sea más potente el efecto”- le dijo el charlatán.

Bajando la cabeza terminó de contar su historia y me dijo:

-Dime amigo, ¿tú crees que debo pagarle?.

25 mayo 2008

HUECOS (II)


Colegio Emilia Barcia Boniffatti. Muy aparte de ser local educativo, el Barcia Boniffatti ha adquirido por derecho propio la fama de siniestro. Aquella categoría no es atribuible, desde luego, al giro de su actividad, sino a la estructura arquitectónica. Una extensión de terreno enorme, con portón de fierro que cruje, casita en medio, juegos infantiles que se mueven solos. No estoy muy seguro, pero es posible que exista una fuerza desconocida, que flota en el aire, y que no me brinda buena espina. Esta reacción, acaso inconsciente, se debe a que asocio el espacio con algunos de los escenarios de Pesadilla en Elm Street, una de las películas de terror más poderosas de los ochenta. No es que sea supersticioso, pero cada noche que transito por sus veredas, cierro los ojos y me persigno por precaución. No vaya a ser que de entre las sombras del colegio aparezca Freddy Krueger. Nueve, diez, nunca dormirás…

Conafovicer (de noche). No, cuando dices la palabra de marras no te estás refiriendo a un local de diversiones inconfesables donde puedes bailar hasta el hartazgo, chupar chela botando al suelo la espuma del vaso o bañarte en su piscina olímpica de higiene más que dudosa. No necesariamente. Cuando llega la oscuridad y las puertas del Conafovicer se han cerrado al público, un nuevo mundo se abre para tu imaginación. Pletórico de claroscuros y una acústica seseante, los juegos mecánicos adoptan una apariencia de esculturas góticas. Una pequeña fuente de agua abandonada te da la pauta para crear un agujero en el tiempo. Las peceras se llenan de colores y los peces hablan. Sucede entonces, rápidamente, que estás dentro del escenario tropical anhelado por Edward Scissorhands (el joven manos de tijera) para vivir por siempre dentro de su propio mundo freak. Solo en las penumbras. Solo de noche.

Chato’s Burger. Una institución local no tiene por qué ser un aburrido conjunto arquitectónico. Puede ser un testimonio absoluto de superación. El Chato es un ejemplo. Para quienes tenemos un poquito de vida y un poquito de ojos dando vueltas alrededor, este local se ha transformado astronómicamente: una carretilla ha mutado en local propio lleno de diversidad, sabor y tertulia, en el que todos caen, sin excepción. Aunque sus hamburguesas ya no son las misma que antes (porque se han reducido considerablemente), no puedo negar las amanecidas en Iquitos no serían las mismas sin esta presencia de carnes y salsas al alcance de todos los insomnios.

Glorieta de la Plaza 28 de Julio. Tendríamos que hablar tanto sobre una de las últimas glorietas vivas de Iquitos (la otra, cerca de Belén, durante mucho tiempo fue morada de fumones y rateros). Pero existen días en que no necesitas tener tanto conocimiento y tanta elocuencia para poder disfrutar dentro de ella toda la magia que el paso del tiempo deja en la tradición. Porque ese pedazo de historia que mira arrogantemente a la iglesia del colegio San Agustín demuestra que las cosas pueden fácilmente integrar el ayer y el hoy sin tener que apelar a la chambonada, el mal gusto y la anti-estética que parece campear entre algunos constructores y proyectistas. Esa glorieta nos da duro, con palo y duro, en nuestro pasado, en nuestra estirpe, en nuestro sentido común.

Carretera hacia Nauta. Cuando tengan tiempo y un pequeño capital, les recomiendo lo simple: tomen un carro hacia Nauta. Dense un paseo por el puro gusto de ver la carretera, por deleitarse con el espectacular paisaje, por todos los microcosmos sociales, naturales, culturales. Un pequeño aire de ensueño y mirada, que tendrá su punto culminante en la histórica ciudad que fundó el cacique Pacaya. Y una vez que hayan llegado, tomen el viaje de retorno inmediatamente hacia Iquitos. Y cuando hayan regresado, vuelvan a hacer la misma operación. Sucesivamente, sin parar. Estoy seguro que en la exacta sintonía y con el acompañamiento (musical, literario, personal) adecuado, no querrán dejar de hacerlo.

Biblioteca Amazónica. Una auténtica capilla de sosiego, meditación y cultura. Más de una vez he acudido hacia su encuentro solo por el deseo de paz y calma. Uno encuentra libros, un espectacular mural de Maximino Cerezo y un deseo de soledad que ayuda a recargar energías. EN medio de todos, estampas del pasado, testimonios de un recuerdo que debería ser siempre removido. Mirada al Amazonas, evocación de Antonio Wong y un buen lugar para sentir que todavía existimos, que por esto vivimos realmente.

Pd: Lee la primera parte de Huecos aquí.

24 mayo 2008

AMOR A LA MEXICANA

Por: Gino Ceccarelli




Hubo un tiempo que mi corazón estuvo por México. Varias veces al año aterrizaba en el D.F. para pasar temporadas con mi amada de ese entonces en lugares bellísimos como Cancún, Puerto Vallarta, Acapulco, Valle de Bravo, Cuernavaca o Guanajuato. De la misma manera nos citábamos en otros lugares del mundo como Grecia, Egipto, España, Italia o el Valle del Urubamba en el Cuzco. Fue un amor planetario, intenso y muy divertido.

Yo radicaba en París y ella en México. Nos conocimos en Lima en una reunión, nos sonreímos y ambos supimos que debíamos estar juntos. Ella estaba de paso hacia el sur del continente y yo hacia el norte. A partir de ese encuentro nuestras vidas se ligaron en encuentros extraños y maravillosos. Nunca planificamos, simplemente levantábamos el teléfono y nos citábamos en algún aeropuerto. Nunca nos fallamos. Dejábamos todo lo que teníamos que hacer para vernos y disfrutar de la vida y de nuestras vidas.

Recuerdo que un día la llamé y le dije: “Nos vemos mañana a las seis de la tarde en el Aeropuerto de Atenas, chau.” Efectivamente viajé a la capital de Grecia y a las seis en punto nos ubicamos en la sala de espera. Entre besos y risas me peguntó: “¿Y ahora qué, pinche Gino?”, yo le contesté: “vamos a hacer degustación de aceites de oliva en las islas griegas”. Fueron veinte días que recorrimos varias islas degustando aceites en los olivares y disfrutando de playas y frutos del mar.

En otra oportunidad me encontraba en Brest, ciudad al oeste de Francia donde expuse mis cuadros. Era febrero, hacía mucho frío y llovía. Había una feria gastronómica de varios países y entre la gente vi a un grupo de mariachis que amenizaban un stand mexicano. Me acerqué, hablé con ellos, nos pusimos de acuerdo y desde mi celular llamé a mi amada.
- “Hola corazón, ¿qué hora es y si estás parada o sentada?
- “Son las diez de la mañana y estoy parada”- me dijo.
- “Mejor siéntate porque te tengo una sorpresa”.
- “¿Cuál?”
- “¡Serenata para ti! ¡Arranque maestro!”

Los mariachis empezaron a tocar y a cantar un bolero a través de mi teléfono bajo el cielo gris y lluvioso de Brest hasta la cálida y soleada capital mexicana. Ella pensó que se trataba de un disco y le pedí que pida la segunda canción para cerciorarse que no era así. “Que toquen Cielo Rojo” pidió con la voz entrecortada. Los mariachis siguieron tocando (también se emocionaron) hasta que se agotó la batería de mi teléfono. Esa noche, con los músicos nos emborrachamos a la mexicana: a tequilazo limpio.

Al mes siguiente hice una exposición en una galería de Madrid, y para mi sorpresa, el día de la inauguración recibí un enorme ramo de rosas amarillas (sus preferidas) que me enviaba desde México.

Paseos en velero por el Caribe, buceo en Cancún, bañarnos en las noches bajo la lluvia fría en el Valle del Urubamba, helados en Venecia, tintos de verano en los Pueblos Blancos de Andalucía, saltos en paracaídas en Miami, paseos a caballo en las tardes por las playas de la Costa Maya, ostras y vino en la isla de Capri y otros momentos más que mi memoria guarda con delicadeza.

Nunca hablamos de compromiso ni hicimos planes para el futuro. Ambos sabíamos que al final nuestros rumbos eran distintos. Nos entregábamos con la misma sinceridad y naturalidad de cómo cuando se come una fruta fresca. El tiempo fue pasando, las obligaciones y compromisos nos fueron ganando y poco a poco dejamos de vernos seguido. Han pasado algunos años, ella está bien, yo estoy bien y cada vez que nos comunicamos sigue siendo un deleite. Ayer me llamó.

21 mayo 2008

¡APAGA LA LUZ!

Por: Gino Ceccarelli

Imagen: El baño de la luna (Gino Ceccarelli, 2008)

-¿Te acuerdas del FICA? En ese Festival Internacional de la Canción Amazónica tuve también un romance...

Me había encontrado con Iván C. en Pucallpa después de muchos años. Sentados en la vereda de su casa se había puesto nostálgico y de su boca salía todo tipo de recuerdos. Su padre había sido un gran artista y su madre una nativa machiguenga. Desde niño hizo todo tipo de trabajos hasta que se volvió fotógrafo cuando uno de sus hermanos mayores que vivía en Lima le regaló una cámara fotográfica.

Efectivamente, en uno de los Festivales de la Canción Amazónica lo contrataron como fotógrafo para una revista local.

-Todo salió bacán- siguió contándome, -y la noche de la clausura repartieron harto trago. Fue allí cuando la Betsabé se me acercó. Ella era una fotógrafa profesional que la habían enviado de Lima para cubrir el Festival para una gran revista.

-Hasta ese momento no me había dado cuenta que la gordita existía- me dijo exhalando una bocanada de humo de su mapacho.

Iván siempre fue muy tímido y hasta inocente con las mujeres. Esa tarde, entre aguardiente y mapachos había decidido hablarme de sus conquistas.

-La Betsabé tenía su pelo claro, ojos azulitos y su cuerpo era bien redondito. Yo estaba tomando mi whiskey y vi que me miraba. Yo también la miré, luego se me acercó y me dijo:
-“Hola guapo, soy Betsabé”
-“Yo me llamo Iván”
-“Salud Iván!”
-“¡Salud!”

-Seguimos tomando y conversando, ella bebía rápido y me obligaba a tomar a su ritmo. Después de varios vasos me miró fijamente a los ojos como una pantera:
-“¿Por qué no vamos a mi cuarto en el hotel y nos tomamos un Whiskey los dos solitos?”
-”Bueno pues”- le contesté.

-Nos fuimos a su hotel, entramos en su cuarto y pidió una botella de Whiskey y harto hielo. Trajeron el pedido y la Betsabé, levantando una ceja dijo:
-“¿Por qué no me sirves un trago Iván?”
-Le preparé su trago y yo también me serví.

-“Salud Iván”
-“Salud”, “glug, glug, glug...”

-Tomamos como cinco tragos y entonces me dijo:

-“Voy a bañarme, no te vayas a ir”
-“Ya pues”- le contesté.

-Entró a bañarse y salió con una toallita que le envolvía su cuerpazo.

-“¿Por qué no te bañas tu también?”- me preguntó.
-“Porque no tengo calor”- le respondí.
-“¡Báñate Iván!”

-Bueno, entré a bañarme y cuando salí con mi toalla en la cintura vi que estaba echada en la cama.
-“Échate a mi lado Iván”

-Me eché a su lado.

-“Salud amazónico”- me dijo la Betsabé.
-“Salud limeña”- le respondí.
-“Apaga la luz, Iván”

-Apagué la luz y de repente siento su changa encima de mi y... prendí la luz.

-Ella me miró con un poco de cólera y volvió a decirme:

-“¡Apaga la luz!”

-De nuevo apagué la luz y otra vez me puso su piernaza encima. Volví a prender la luz.

-“¡Te he dicho que apagues la luz, Iván!”

-Otra vez apagué la lámpara y de nuevo sentí su changa y su brazo en mi encima!

Recién ahí comencé a maliciar, compadre. Ella quería algo conmigo...



13 mayo 2008

ORLANDO DE LIMA

Por: Gino Ceccarelli

(Imagen: Raquél Sarangello)

He conocido mucha gente orgullosa y regionalista en mi vida, pero nunca conocí a alguien más orgulloso y pedante de haber nacido en Lima que Orlando Arbulú .

Decía ser de Barrios Altos; le gustaba la música criolla y el rock urbano, las mujeres, de preferencia limeñas, el ceviche, los anticuchos, era hincha acérrimo del Alianza Lima y todo lo que no fuera de la capital era para él, de segunda categoría. Ni siquiera se atrevía a probar una cerveza que no fuera Pilsen o Cristal.

Nos conocimos en una playa cuando descubrimos que cortejábamos a la misma chica. Se me acercó y me dijo al oído: “te apuesto cincuenta lucas que yo me la levanto primero”. Yo le constesté: “dame las cincuenta lucas y te dejo el camino libre”. Hicimos amistad. En esa época yo frecuentaba peñas criollas y era amigo de cantantes, músicos y criollazos de callejones.

Con Orlando hablábamos de canciones, autores, ritmos, influencias y de vez en cuando asistíamos a los Centros Culturales (asociaciones que eran peñas a puerta cerrada) en Surquillo, el Rimac y Breña, donde se escuchaba casi religiosamente a los “verdaderos” criollos de la música.

Un día le comenté que iba a viajar a Pucallpa. “Llévame” me dijo entusiasmado. Cuando nos encontramos en el paradero del ómnibus interprovincial que nos llevaría hasta Pucallpa fue todo un espectáculo. Se había disfrazado de explorador: camisa manga larga con cincuenta bolsillos, chaleco, botas gruesas, gafas de sol, cantimplora, cuchillo en el cinturón, mochila descomunal donde había toda una batería de remedios contra todo, linterna, saco de dormir, brújula y un pomo enorme de repelente contra los mosquitos.

-“¿Es la primera vez que viajas a la selva?”- le pregunté-
-“Es la primera vez que viajo a provincia”- me respondió.

Durante el trayecto le expliqué lo que era la selva y sus ciudades, que a donde íbamos era una ciudad grande y que no era necesario que se sienta Indiana Jones. Una vez que llegamos a la capital de Ucayali dejó de ser Orlando Arbulú, ya que cada vez que le presentaba a alguien, estiraba la mano y con mucho orgullo y un evidente aire de superioridad decía: “soy Orlando de Lima”. No quería que lo confundan con un provinciano.

Al tercer día, un amigo que era ingeniero agrónomo nos pidió que lo acompañáramos a visitar una comunidad alejada, donde él tenía que recoger unos informes de otros ingenieros que estaban por allá. Teníamos que ir hasta el kilómetro sesenta en auto y luego había que caminar durante seis horas por una trocha en la selva. Orlando se entusiasmó con la idea de penetrar en el bosque y volvió a disfrazarse de explorador.

Salimos de madrugada, a las nueve llegamos al punto de donde empezaríamos la caminata. A eso de las diez, Orlando ya sufría con el enorme peso que llevaba a cuestas. Los que alguna vez caminaron por el monte saben que hay que hacerlo con ritmo sostenido, además esa caminata no era un paseo, era con fines de trabajo. Orlando se retrasaba todo el tiempo debido al peso y al volumen de su mochila que se atajaba en ramas y hojas, a que tenía que ponerse repelente cada veinte minutos y porque sus botas le quemaban debido a sus medias de lana. Estaba empapado de sudor, le salían lágrimas de sus ojos pero no decía nada por orgullo, de ser limeño seguramente.

A eso de la una de la tarde me dijo jadeante que ya tenía mucha hambre y que le preocupaba donde y qué íbamos a comer. El ingeniero nos dijo que más allá había una familia de chacareros y que algo nos darían como almuerzo.

Efectivamente, llegamos al tambo de esa familia, les propusimos comprarle una gallina y que la señora nos prepare algo. Descansamos y esperamos el alimento. Al cabo de una hora, los hijos de la señora nos alcanzaron sendos platos con caldo de gallina. Tomamos con prisa y repetimos todas las veces que nos ofrecían. Orlando no repitió, cada vez que le ofrecían decía que no. Nosotros supusimos que no le había gustado. Cuando nos acabamos la olla, el ingeniero y yo nos levantamos diciendo: “vamos, es hora de seguir”. Orlando extrañado nos miró y dijo: “¿Y el segundo?, ¿no hay segundo?”. Esa noche en la comunidad nuestro amigo arrasó con todo lo que había para comer.

Al día siguiente empezó el regreso y el martirio de Orlando por tener que cargar cosas inútiles continuó y se prometió nunca más pasear por la selva.

Nos quedamos como una semana en Pucallpa y él continuaba con ese afán de presentarse como “Orlando de Lima”, hasta que un amigo le dijo:

-“Yo soy Pedro de Contamana y si sigues con tus huevadas voy a ser Pedro el que te sacó la mierda”.

La víspera de nuestro regreso, los amigos me hicieron una fiesta de despedida al estilo amazónico, es decir, ritmos tropicales y bastante cerveza. Orlando al enterarse sonrió socarronamente:

-“Qué bacán compare, ésta noche me levanto a la mejor hembrita del tono”.
Efectivamente, esa noche llegaron muchos amigos y amigas. Empezó la fiesta y los tragos circulaban a la velocidad de la luz. Orlando, desde un rincón se dedicó por unos minutos a escoger a la que sería su víctima esa noche. Decía que no podía irse de Pucallpa sin probar una “costilla”. Escogió a una muchacha de escote despampanante que vivía en la esquina y trabajaba en un bar a pocos metros.

-“Hola, soy Orlando de Lima”
-“Hola, soy Juana y vivo en la esquina”
-“Quieres bailar”
-“Bueno pués”

Como es natural, nuestro héroe limeño puso en práctica todos su recursos para conquistar a la Juana. Bailaron una música, bailaron otra y a cada pieza se iba pegando a la Juana, tanto así que en la quinta canción Orlando estaba literalmente enroscado. Al terminar la cumbia, justo en esos segundos de silencio que existe entre el término de una música y que la gente comience a conversar, la Juana levantó la cabeza y mirándome gritó:

-“¡Oy Gino, tu amigo está arrecho!”

Toda la fiesta volteó la mirada para saber quien era el excitado, ante la desesperación y la vergüenza de Orlando que, agachándose, casi en cuatro patas y ante la risotada general, se metió en uno de los cuartos y no salió hasta el día siguiente para ir al paradero de ómnibus que nos llevaría de regreso a Lima.

Han pasado casi veinte años, hace unos meses lo encontré por una calle de Lima, nos abrazamos y me dijo:

-“Estoy de paso por acá, hace doce años que vivo en Celendín, me casé allá, tengo cuatro hijos y soy feliz en ese pueblo. Odio Lima, es una ciudad insoportable”.

01 mayo 2008

INMORTAL


Un relato hecho cortometraje.

A partir de hoy hasta el fin de semana, en escenarios de la carretera hacia Nauta, se llevará a cabo el rodaje de Inmortal, un cortometraje dirigido por el cineasta loretano Dorian Fernandez (creador de Chullachaqui) y producido por Audiovisual Films, basado en un relato corto escrito por mí hace cuatro años. Un equipo periodístico de un importante diario nacional estará en el rodaje, y hará una nota sobre este corto, que es el preámbulo del próximo largometraje de Audiovisual, a ser filmado enteramente en escenarios loretanos, llamado tentativamente "Nos están llamando".

Este corto, de aproximadamente siete minutos de duración está previsto que sea estrenado a finales de junio. En la actuación principal estará el actor loretano Rubén Manrique.

Y para quienes no leyeron este relato, ideado en el 2003, muy en onda mística, X-files y videoclipera, se los dejo en su versión original, de la cual tomará elementos principales el trabajo dirigido por Fernández.



*****

Se detuvo a orillas del río, dejando descansar brevemente su corazón, tiranizado por aquellos días desbarrancados a través de la frondosa geografía del miedo. Los rigores del éxodo habían acelerado su proverbial incontinencia, expuesta sin pudor entre aquél punto exacto donde se conjugarían simétricamente, como una cósmica tautología, el tiempo con su destino marcado: los ansiados dominios del tigre azul, Oro Blanco. Aplacó los apremios de su vejiga, dejando pasar un fugaz cosquilleo epidérmico. Sintió escalofríos. Con instantáneo reflejo, retomó apresuradamente el sendero. Ellos también estaban allí, enfundados en aséptica parafernalia, desafiando la naturaleza con simétricos equipos de sensibilidad artificial, estableciendo con sinfónica simetría la densidad de sus tácticas multinacionales de rastreo. La razón era algebraica: prevenían una posible contingencia, estarían dispuestos a anular cualquier resquicio de malsana libertad, redoblarían con extravagancia tropical ciertos detalles, anecdóticos al fin y al cabo, propios de la cacería. La orden estaba dada. El procedimiento establecido por el cuaderno de incidencias del Protocolo debía ser aplicado con todo el científico desdén de que estaban suficientemente adiestrados.

Un primer oleaje de vértigo surgió de la nada, precedido por chirriantes golpes de sonido, un taladro que rápidamente fue introduciéndose en sus sienes, desintegrando paulatinamente el sistema nervioso. Bajo el influjo de la metástasis, el dolor ejerció su trayecto caníbal a través de la masa muscular, triturando huesos, desnudando anticuerpos, contaminando con virulenta afección cada endógena comisura de su anatomía. Rostros, paisajes, sonidos y olores transpusieron velozmente sus ojos; inmediatamente comprendió aquellas memorables imágenes que se proyectaban en la electricidad de la memoria; las canciones de cuna de su madre, el aroma de Laura en la intimidad del lecho conyugal, los mediodías calurosos en Yaquerana, la ausencia olisqueando sus inermes señoríos. Todas representaban un nuevo Reino conquistado. Dudó un instante que realmente estuviera vivo. Condensó la penumbra en un pestañeo: hemorragia cerebral, ausencia de respiración, paro cardiaco. Un pavor indescriptible se apoderó de sus manos. No quería volver a experimentar la ira de Dios sobre su lacerada existencia.

El círculo se iluminó a un kilómetro de distancia. Ellos también lo divisaron, a pesar de la insolente oscuridad. Instintivamente, rastrillaron sus armas y activaron el sistema de autodefensa. La noche era demasiado obscena para su perplejidad. Lo único que buscaban era destruirlo, no había más alternativa. Él corrió torpemente hacia la humeante centella con las escasas fuerzas que aún resguardaba en su voluntad, tropezando en su enajenada huida con lianas, troncos, tibias superficies y húmedos organismos, percibiendo sólo la densa monotonía del bosque. Sintió el olor de las madreselvas y las cucardas. Entre la distorsión sonora, escuchó ecos de un idioma nuevo e indescifrable dentro de su prosaico saber. El aire fue adquiriendo una pesadez opresiva. Sus articulaciones quedaron petrificadas, inmóviles, su mandíbula se tornó en piedra absoluta. Inmediatamente quedó ciego. Sabía que no había nada más que intuir, salvo que estaba hincado ante su propia reminiscencia de muerte. Memento mori. Se desplomó agónicamente sobre la fangosa escenografía; ya sin audición, ya sin noción del espacio; casi al instante en que una llamarada lo abofeteó con violencia, calcinando su piel, metamorfoseando las flamas en adormecedoras caricias; luego en cosquilleo bendito, finalmente en una señal de paz eterna.

Los extranjeros dispararon inútilmente. El gigantesco disco flotante cerró su acerada plataforma, inundando con luz brillante y resplandeciente el río Napo, para luego dispersarse supremamente por los confines del Universo, portando en su seno el bienaventurado cuerpo de Jimmy Melecio Tangoa Tananta, pastor de ovejas descarriadas; flamante ascendiente al Reino de los Cielos el día de hoy, Sábado de Gloria en el rojo almanaque de los pensamientos oprimidos.

25 abril 2008

PATEANDO QUIRUMA

Por: Gino Ceccarelli.


(Foto: C.F. Gava Mar)


A pesar de sus cuarenta años, Usnavi Ramírez seguía siendo el mejor pelotero del caserío. Tenía muchas virtudes para jugar fútbol en la chacra: trejo, veloz como el venado, sus taponazos eran temidos, tenía un físico envidiable, parecía no cansarse nunca y se manejaba unos pies grandes, ásperos y duros como el huacapú, que si uno de sus dedos gordos te alcanzaba podía romperte la tibia.

Su padre le puso ese nombre cuando vio en una revista, en la época que el hombre llegó a la luna, una fotografía del Apolo 11 donde estaba escrito US NAVY.

Nunca pudo usar zapatos, no solamente porque era pobre, sino, porque ya de adulto nunca pudo encontrar, ni siquiera en Iquitos, algo que encaje en sus pies increíblemente anchos.

Era casi una leyenda. Cuentan sus amigos que una vez que jugaban en una cancha y había llovido durante tres días, una parte del gramado o gramalotal había crecido hasta la altura de la cintura y que cuando Usnavi entró con la pelota por esa zona y quiso lanzar un centro, ni siquiera se percató que había pateado un motelo que llegó hasta el área chica y que un delantero distraído se partió el cráneo por cabecear. También en otro partido se armó tal trifulca en el área con la pelota y los defensas que terminó pateando el poste que servía de arco y lo partió en dos. Cuentan que levantaba quirumas enormes cada vez que metía un puntapié y que alguna vez, celebrando un gol, se revolcó en el ishangal y se levantó como si nada.

En el caserío de al lado había un joven que era considerado como un gran arquero. “Ponguete” Taricuarima era el orgullo de la comunidad. Contaban que era más ágil que un mono, volaba como un murciélago y era raro que le hagan goles, por lo menos en penales nunca le encajaron uno. Dicen que se entrenaba atrapando gallinas.

Los caseríos ya se habían enfrentado varias veces, pero curiosamente estos dos personajes, por razones extrañas, jamás estuvieron frente a frente. Se acercaba fiestas patrias y entre las diversas festividades programaron un encuentro al que calificaron “El partido de la muerte”.

Llegó el día. Prácticamente toda la comunidad vecina vino para festejar y sobre todo para hacer barra a su equipo y sus respectivas estrellas. Trajeron pancartas, una de ellas decía: “Usnavi está viejo, ahora corre como pelejo”, y la barra local había preparado otro donde pusieron: “Arquero ponguete, Usnavi te romperá el ojete”.

Empezó el partido. Hacía como cuarenta grados cuando el árbitro hizo sonar su silbato. Los jugadores tenían tantas ganas y entusiasmo que rápidamente fue degenerando en pateaduras, empujones, codazos y “planchazos”. Los choques de las canillas sonaban como cuando se corta leña. Las tarjetas amarillas salían con facilidad del bolsillo del árbitro ante los insultos del público, sobre todo de las mujeres que tenía a sus maridos en la cancha.

Terminó el primer tiempo sin goles. Las mujeres repartieron harto masato para darle fuerza a los jugadores.

Durante la segunda mitad siguieron los golpes entre los peloteros y los insultos del público iban en aumento. Había tal furor en el pueblo que ni siquiera detuvieron el partido cuando un niño vino del embarcadero gritando que estaba pasando un mijano de sábalos.

Faltando cinco minutos para que termine el partido, un defensor del equipo visitante “fauleó” a un delantero en el área, con una carretilla en la espalda que lo dejó medio muerto. “¡Penal!”, gritaron a voz en cuello y sin preocuparse de la salud del jugador que estaba desmayado al que sacaron de la cancha arrastrándolo. El árbitro tuvo que cobrar la falta ante los insultos de la barra visitante que le gritaban “vendido” y pedían que al delantero herido lo boten al río.

Después de una larga discusión, los visitantes aceptaron el veredicto del árbitro. “Ponguete”, inmutable y visiblemente concentrado se puso en medio de su arco con los ojos y los brazos bien abiertos. Evidentemente, el encargado de patear el penal no podía ser otro que Usnavi. Era el duelo que todos esperaban durante años.

Se hizo un silencio sepulcral, nadie se puso detrás del arco por temor a los ya conocidos cañonazos que lanzaba Usnavi quien cogió la pelota, la besó, la colocó en el punto indicado por el árbitro y se alejó hasta la media cancha para darse viada. Metió un suspiro profundo y arrancó.

El patadón fue violento, sonó como un bombazo y dirigido hacia un ángulo. “Ponguete” se tiró con la agilidad de un jergón y... ¡atrapó el balón! ...pero, detrás de la pelota venía una champa enorme de tierra con hierba que le cayó en la cara y mandó al arquero con pelota y todo dentro del arco.

Cuentan que desde ese día “Ponguete” quedó medio “shegue” y dejó el fútbol. Usnavi no ha parado de beber para festejar su gol. Hasta ahora lo podemos encontrar en el bar de Elsita donde borracho no para de contar, a todo aquel que se le acerque, como metió aquel gol.

13 abril 2008

CAZANDO PELACARAS


(Imagen: Leyendario Amazónico de Nelson Mori)



Estas últimas semanas las he pasado absorbido por dos cosas (aparte de buscar - infructuosamente - un trabajo estable): promocionar la cultura amazónica y, paralelamente, reencontrarme con gran parte de su mitología a través de la escritura. Sea a través de una épica historia sobre el origen de nuestro mundo incluida en reciente catálogo de un conocido pintor loretano, o mediante un ensayo sarcástico sobre los bufeos colorados para una prestigiosa revista de crónicas, he buceado frenéticamente en el imperio de la narrativa oral y por la excéntrica pero deslumbrante galería de criaturas de nuestra imaginación. Incluso, a pesar de las inevitables presiones de los productores (cuya chamba no consiste precisamente en entender mis demandas de paciencia en nombre de la estética y la perfección narrativas), acabo de finalizar el proyecto de guión para un próximo largometraje cinematográfico que se filmará en Iquitos, basado en una de nuestras leyendas urbanas de más reciente y reconocida popularidad: la del Pelacaras.

En verdad, el personajillo de marras viene apareciendo y desapareciendo en mi mente bastante tiempo atrás. Entre obsesiones que tienen que ver con trastornos del sueño, invocaciones en lugares desolados, ha ido delineándose su figura o su mención debido a una necesidad - y una tradición - que se mantiene viva gracias a la oralidad. El Pelacaras pertenece a la misma estirpe de aquéllos que se agolpan en el imaginario local y fundan sus orígenes en la existencia primigenia y ancestral. ¿Acaso no es verdad que existen los tunchis y gobiernan nuestras casas, jalando sus cadenas, apagando las luces y moviendo las mecedoras? ¿Acaso no es cierto que a los duendes les guste salir retratados en las fotos que tomamos con nuestros teléfonos celulares? ¿Cómo negar que existan “gentes del agua” que aparecen en los pueblos, convertidos en apuestos mancebos y mujeres fatales que nos hechizan, nos seducen y nos llevan a vivir con ellos en las profundidades de los ríos? ¿Qué me dicen de la “sirena” que un grupo de niños dicen haber visto en la laguna de Quistococha? ¿No habría que tomar, acaso, como una señal del fin del mundo, el que el día se haya oscurecido en Requena, hace poco? ¿No deberíamos darle toda la razón a Douglas Flores, que dice haber fotografiado un fantasma en el Parque Zonal? ¿No deberíamos creerle al rosacrucista - pero mejor caricaturista - Lando cuando dice que el fantasma de la foto de Douglas es real? ¿Acaso el ayahuasca no nos permite hablar con nuestro “yo” espiritual? ¿Y quién niega que en el colegio República de Venezuela haya una concentración de poder sobrenatural? ¿Y quién me demuestra que los ruidos extraños que se escuchan de noche en el colegio San Agustín no sean más que los muertos incomprendidos del cementerio que existía debajo de su actual construcción? ¿Díganme si no es verdad que existe una monja sin cabeza deambulando en la soledad del colegio Nuestra Señora de Fátima? ¿Y la casa encantada de la sexta cuadra de la Napo? ¿Y la lancha invisible que surca diariamente por el Amazonas? ¿Quién me desmiente cuando digo que la patiquina ahuyenta a la mala suerte y los rateros? ¿Qué amante despechado no apela exitosamente a la pusanga para retener al ser amado? ¿No son los “gringos” seres destinados a convertirse en lo que sea? ¿Acaso alguien puede estar en desacuerdo con que en la selva todos los árboles tienen una madre que convive dentro de ellos?

Como casi todos, he ido creando mis propios seres paranormales desde las épocas en que, bajo la luz de las velas que usábamos debido a los apagones del primer gobierno de Alan García, se agolpaban en las aceras cierta vocación por el misterio y lo desconocido. Mi abuela María siempre alimentaba mi vocación supersticiosa con relatos del Yarapa y de Yucuruchi, sus convivencias con ayaymamas y anacondas gigantes. De adolescente, he tratado inútilmente de convocar a los espíritus en torno a la ouija y me he quedado con las ganas de descubrir un supuesto platillo volador que había caído al río Napo. Ya de adulto, he leído todos los libros, he visto todas las series, he seguidos todas las películas y he escuchado todos los ruidos extraños durante la filmación de Chullachaqui, en medio del río Nanay. Ahora me he internado en todas las selvas posibles, he ido al Campamento Alianza (en el camino hacia Nauta) a hacer contacto con el extramundo, he acudido a todos los curanderos, los curiosos, los médiums de verdad y también los de mentira, en fin, he puesto mi rostro a descubierto con el fin de encontrar al Pelacaras. Y aunque lamentablemente no he nacido con la facultad de ver más allá de lo evidente, tengo el consuelo de poseer aún suficientes imaginación y fe (aquellas que ni siquiera la racionalidad del Primer Mundo ni las bondades tecnológicas amantes del pragmatismo han conseguido anular), como para decir con plena seguridad, a pesar de infaltables escépticos y aguafiestas, que ellos están ahí y nos están llamando. Ellos siempre nos están llamando. Es cuestión de saber escucharlos.