15 marzo 2009

Nadar solo

En el año 2003 se estrenó una extraña pero hermosa película titulada Nadar solo (ubicable solo en copia pirata en el pasillo 18 de Polvos Azules). La cinta narraba en slow tempo la travesía de un chiquillo disfuncional, en un viaje que intentaba descubrirle aquellas cosas que consideraba ajenas en su vida: una novia, una familia, un hogar.



Su director, el debutante argentino Ezequiel Acuña, tipo callado y raro pero muy talentoso, dotó de una mirada y un cuerpo algo parecido a un alter ego, nutrido con varios arquetipos que han contado la historia literaria y cinematográfica de la adolescencia. Como Antoine Doinel en
Los 400 golpes de Francois Truffaut. Como Holden Caufield en El cazador entre el centeno de J.D Salinger. Como Eduardo Manos de Tijera. Como el chibolo de la inolvidable peli Casi famosos de Cameron Crowe, que vive con su madre y decide convertirse en hombre, reporteando para la revista Rolling Stone la gira de una segundona banda roquera en medio de los afiebrados setenta.

Nadar solo es un suceso casi autista, donde las piscinas y las miradas interiores se funden con la soledad y el tedio. Pero más allá de la monotonía, la película establece una verdad del tamaño de la Iglesia Matriz: un necesario recorrido que debe seguir Martín, el protagonista, para poder descubrirse y encontrarse consigo mismo, con su lucidez y sus miserias, sin importarle en absoluto la opinión de los demás, pues su búsqueda es más grandiosa que los ladridos que se multiplican alrededor.

Durante el breve – o largo – tiempo que no estuve publicando en prensa escrita ni en este blog (que pronto pasará a formar parte de la génesis de otro), me dediqué a mirar con obsesivo detalle ríos, lagos, cocha y,especialmente, piscinas. He visto gente que se reúne con otra gente, se zambullen en el agua de su apetencia y disponibilidad, empiezan a armar el grupo. Todos disfrutan del rito, se reconocen tras de sí, (incluso en el rastro de jacuzzis o hidromasajes) y creen que son prójimos, iguales porque chapotean en el mismo lugar.

Raras veces he visto a las personas nadar solas. Nadar voluntariamente, ajenas al colectivo. Como si hubiese una repelente aversión por el silencio o la quietud. Como si fuera una obligación casi maldita, destinada solo a los infelices.

Craso error. Nuestra sangre latina debería reconocer un poco más silencio.

Deberíamos dejar de tenerle miedo a la soledad.

Digo, es hermoso cuando puedes encaminarte, a puras brazadas, hacia el centro mismo de la laguna de Quistococha y mirar a la multitud que, a lo lejos, se refocila en sus actitudes comunes y corrientes. Es genial cuando puedes nadar de noche en la piscina del Hotel Dorado, que corona una suerte de caverna-gruta que haría las delicias de
Encino man, sin que alguien te diga “su toalla, señor”. Una piscina realmente notable, por lo desvencijada, retro y natural, puede ser ubicable en el patio trasero de La taberna del cauchero, coronada por un árbol de mamey que deja caer pequeñas estampas rosadas de polen sobre el agua.

He nadado en el Conafovicer y en el Parque Zonal y mi impresión es que la experiencia hubiera sido mucho más perdurable si hubiera tenido todo el espacio disponible a discreción. Incluso un pequeño pedazo de Malibú en Iquitos - el restaurante Al frío y al fuego- deja escapar para afuera su belleza cuando algún comensal, aspiracional y adinerado, pretende tomarse un pisco sour en medio de su piscina azul turquesa, mientras asume que es el dueño del mundo solo porque ha pagado 40 soles por un plato de comida.

Usualmente, mucha gente puede armar un país, pero no necesariamente es capaz de armar una sintonía. Por eso gran parte de los conflictos. Porque todos quieren incluir, antes que sumar a partir de su particularidad.

Más allá del homenaje al ya-no-tan-joven Acuña, decidí titular así a la nueva columna mientras me bañaba en una piscina olímpica, una mañana nublada, antes que empezara un remedo de diluvio universal, completamente solo. Y la sensación de paz y tranquilidad, cual mágica escena, era simplemente indescriptible.

Cada persona son los libros que ha leído, las películas que ha visto, la música que escucha. Son los lugares en donde ha estado. Son las cosas que le han pasado o la gente a quién ama (o dejó de amar). Es en la individualidad que uno afirma su pertenencia a algo (fundamentalmente su ligazón con el mundo).

Nadar solo pretende contar perfiles de personas, a través de ellos mismos o a través de sus obras, más allá de la luz pública, lejos del escrutinio malicioso, frívolo y a veces perverso de los demás. Hablando fuerte, pero liberándose desde adentro. Personajes famosos o seres anónimos, prospectos o impostores, todos juntos en aquello que pueda dar un mayor alcance sobre esos espacios internos. Con sus amores, furores, odios, anhelos. Sin chauvinismos, pensando más allá de nosotros y nuestro ombligo tropical. Con humor, con silencios, con atención. Introspectivamente. Tal como en verdad somos en el momento que nadie nos ve.

Como si estuviéramos nadando solos en medio del Amazonas.


5 comentarios:

En El Palacio De La Risa Y El Dolor dijo...

solo vi un pedazo de esa pelicula, en Encuentro, despues me tuve q ir, nunca la volvi a encontrar para terminarla...vi cuando el no gana en un momento una carrera, (creo) no me acuerdo bien!

En El Palacio De La Risa Y El Dolor dijo...

que curriculum señor! ;)

En El Palacio De La Risa Y El Dolor dijo...

eso de siempre me estoy yendo no se xq, esta buenisimo, jaja

joze carlos dijo...

la SOLEDAD en cierta medida es buena, para tipos como yo, la soledad es el sello caracteristico que no marca para siempre. pero me quejo. como dice malta hildebrandt:"la soledad y el silencio son dos lujos en las cual me regocijo".

busquince dijo...

me relaciono mucho con los personajes de Ezequiel Acuña, tanto con Martin en 'nadar solo' como con Nico en 'Como un avión estrellado'. Me ayudan a sentirme cómoda con mi soledad, y a seguir navegando en las profundidades de mi mente.