09 junio 2008

LA DANZA DE LOS PAVOS

Por: Gino Ceccarelli


Hacia mediados de 1926, provenientes del puerto de Génova, llegaron a Buenos Aires dos jóvenes primos italianos en busca de fortuna, huyendo de las miserias que había dejado la primera guerra mundial en Europa. Se habían embarcado en la aventura de comenzar una nueva vida en América.

El puerto bonaerense hervía de actividad. Todos los días cientos de inmigrantes de todas partes del mundo desembarcaban en búsqueda de hoteles baratos e inmediatamente se ponían a buscar algún trabajo, el cual lo realizaban con mucho entusiasmo, fruto de sus evidente necesidades económicas.

Decio C. y Orlando Orlandi eran los primos italianos que habían llegado anónimamente una mañana después de un viaje azaroso por las aguas del Atlántico. Orlando era ya un adulto y debía cuidar de Decio, que era aun menor de edad.

A los pocos meses ya entendían perfectamente el español y trabajaban de obreros en fábricas. Al año, Decio se independizó y puso una surtida bodega. Poco a poco se fueron separando, se independizaron debido a las distancias de sus centros laborales y a los pocos años la comunicación era esporádica hasta que se perdieron el rastro.

Pasaron como cinco años y un día llegó un circo a Buenos Aires. Como todos los circos que llegaban a las ciudades, promocionaban su espectáculo desfilando por las calles en coloridas comparsas. Decio salió a la calle cuando escuchó la banda de música que encabezaba el desfile. Vio payasos, trapecistas, malabaristas, enanos, elefantes y sendas jaulas donde había leones, tigres de bengala y en la última, la que causaba mayor curiosidad y que era seguida por cientos de niños, había negros... pero lo que con mayor énfasis anunciaba el presentador del circo con un megáfono era el espectáculo más grandioso del que el circo se enorgullecía de anunciar. Era nada menos que “la danza de los pavos”, la cual era dirigida por el famoso domador de aves ¡Don Orlando Orlandi!

Decio paró la oreja ¿Sería su primo o era un homónimo? Decidió acudir al circo esa noche para cerciorarse. Tuvo que forcejear duro y casi trompearse para conseguir una entrada. El circo era un éxito y la famosa danza de los pavos era una atracción que nadie quería perderse.

Empezó la función. Malabaristas y trapecistas se lucían, los payasos hacían de las suyas, los elefantes pasaron acompasadamente, los tigres y leones rugían asustando a los niños, a los pobres negros los amarraban y los payasos les tiraban pasteles y pelotas de jebe ante la risotada general. La función continuaba y llegó un momento que el público comenzó a desesperar ya que lo que querían ver era la tan mentada “Danza de los pavos” ¿Cómo era posible que alguien haya logrado hacer bailar pavos? se decían todos, pues era conocido que estos son los animales más brutos que existen...

La actuación de los enanos equilibristas tuvo que ser suspendida ante el reclamo de los asistentes que pedían a coro “¡los pavos, los pavos!”

Se apagaron las luces por unos minutos, mientras el presentador anunciaba con voz grave y entusiasta que iban a apreciar el más grande espectáculo jamás visto en Argentina, “¡¡LA DANZA DE LOS PAVOS DE ORLANDO ORLANDI!!”. Se escuchó un redoble de tambor y cuando prendieron las luces el joven Don Orlando (¡el primo de Decio!) apareció con un acordeón entre sus manos y una docena de pavos que eran acarreados hacia el centro del coso con piso de aserrín. Una vez en el centro, Orlando empezó a tocar una tarantela (música italiana típica y festiva) y los pavos comenzaron a moverse levantando las patas y agitando las alas. ¡Los pavos bailaban! El público aplaudía a rabiar y los pavos seguían bailando al ritmo desenfrenado de la música que salía del acordeón de Orlando. Todo un éxito.

Cuando terminó la función, Decio fue a buscar a su primo para felicitarle por el espectáculo, contento de encontrarlo y saber que estaba triunfando en la vida y –por supuesto- con deseos de preguntarle cómo había logrado hacer bailar pavos.

El encuentro fue emotivo y después de preguntarse mutuamente un poquito sobre la vida de cada uno, vino la pregunta de rigor:

-¿Cómo hago bailar pavos? Te voy a confesar la verdad. Cuando apagan las luces colocan en el coso unas planchas calientes de calamina que cubren con aserrín; los pavos cuando ingresan allí se queman las patas y las levantan para aliviar el dolor, lo único que me queda por hacer es tocar el acordeón al ritmo que levantan sus patas. Lo más interesante de todo esto es que me estoy volviendo rico gracias a una docena de pavos que ni siquiera me cobran...

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me recuerda un poco a las aventuras que contaba mi abuelo materno que era español. El remate es perfecto para la historia, ja, ja.
Es cierto aue los pavos son muy tontos, hasta para cortejar. Parecen charapas, ja, ja, ja.

Anónimo dijo...

Hum... oye Gino, yo leí esta historia en otra parte. O ya la habías publicado en otro medio, o la plagiaste, aclara pues. Me voy a poner a buscar en dónde leí esto antes.

Gino dijo...

Bueno, Decio C. (Ceccarelli) fue mi padre y dudo que esa historia la hayas leîdo o escuchado de otra persona. Esta historia la publiquê en un diario en Iquitos hace unos 3 años, eso debe ser.
Saludos.
Gino

Anónimo dijo...

Sí, creo que antes escribías para Pro & Contra. Debe ser allí donde leí esta historia, porque de hecho que la leí antes, tal como está.

Gracias por la aclaración, ya iba a dar parte a indecopi para que fueran detrás de tus huesitos, jajajaja.