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25 julio 2008

¡CERRARON EL NOA!

Una más del informal Alcalde de Maynas que tenemos, culpable de la peor administración municipal de la historia de nuestra ciudad. La discoteca Noa, la más representativa (en la que han bailado y disfrutado cientos de miles de loretanos y visitantes por más de 12 años), aún cuando tenía un recurso ganado contra el inútil y absurdo Plan Zanahoria aplicado desde el año pasado, ha sido cerrada por la administración, en forma unilateral y arbitraria. Pro & Contra nos trae los detalles:



En un acto calificado como ilegal por el personal de la discoteca Noa, la municipalidad de Maynas clausuró la tarde de ayer dicho establecimiento de diversión. La medida que contó con la supervisión del propio gerente general de la Municipalidad de Maynas, Rafael Saavedra se dispuso, según señaló el funcionario, debido a que la discoteca Noa venía incumpliendo la ordenanza 026 que impide atender en los establecimientos de diversión pasada las 3 de la mañana. Jorge Linares, gerente del Noa Discotec, calificó la medida de ilegal. El representante de la discoteca señaló que se tomarán las acciones necesarias pero que a pesar de que se ha dispuesto el cierre del local ellos atenderán en forma normal. Por su parte el alcalde de la Provincia de Maynas, Salomón Abensur se mostró sorprendido por la resolución de Indecopi que deja sin efecto el cumplimiento de la ordenanza 026 por parte de del Noa, notificación que no habría llegado a la municipalidad. Dijo que el cierre de la discoteca se debido a que desde hace varias semanas el Noa no cumplía con el horario de atención al público.

Evidentemente, más allá de toda consideración y opinión que se pueda tener sobre el Noa o sus propietarios, la medida de por sí es abusiva, absurda y aberrante. Y un disparate más de la actual gestión municipal, que tiene además de Shaluco, a Rafael Saavedra (gerente general) como personajes tristemente célebres. Además, un pésimo negocio. Por último, es de lo más disparatado que una autoridad tenga que recurrir a crear un apagón en la ciudad con tal de silenciar a una discoteca.

Ni en Macondo.

Link: Lee la crónica de las convulsionados momentos del lío Noa-Municipalidad, según Jorge Carrillo de Pro & Contra
Foto: Iquitos News

02 septiembre 2007

BAILANDO EN EL NOA (HASTA QUE NOS BOTEN)

Es viernes, medianoche. Hace frío. Poca gente en las calles. El grifo IP de la Avenida La Marina se ha convertido en el nuevo point de la gentita en tiempos de crisis juerguera: te venden lo suficiente como para poder pasarla bien (eso sí, no prendan cigarros, nos podemos incendiar, me previene una amable empleada). Están todos los que deberían (y aquellos que no hubiéramos pensado). Usualmente bebo poco; esta noche no bebo nada (la afonía que Santa Rosita me ha traído como regalo de fin de mes no es broma). Mis amigos y los nuevos conocidos que he hecho en esta ronda empinan entusiastamente el codo con cerveza y ron-cola. Yo como marshmellows blancos y modero la vida con un Red Bull caliente (uffff).

Rápidamente llegamos a la una de la mañana y los capitanes del sabor, los salsa maniacos deciden que nos mudemos al Noa. Caballero nomás, hace bastante tiempo que no los visito. Motocarrazo, dos lucas, de frente a la que dicen sigue siendo la mejor discoteca de Iquitos (a pesar de todo). Y nuevamente me sorprendo de descubrir que aunque hayan querido volver a matarla, sigue gozando de buena salud, al menos en teoría.

Encuentro demasiados niños, demasiado aire high-school-musical, demasiado reggetón mezclado con Habacilar. Hoy es la fiesta pro-fondos de la promo del Rosa de América, me dice alguien por ahí. Hartos padres de familia cuidan a los pequeños, la paranoia de sentir que en cualquier momento entraría la tombería y los metería en canada-dry (por simplemente divertirse, sin alcohol – órdenes de la gerencia) no impide que los pasitos sandungueros se multipliquen en la pista de baile. En tanto, la gallarda onda adulto-contemporánea (no mayoría, es verdad) se arrejunta, dándole a las bebidas y esperando canciones menos teenage para lucirse.

En verdad, los minutos pasan y la pista de baile empieza a vaciarse. Sin embargo, queda gente dispuesta a pasarla bien, aunque llegue la hora señalada por la Zanahoria para que el encanto se desvanezca y empiece el toque de queda virtual. Decires aparte, el Noa sigue siendo el Noa (lo sé bien yo, que lo he amado-odiado-ignorado-promovido con empeño digno de mejor causa). Pero, la realidad es dura, más allá del oropel, la situación está jodida, hermano, me dice Besho Linares, si antes hacíamos cincuenta mil nuevos soles mensuales ahora no llegamos a los veinte mil. Antes de la ordenanza, hace medio mes, tenían como 44 empleados, ahora se han quedado con 26. La mayoría de gente que ha sobrevivido a la catástrofe han visto resignarse a que le reduzcan su sueldo (a los administradores se le han encogido en un 50%). Y asumo que eso le pasa también a gente como los dueños del Berimbau, el negro César Zarate del Níkoro, Aldo y Chabela Castillo de La Parranda, al Chato burger o al tío que vende caldo de gallina en la Fitzcarrald y ha tenido que quedarse con una ollada entera de sopa sin vender la noche anterior; gente que no le hace daño a nadie, gente que trata de servir, gente que ha atendido y ha cerrado las puertas antes que ahora insignes defensores de esta medida se vayan a sus respectivas casitas macerados de alegría y torrentes de alimentación tóxica para la sangre y el hígado (¡ah, mis hipócritas políticos de primera generación!)

Estamos cerca de las tres de la mañana y es la hora (sí, es la hora), es la hora de bailar. Lo que sea, aunque sea merengue, Xuxa o algo de Kaliente, como venga, con cariño por la música y por disfrutar sin preocupaciones, con alegría, sin gritar ni hacer escándalo, sin alcohol. Pero, uyyy, llegó el momento de la calabaza. Se despiden los dj’s, se hace un sampleo del Himno Nacional y se encienden las luces. Inmediatamente se inicia la evacuación, y claro, en un momento dado, sin que nadie se lo pida, en la calle, primerito que nadie, una ruma de cincuenta serenos, cámaras filmando, presionando, hostigando a los usuarios. Las palabrotas y comentarios negativos no se hacen esperar contra la medida. De un momento a otro entra un equipo de “cumplidores de la ley”. Un sereno torpe quiere sacar a una pareja de turistas con malas maneras. Ahí se aparece Linares para defender a los clientes. Bernardo intenta suavizar el embate de Cruela Devil - mechones níveos - y sus peleadores. La disco se ha vaciado totalmente y perdura el silencio. Los trabajadores limpian, las palabras de Linares, Bernardo y compañía con la pareja de turistas resuenan, las sugerencias, los comentarios. El Noa parece un santuario en reposo. Casi las 4.30 a.m. y en un rato más Perú disputará los cuartos de final del mundial sub 17 frente a Ghana. La noche se ha acabado pero los noctámbulos persisten. En tanto, los motocarros siguen con su ruido infernal y los ladrones hacen de las suyas en los extramuros de la ciudad. Tendremos un amanecer gris para el día de hoy.

27 abril 2007

EN LA NOCHE...

Stop. Detente un ratito, visitante estelar. Abre los ojos. Suena el grupo Calypso desde los parlantes del único carro decente estacionado enfrente del Hotel Real de Iquitos. La iluminación es mortecina, difusa, dominada por el astigmatismo. Un cigarrito, un paquete de Caribe, sin filtro, altamente contaminante y altamente barato, también, te acompaña. Unas gotas de lluvia disipadas por el vapor intenso de la noche, unas minis apretaditas que van y vienen repartiendo tarjetitas, invitaciones, pases dobles para el negocio de la carne, una, dos, tres, Bananas, Rica Fa, Gata Salvaje. Fija tu mirada en los hippies cochinos que desafían la atención de nuestras pupilas con sus bolitas saltarinas, con sus fuegos sagrados envolviendo la nada en sus imágenes, movimientos doblemente graves. El Arandú siempre es un buen lugar. El Infierno siempre es un buen lugar. Dante quiere bailar una danza salvaje con su memoria. No hay Cielo posible. No hay medias tintas.

Porque no definas la palabra “noche” sin visitar antes Iquitos. Porque no te dejes llevar por el rumor intenso de la ciudad sin antes recorrer sus pliegues, sin acomodarte sobre sus esquinas, sin codiciar antes el perfume barato de sus tentaciones. Beatriz te aconseja una larga travesía. Pero Beatriz es hincha del rouge rojo grosella-grosería. Beatriz es una diosa de piel canela, de largas piernas, de ojos como la miel más intensa que te seduce por 150 dólares en la jaula indomable del Alfil Mañoso. Beatriz es amiga de Rosa, que camina sin almas que le dicten la travesía por la vereda del estadio Max Augustin, por el Norte doloso de la calle Putumayo. No definas la palabra “pasión” sin antes recibir un beso de los labios de Rosa en el oscuro silencio de la Urba Lores, en el cemento injuriante de la Plaza Sargento Lores cayéndose a pedazos de vergüenza por la política y sus cerdos, por los periodistas y sus chacales, por los ladrones y sus mastines.

No definas la palabra “vida” sin emocionarte un segundo ante la perfección de la figura de Juanita enfundada en un topcito multicolor que dice “Life is beautiful”, mostrando un tatuaje demente debajo del ombligo y que te invita a sentarte en alguna mesa del Refugio con el aire de una mujer salvaje que le daría de cachetadas a todas esas viejas que se preocupan por el ruido y la hipocresía con el furor de sus senos perfectos. No, el Refugio no es un reflejo de esta ciudad, no es el paraíso de los infieles, tampoco el corazón de las tinieblas: es el Purgatorio que creyó ver Jean Echenoz en su novela “Al piano”; es el lugar dañino, insano, maligno que profetizó Javier Reverte en “El río de la desolación”; es más intolerable que placentero según lapidaria frase de Alberto Fuguet. Y es la Tierra del Dios del Amor, según la cojudísima frase de Raúl Vásquez.

Porque de noche no existe el amor. O supervive agobiado por el pecado, los tragamonedas y las lolitas, travestis y fletes de la Plaza de Armas. En la noche Iquitos, visitante estelar, tiene mil rostros. No sólo vive de Noa, de Berimbau o de Parranda. Es la contorneante caderita cimbreante de Ferni que busca un momento para amar y ser amado, enfundado en sus camisitas strecht, es Martín que mueve el culo como licuadora en la disco más fashion y te mira con los ojos más conmovidos de la civilización, deseando ser un bagre más que recala en el Adonis y es levantado en vilo por todos los machos del barrio. En la noche, Dana, antes conocido como Coco, se transforma totalmente, esperando el ánimo caliente de las buenas gentes, de los aspirantes a sacristanes de todas las comuniones, de las joyitas del micrófono y la maledicencia que se apearon al Spectrum, a la Luna Roja o al Alaska, que hacen su agosto en octubre en videos caletas de la prolongación Calvo u hoteles al paso en Pampachica.

Porque la noche iquiteña, compadrito de otras esferas, es así: salvaje, inmoral y abiertamente brillante. Porque es muy justo que te tomes unos tragos en el Musmuqui, que sientas el brillo intelectual y open mind, el glamour en forma de tambo del Níkoro, que te sumerjas en la decadencia amorosa de La Gota Fría, homenaje charapa a Carlos Vives y a las parejas que hacen de las suyas en el puente de madera que transita entre la Plaza Castilla y la Plaza Clavero. Porque no te olvidas nunca de chupar en el Arde Papi, en el Copacabana, porque no le haces ascos tampoco al Anubis, mucho menos al Ritmo de la Noche, que se cierra y se abre por encanto de magia. Y puedes tener a tu costilla a tu lado y sentirte un hombre de aficiones canoras en todos los karaokes de la ciudad, que no llegan a los dedos de tu mano. Comes harta grasa en el Antojitos, tomas caldo de gallina por la Alfonso Ugarte, te mandas con un chaufa con cucarachita en un chifita de la prolongación Moore, o sí no, claro está, te encargas de enrumbar al fiestón total, a la consecución del auténtico espíritu de esta selva de minifaldas envolventes.

Chapas tu carro, tu moto, tu motocarro, tomas tus setenta céntimos de nuevo sol o te loqueas a pata, nomás, y llegas al fin de la diversión, al génesis de todo esto que somos. Defines “Iquitos” con atravesar, sin necesidad de bastón, el Agricobank; abrumarte, sin necesidad de una pequeña guía, El Monte; cuando recuperas el aliento y miras atontado a tres mil almas bailando, como en un ritual de la carne, en el Complejo del CNI. Porque para esto existe Explosión, Kaliente, el nuevo Dinamita que se presenta en sociedad en el Parthenon Hotel. Porque las siluetas impresionantes de una Kameetza, de una Orquídea Salvaje, de una Shutaca te envuelven en sus brazos, en sus caderas invencibles o en el burbujeante aliento de la cerveza, mientras todas las voces impactantes, mientras todos los músicos inspirados, mientras todas las bailarinas de diminutas prendas te comen el deseo, te lo lubrican, te lo sacian, te enervan y te lo vuelven a incrustar en su exacta dimensión.

Y tienes que darte cuenta, finalmente, querido amigo, que no puedes vencer a la rueda del destino. No puedes quejarte de que puedes ir y venir tan fácilmente del Teletroca hasta Masusa, pasando por la Plaza 28 en un abrir y cerrar de párpados. Y que la pequeña cotidianidad del erotismo, de la sensualidad, del porno en vivo y directo o del amor con emoción y condón se repite en todos los hoteles, hostales, hospedajes, mataderos de esta mi ciudad natal, desde el de cinco estrellas hasta el escondido detrás del mercado de Belén. Porque la noche, visitante foráneo, doblegado aventurero de las circunstancias, le pertenece a Iquitos y a nadie más que a ella. Porque de noche tú sólo eres una anécdota más entre sus múltiples historias privadas, entre el sudor impregnado de las sábanas que alquilan por un módico precio y un determinado espacio del reloj de arena que ha detenido el tiempo a las 7.10 en la Iglesia Matriz. Si no eres capaz de sentir, de experimentar, de condensar este conocimiento en tu disco duro mental, entonces jamás de los jamases debes confesar que has vivido, sacha Neruda barato, patético aspirante a avecilla de ventana. Chau, compadre, nos vemos en el Purgatorio (Si es que antes no morimos en el intento).

Fotos: Pedro Mayor; archivo personal.

28 marzo 2007

EXPLOSION EN EL COMPLEJO



Pálidas muchedumbres me seducen;
no es sólo un instante de alegría o tristeza,
la tierra es ancha e infinita
cuando los hombres se juntan.
(Washington Delgado)

11 p.m. Contemplo movimiento inusitado. Contemplo una ciudad y una calle invadidas de candor y deseo; una calle doblegada por bocinas y sonido. Una calle y un gran espacio; un espacio totalizado por gente. Gente como la de siempre, como la de ahora, como la que mañana quitará las llaves de nuestros aposentos y heredará esta penumbra azul marina, con estrellas a su diestra. Contemplo el sábado, noche, dentro de los linderos del más alucinante espectáculo que se presenta en IQT: Explosión en el Complejo del CNI. Sí; Explosión, tocando “El negro Zarcillo” y “El viejo del sombrerón” a través de sus poderosos y ensordecedores parlantes de 25 mil watts.

*****

Me aseguraron que en esta enorme extensión de terreno, que mis gratos amigos del Comité Cívico “Todos Contra el Ruido” señalan como uno de los focos de contaminación sonora más procaces de la ciudad, se enciende el verdadero espíritu regional. Aún no me consta ninguna de dichas afirmaciones; pero creo que hay una alta dosis de sensibilidad en todo esto. Paúl Valery señalaba que la piel es lo más profundo, y eso sí me consta; harto. No he venido a ponérsela fácil, pero tampoco quiero hacerme el difícil (a mis respetables veintisiete, hay cosas que aunque quiera, ya no puedo hacer). Estoy dispuesto a amar al Complejo, pero sobre todo quiero volver a enamorarme (como la primera vez, antes de que nos hicieran pelear los problemas y los sonsonetes) de ti, Explosión de mis diversiones más inconfesables, aunque esta vez la reconciliación se disfrace de afán seudo periodístico y crónica con toques jaureguianos.

Debo trabajar –metete con cámara en mano– antes que divertirme como cualquiera de los cerca de cinco mil mortales que pueblan a esta hora las instalaciones de la minita de oro en que se ha convertido el hasta hace poco muy venido a menos Complejo. Todo en esta vida es timing, sentido de la oportunidad y los regentes de este gran local que se perdía en la bruma nocturna tuvieron la espectacular decisión de garantizarle exclusividad al grupo cuando el Agricobank decidió, en una incompresible y mortal movida económica, que compartiese cartel con Kaliente. Malísima idea. Los resultados, como todos ustedes saben, son más que evidentes: El Agrico ha pasado a mejor vida y el Complejo, bueno, se entregó de piernas abiertas a los ídolos de IQT. Ahora anda con la barriga llena y el corazón muy contento, ¡sí señor!.

Por sea el caso, Explosión, con más de seis años en el ambiente musical, es obra de la mente alocada y emprendedora de Raúl Flores Chávez, su propietario y gerente. Antes del torbellino, Flores era accionista del grupo Euforia (sí, el que llevó a la fama y a la desgracia a Ruth Karina y Anita Kholer, hoy retiradas amas de casa sin oficio ni beneficio), hasta que se dio cuenta que las cosas no podían seguir con ese ritmo tan lerdo. Él siempre quiso ser el muñeco de la torta, el que manejara todo: no podía permitir ser el segundo, menos el tercero. Lo liquidaron de una empresa petrolera y ese dinero –nada despreciable- lo invirtió en comprar aparatos y conseguir el material humano para la empresa más rentable de Loreto. Digamos que no le ha ido nada mal.

Claro, Flores sabe lo que hace y sabe que es admirado, envidiado y secretamente detestado por un considerable número de ciudadanos. A mí no termina de convencerme aún sus disfuerzos de todopoderoso, cuando ordena, a través de vales que llevan su firma –de docenas en docenas- las cervezas que los paracaidistas solicitan con mucha fruición. A Flores se le regalan con lacito y todo niñas y mujeres, que buscan su plata y sus conexiones. Sin embargo, nadie puede negar que este hombre, que tiene la filosofía muy clara de que Explosión está a su servicio para ganar plata (en una noche tela puede recaudar, líquido, más de diez mil soles en una performance del grupo) es alguien que no se anda con rodeos y sabe lo que le gusta a la gente. Dejando de lado las hipocresías (y los modales de dictador de banana republic), Raúl Flores podría ser hasta el estandarte del empresario exitoso y visionario que tanta falta hace en esta región.

Evidentemente, su mérito es haber transformado el muladar en un sitio donde se divierten todos, sin excepción (aún cuando los problemas de excesivo ruido son evidentes, a pesar de los loables esfuerzos que se han hecho por amainarlo). Gracias a una fuerte inversión (que va más allá del costo del alquiler por los fines de semana, pues incluye también la remodelación de ambientes como servicios higiénicos, camerinos, estacionamiento), ha puesto al Complejo nipilita, listo para competir y desbancar a cualquier posible atisbo de competencia. Por ejemplo, es posible que el Noa Discotec vaya a quebrar debido a que no puede sostenerse frente al pulpo explosivo quitándole todos los clientes posibles, entre ellos varios insoportables que se creen toda esa estupidez de la movida “fashion” (A propósito, éste es un dato freak para el columnista de Conexión: si quieres seguir teniendo éxito con la “gentita”, vete a reportear donde la arena y la chela de tres por diez soles hacen brutal combinación. Vas a encontrar a todos esos angurrientos en fila, puestecitos y bailando como expertos los pasos del Gavilán).

Sí pues, Explosión puede preciarse de ser, actualmente, el símbolo que aglutina a todos los loretanos (o a casi todos, que no es lo mismo, pero es igual, parafraseado una canción de Silvio Rodríguez). Por eso todos hacen lo posible por llegar, a pie, en micro, motocarro, moto o autos último modelo. Explosión es el consenso y el termómetro de la movida social más fuerte de IQT. La ciudad no puede vivir sin la agrupación, porque precisamente ella le inyecta vida, alegría, fuerza y energía, les juro por mi mamacita que es verdad. Tanto que yo mismo me quedo aturdido con semejante revelación. Sin embargo, cuando te atrapa la música y el derroche de carisma, cuando quedas a merced del talento de los músicos, cuando te atrapan las bellas voces de las cantantes, cuando se incrusta en tu adrenalina la improvisación de los showmen, cuando penetra en tus ojos el último rincón de las diminutas prendas de las bailarinas, entonces no hay pero que valga. Simplemente disfrutas, con una liviandad y una pasión contagiantes. La vida tiene sentido cuando, irónicamente, el grupo toca una canción tan desprovista de sentido –al menos literal– como “el amor es así, como viene se va, a veces te hace feliz, a veces te hace llorar”. Y sudas y tahuampeas como buenazo.

Obviamente, nada de esto podría ser posible sin la presencia del grupo humano que, noche y día, se prepara para alegrar al respetable. Ahí están pues, siempre prestos, al pie del cañón, los encargados de poner el sabor, de repartir las entradas gratis entre amigos y gente que les cae bien, sobre todo de recibir y publicar los pedidos de saludos a través de los micrófonos (Últimamente, recibir saludos de Explosión en el Complejo se ha convertido uno de los símbolos de status más importantes en esta ciudad. Aquella noche, digo, sin falsas modestias, que recibí tres. Se agradece el gesto, por supuesto). Ahí están, entre otros, “Papo” Torres, animador inspirado; el chato David Núñez, compositor estrella del grupo; el siempre sonriente director musical Eduardo Aguilar, más conocido como el “Negro Colao”; así como el peluconcito Omar Santos, experto en menear los mechones de su pelo negro crespo y entonar con gallarda simpatía los acordes de “Corazón de piedra” y “Más que un amigo”.

Sin embargo, Explosión no existiría sin las Divas, con “D” mayúscula. El binomio de oro. El dúo dinámico. Las chicas dinamita: Ofelia Chávez y Betina Alván. Ellas decretan las leyes del deseo y seguramente son las chicas más queridas y admiradas por estos lares. No es para menos. Betina, en su motito setenta, con su cabellera negra larguísima y sus zapatotes taco aguja, rozando la veintena y tantos añitos, posee una simpatía y una voz impresionantes, tanto que los exagerados la han comparado con la malograda cantante tex-mex Selena Quintanilla. No, pues, diría yo; Betina es única en su género, aunque cuando canta el mix selenino, uno hasta se cree que no está en una fiesta charapa sino en un corrido charro en la frontera gringa. Sin duda alguna, Betina derrite con su sonrisa, tanto que este columnista se declara desde este instante su fan más entusiasta y militante.

Ofelia Chávez, más aquietada, es la reina y señora indiscutida de la canción. Tiene más de quince años en el oficio y se ha ganado, con justicia, el cetro que encarna en todos lados a donde va. Es fundadora del grupo y sus espectaculares piernotas destacan, además de ese porte de mujer hecha y derecha, de voz impactante que lo mismo te puede hacer los coros o la voz de “El Puli”, del hombre mentiroso, de las pandilladas o el “Toma que toma”; yo tengo un novio/ que me lleva al bahía/ que me dice vida mía/ que me dice qué calor...Ofelia está para cosas mayores, tanto que si algún día –Dios no lo quiera- se va del grupo, éste se cae inmediatamente. Nunca te mueras, reina Ofelia.

Pero, ojo; Explosión no se mueve sin las extraordinarias caderas de las bailarinas, las mujeres más apetecibles de la ciudad. No creo que algún hombre en este terruño no haya deseado, siquiera un segundo, poseer esos cuerpecitos imperfectos pero a la vez tan ricotones. Son mujeres- objeto, lo saben bien ellas mismas, pero en todo caso tiran pa’lante y no se hacen paltas. Una bailarina en Explosión gana poquitísimo (igual los músicos), tanto que uno viendo las ganancias de los propietarios tiene ganas de increparles su tacañería. Sin embargo, aunque alguna de las chicas a veces es acompañada por su mamá durante toda la noche, que la lleva y la trae, estas diosas del cumbiambeo tienen enamorados de plata que las recogen del Complejo y se pavonean con ellas, mientras las licuadoras siete velocidades se encargan de recibir lo que piden. Leyes del mercado, que le dicen. Sin embargo, yo sigo creyendo en ellas, las de ahora y de ayer, por ello nombro sin pudor a las mejores: Keyla García, Alise Vela, Yesenia Pérez (mi favorita), Karen Brito y Jazmín López. Algunas ya no están, sin embargo, siguen en el recuerdo y en la mente de todos los danzantes nocturnos de IQT.

Explosión genera toda una industria, tanto dentro del Complejo como fuera de él. Todo lo que toca, como el rey Salomón, se convierte en dorado (Me comentan por acá que una promoción escolar, en una noche gloriosa, logró recaudar más de 26 mil soles líquidos, gracias a su asociación inmediata con el grupo de moda) Los negocios de comida, los motocarros que dupletean con sus máquinas infernales, además de los nunca bien ponderados hospedajes (entre ellos la cadena especial de telos La Sombra, uno y dos, de mi gran amigo Alfio Reátegui, ahí nomás, a la vueltita del Complejo; con una atención de primera, por cierto) son una de las consecuencias inmediatas del clímax calenturiento, sudoroso, chelero y súper buena onda de la gran fiesta, el gran bonetón, la parranda inolvidable. La noche charapa tiene su encanto, definitivamente. Es cuestión de acoplarse a sus extraordinarios hechizos (¡Provecho!).

*****

4.45 a.m. Domingo. Embriagado de luces, sudor y alegría, procedo a darle la despedida a esta mole maciza cargada de emoción y aullidos. Entre gente de todas las edades, colores y condición social, de todos los aspectos y todas las cantidades de alcohol en el torrente sanguíneo, escucho los acordes del “Sentimiento Andino”, la melodía sinfónica que cierra la presentación de Explosión en el Complejo del CNI. Agradecido, envío un beso mental para aquella persona que me convenció de volver y deleitarme con tantas y tantas bonitas cosas que acoge IQT. Los últimos ecos anuncian que mañana es otro día, otra historia, otro trayecto marcado. Explosión es la culpable de este sentimiento, de este momento inolvidable que nos llena de orgullo. Orgullo amazónico, cómo no.

Setiembre 2004

(*) Extractos de crónica sobre la noche popular loretana, parte del libro Historia Personal de IQT, de próxima aparición en el mercado.