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05 mayo 2008

PARA ENTENDER LA HISTORIA AMAZONICA


En la historia de la Amazonía loretana, ha habido más de algunas defecciones, varios acontecimientos olvidados, un espacio para la duda, otro para el desconocimiento y un gran archipiélago para el contrabando. De todas las derrotas que nos hemos infligido, aquella en que hemos perdido nuestro manejo del pasado y su comprensión es posiblemente una de las más duraderas y nefastas.

En este itinerario de versiones múltiples, de acomodos improvisados y de ignorancia adornada con barroquismo retórico, la Amazonía ha sido portadora de un espacio que no ha sido enteramente suyo. Como en todo itinerario de esta especie, en la cual no existen historiadores, sino dateros, donde no existen cronistas, sino curas calenturientos y aventureros de la sintaxis, la historia se ha escrito mal, no se ha escrito, o se ha escrito para contentar a quienes siempre han cortado el jamón. El centralismo nos ha aplastado la cabeza con su discurso hegemónico. El gran descubrimiento de las fuentes ha sido trabajo unilateral. El poderoso ha escrito – o mandado a escribir a lambiscones que se juran intelectuales y solo han sido dechado de cortesanías dignas de mejor causa – las noticias de la prensa. Los hechos se han modificado de acuerdo al gusto del gobernante de turno. Hay una mejor recopilación de columnas sociales que de los periódicos de antaño (que, a su vez, son solo una sábana de chismes insidiosos, saludos a los amigos y publicidad deplorable).

Porque solo en el Perú se le explica a los niños de los pueblos originarios – en castellano, además – que el Perú es unitario y descentralista cuando su héroe mayor es un señor de apellido italiano que perdió una guerra. O que la guerra con el Ecuador ha encumbrado en gloria solo al señor Abelardo Quiñones. En tanto, colocamos como héroes de la patria loretana a la señora Rosa Panduro (pobre) y a Samarén, a quien se lo creó en una cabina radial, con afiebrado dramatismo, con profusión de datos inciertos, para contento de los militarotes velasquistas que detentaban el poder de la tierra con la frasecita cliché “el patrón no comerá más de tu pobreza”.

Y en verdad, la historia está incompleta o nadie se ha tomado el trabajo de analizarla a fondo. ¿Cuándo es la fecha cierta de la fundación de Iquitos? ¿Mediados del siglo XVIII, cuando se asentaron los colonizadores religiosos? ¿Cuando llegaron los buques que envió Castilla, en 1864? ¿Cuándo al señor Navarro Cáuper se le ocurrió escribirlo? ¿Cuando un grupo de regidores lo decidió, por mayoría de votos y a mano alzada con tal de organizar una rociada celebración? ¿Cuán cierto es que le hemos dado fuerza a la historia de los pobladores conibo y tupi-guaraní antes que a la realidad de Nazca y Tiwanakú? ¿La expedición de Orellana, el descubrimiento del río Amazonas, la búsqueda de El Dorado fueron tan paradisiacas y épicas como lo cuentan los viajeros? ¿Por qué los viajes de los curas españoles en la búsqueda de nuevos fieles en la selva son nobles? ¿Por qué no existen indígenas importantes en ellas? ¿Por qué existe tan poco archivo sobre el periodo amazónico luego de la independencia del Perú? ¿Por qué el ciclo cauchero es un periodo solo bueno o solo malo, de acuerdo a quien lo cuenta o relata? ¿El genocidio del Putumayo debería ser analizado de modo más objetivo? ¿Julio C. Arana es en realidad un canalla o más bien un patriota? ¿Verdaderamente es vital contar la vida de Fernando Lores Tenazoa antes que las gestas de del coronel Emilio Vizcarra, de Cervantes, de Hildebrando Tejedo o del General Merino. ¿Nos seguimos callando, de cara al país, la traición del gobierno de Leguía en lo del tratado Salomón Lozano y seguimos hablando de la toma de Leticia como un “casi casi”? ¿Hablaremos alguna vez con tanta profusión de la década perdida de los cuarenta del siglo XX? ¿Habrá conciencia real de que la hegemonía petrolera también incluyó posteriormente el boom del narcotráfico? ¿Los narcotraficantes se convertirán en héroes y dirigentes inmarcesibles para la historia oficial? ¿Cómo queda lo de octubre de 1998? ¿Cómo una oportunidad para la paz o como una página de oprobio para Loreto? ¿Existirá alguien que crea que el nuevo boom cultural loretano es digno de ser retratado en las polvorientas páginas de los libros que cuentan la cronología de nuestros pueblos? ¿Cuándo será importante explicar la dimensión mística, el universo paralelo-mágico amazónico, las cosmogonías indígenas, la espiritualidad amazónica, la tradición oral o el chamanismo como fuentes de primerísimo nivel? Así, tantas y tantas preguntas más.

Desde mi modesto punto de vista, dos espacios, cercanos y lejanos en el tiempo y la distancia, reproducen los itinerarios del nacimiento y devenir de la Amazonía. Por un lado, el relato puntilloso de la realidad, a través de la experiencia material; y aquél otro, mucho más importante, que engarza los mitológicos territorios en un manto espiritual que forma la tradición más importante de las nuestras pequeñas y particulares historias colectivas. Y eso también habla de integrarnos, a la provincia, a las realidades de los pueblos importantes, al contacto novedoso y desprejuiciado con lo indígena, a la objetividad, aunque no sea necesariamente lo que nos enaltezca, pero al menos nos permita entendernos, reflejarnos y aprender. La historia sirve para encarar el futuro y no para promocionar embustes particulares.

Menuda tarea, pues, les espera a los historiadores y a quienes fungen alegremente de tales, para contarnos la verdadera historia de la Amazonía.

15 noviembre 2007

¿UN GENOCIDA MERECE UNA CALLE?

Vía el blog de Nila Vigil, investigadora, esta foto tomada en la ciudad de Yurimaguas, que muestra una de sus calles principales adornada con el nombre del tristemente célebre Julio C. Arana:



De alguna manera, en el post de Nila se vuelve a plantear la gran polémica sobre la barbarie de los caucheros contra los indígenas amazónicos durante finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Es decir, el caso de Arana, regente de la famosa Casa Arana, poderoso emporio extractor del llamado "oro negro". Uno de los temas más importante es el famoso Proceso del Putumayo, que hace poco cumplió un siglo de haber sido puesto a la luz.

Cómo es posible que una de las cabezas visibles de un genocidio étnico, que, según el Juez Carlos A. Valcárcel,autor de El proceso del Putumayo y sus secretos inauditos (Colección Monumenta Amazónica, CETA, 2004), pudo haber causado la muerte de unos doce mil personas, tenga un poder tan fuerte, es algo que aún queda en la duda. Y claro, Arana es parte también de una estirpe en la que se incluye a Carlos Fermin Fitzcarrald, considerado aún más sanguinario que su contemporáneo. Tanto Arana como Fitzcarrald tienen sendas calles que llevan su nombre en Iquitos.

Arana tiene simpatizantes o gente "comprensiva" con su prédica. Uno de ellos es nuestro amigo y dirigente aprista Moisés Panduro, quien le dedica sentidas líneas al personaje en cuestión. Obviamente, la inmensa mayoría cree en la negativa actitud de Arana y se han hecho fuertes las demandas para que cambien el nombre de dichas calles, algo que fue considerado hace poco por algunas autoridades en la reciente conmemoración del centenario de los crímenes. En todo caso, todo quedó en stand by y hasta el momento sigue durmiendo el sueño de los justos.

El debate, en todo caso, recién comienza.

06 mayo 2007

JUAN PABLO II ERA CHARAPA

5 de febrero de 1985. Aquel domingo, el clima amaneció cambiante. Las señales que asumían un día soleado y caluroso eran constantemente sacudidas por pequeños nubarrones rebeldes, corroboradas además por el irregular SENAMHI. Fechas anteriores, el trópico nos había destinado temporales abrumadores que a, muchos, incluyendo la Comisión organizadora de la visita del alto dignatario, no les producían mayores entusiasmos. Juan Pablo II debía llegar a Iquitos sin lluvias, era la consigna entre los miles de fieles que se aprestaban a dirigirse al aeropuerto internacional Francisco Secada Vignetta, especialmente acondicionado para la ocasión.

El sábado, la ciudad ya casi se había paralizado. Las múltiples delegaciones encargadas de tener a su cargo las actividades papales ultimaban detalles. Tanto el Alcalde Rony Valera Suárez, como el reverendo Padre Joaquín García, presidente del Comité Organizador de la Visita Papal, agotaban recursos a fin de que los más imperceptibles apéndices del programa fueran realizados. Decenas de otras autoridades, civiles, militares o eclesiásticas, aportaban en variada medida con este esfuerzo común. A las siete de la noche, la Iglesia Matriz, catedral de la ciudad, fue escenario de una inusual multitud que asistía a la misa de víspera. La gente, regular en tiempos normales, se convirtió en una muchedumbre. Aún estábamos en 1985.

El Comité de Coordinación de la Visita Papal era un esfuerzo común, que aglutinaba a 8 comisiones subordinadas y cuya cabeza visible era el Padre García. Desde el 25 de noviembre de 1984, en que se confirmó el viaje, el ritmo frenético de este grupo humano (que integraron, además, gentes como José María Arroyo, Enrique Bouroncle, Aurelio Tang, Carlos Loli, Carmen Noriega, James Beuzeville, Lucho Luna, Néstor Ruiz, Augusto Falconí, Igor Calvo, Ida Casanova, Máximo García, Jorge Arévalo, Bibiana Daigle, entre otros) fue creciendo hasta hacerse una causa local, que fue apoyada sin dudas ni contemplaciones.

Los voluntarios habían desbordado la capacidad organizativa. La curia era presa de una emoción sin límites, al igual que cada uno de los loretanos, en mayor o menor medida, la cual se había hecho patente cuando se colocó la ofrenda de Iquitos a Su Santidad: una enorme cruz de palisangre, tallada y barnizada en el Varillal, que se apostó al frente mismo del estrado papal, colocado en las afueras del aeropuerto y confeccionado en forma de un tambo, con techo de hojas y troncos de árboles, además cubiertas con tejidos y una suerte de llanchamas, bordadas y pintadas según los ritos tradicionales indígenas, donde predominaban el blanco y el amarillo, colores oficiales del Vaticano.

Aquella mañana, mi padre había salido muy temprano hacia los centros de salud apostados en las afueras del gran campo papal. Se esperaba una amplia cantidad de gente, muchas aglomeraciones y, por ende, un gran número de problemas cardiacos, descompresiones, sofocos y eventuales desmayos. Poco a poco, el rugiente y hierático león que daba la bienvenida - o despedida - de esta ciudad (homenaje del Rotary Club) fue mudo testigo de la gente llegando en carros, motos, micros, en taxis, en los flamantes motocarros que se habían puesto de moda no hacía mucho tiempo atrás, o simplemente a pie. Un buen grupo de ancianos, lisiados, tullidos, discapacitados se aglomeraban en busca de un lugar más adecuado para ver, sentir o simplemente escuchar al “hombre más santo de la Tierra”. Al mediodía, los cálculos eran simplemente atronadores: más de 200 mil almas, apiñadas unas a otras, entonando cánticos, dando alabanzas, coreando lemas alusivos, a pesar de los goterones que empezaban a caer desde el cielo. El pedido era unánime en el sentido que Diosito no hiciera que le pasara nada al avión del Papa.

Allí estaban todos. Pobladores que representaban a las más de 72 familias lingüísticas, de todos los rincones de la Selva, algunos que habían tenido que hacer travesías de una semana, de diez días para estar cerca del Pontífice. Habían aguarunas, secoyas, kichwas, cocamas-cocamillas, campesinos llegados de Ucayali. Hombres, mujeres, niños, ancianos. Estaban todos los sacerdotes importantes de la ciudad, así como los 16 hermanos, las 182 religiosas y 46 laicos misioneros que desplegaban su actividad en estas tierras amazónicas. Estaba el padre Joaquín, obviamente, al pie del cañón, estaban también Silvino Treceño, Luis Rodríguez de Lucas, Paco García, Luis Silvano. Maurilio Bernardo Paniagua tenía la misión de entregarle a Juan Pablo II una estola confeccionada por nativos aguarunas, la cual iba a ser usada durante toda la ceremonia eucarística. Estaban todos, a la espera del enorme avión de la Fuerza Aérea del Perú cedido por el gobierno de Fernando Belaúnde para el transporte de Juan Pablo II.

Pasado el mediodía, los primeros extractos de la nave se divisaron, plateados e imponentes, en el aeropuerto internacional. La multitud empezó a gritar emocionada, a entonar canciones, a dar vivas al Salvador. Los coros de música siguieron perfectamente los acordes del “Bienvenidos, señores, a Iquitos”. La expectativa era grande. Rony Valera, en impecable guayabera de tonos claros, junto a su cuerpo de regidores, se dispuso a dar la bienvenida al visitante. La puerta del avión que ya había aterrizado se abrió y desde ahí Juan Pablo, sonriente, dando la espalda al Cardenal Juan Landázuri Ricketts y, más atrás, al obispo Gabino Peral de la Torre, levantó la mano en señal de saludo. Bajó lentamente la escalerilla y besó el suelo iquiteño. Valera le entregó las llaves de la ciudad. La algarabía en los exteriores del aeropuerto era impresionante.

Y el Papa, rompiendo el protocolo, se dedicó a saludar a todos los que le estrechaban las manos y le brindaban sonrisas. La multitud coreaba “Hosanna es el que viene, en nombre del Señor”. Raudo, al lado de Monseñor Gabino Peral y Rony Valera, el Papa apareció en el estrado. El amor entre la multitud y Juan Pablo II fue instantáneo. "Haced discípulos a todas las gentes".

Durante todo el discurso, Juan Pablo II, habló de “esta inmensa y exuberante selva amazónica, surcada por los grandes ríos que se adentran en varios países”, esta pequeña ciudad que en ese entonces no pasaba de las trescientas mil personas. Habló del ejemplo de los niños, como Cristo nació en Belén, en un simbolismo evidente con el destino de la más importante barriada de Iquitos. Señaló los sufrimientos de este pueblo que, agradecido, le extendía su calor en las palabras de bienvenida del nativo Florentino Noteno. En un acto audaz y decisivo, el Papa pidió titulaciones nativas para las tierras en donde habitaban los indígenas, lo cual no dejó de admirar, porque lo dijo con tanta autoridad moral que nadie osó arquear siquiera las cejas. La multitud seguía cantando y pronunciado vítores y estribillos. El Papa les solicitó a ser discípulos de Cristo y llevar el Evangelio a los rincones más recónditos de esta Amazonía.

La fiesta era desbordante. La complicidad del Papa con el pueblo se tradujo en varios momentos que se salieron del discurso oficial, a fin de testimoniar aquella frase que pronunció antes del viaje, ante las dudas de Roma para que visitara Iquitos: “Sin Selva nada. Con Selva, todo”. Obviamente era el momento de la partida, así que se permitió citar un versículo de Mateo 28, 20: "Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Las doscientas mil almas no lo dejaron ir tan rápidamente.

Bendecía la cruz de palisangre, cuando la gente, al unísono, empezó a corear instantáneamente "¡que se quede!, ¡que se quede!, ¡que se quede!". Sería muy hermoso quedarme aquí, sería quizás demasiado bien, señaló Juan Pablo, obviamente emocionado. Me quedo sin quedarme. Se llevó a todo Iquitos a Roma “porque sois todos de la misma familia, de la misma Iglesia católica romana”. Entonces, como esos momentos que sólo suceden en el momento mágico de la improvisación, el Papa, escuchó una palabrita, pregunto por ella, sonrío animadamente al enterarse de su significado y la pronunció, límpida, clara, pertinentemente. Quiero deciros también que el Papa se siente charapa. La multitud se vino abajo ante tanta feliz conmoción.

- "¡Que viva el Papa que también es charapa!".

- Sí, muy bien, el Papa
se siente charapa; vosotros sentíos romanos, católicos, cristianos. Muy bien,
muy bien. Una propuesta muy, muy hermosa.

- “¡Quédate con nosotros,
quédate con nosotros, quédate con nosotros..."

- “¡Cómo son buenos!
¡...Llevad a todos, llevad mis deseos, mi bendición; como los peruanos son muy
deseosos de la bendición... entonces dejad, dejad todos esta bendición para
todos, todos para todos. Muchas gracias, muchas gracias. Cristo está presente
con todos vosotros. Esté presente siempre con todos vosotros. Muchas gracias por
esta acogida!.”


Brillante en un extremo inusual, el sol se hizo presente, dando su homenaje final al Santo Padre. La multitud entonaba “Pescador de hombres”. Lentamente, Juan Pablo II fue acercándose a la puerta, al cual trasponiéndola, esperaba el avión, el último avión de su primera gira pastoral por el Perú. Sonriente, humilde, emocionado, coronado y repleto de regalos y muestras de estima y gratitud, aún podía escuchar los acordes de la multitud...”Señor, me has mirado a los ojos, sonriente has dicho mi nombre, en la arena he dejado mi barca, junto a ti, buscaré otro mar”. El alcalde, el Cardenal Landázuri, el Primer Ministro de Belaúnde lo despidieron en la escalinata. Su Santidad volteó, miró por última vez el Aeropuerto emocionado, sonriente, lagrimeando de emoción, y supo que ésta vez había sido una buena visita, una gran visita. La portezuela del avión se cerró, se inició el ascenso y pronto, cono destino a Trinidad Tobago, fue subiendo al aire, a los cielos; a las celestes e infinitas alturas del Reino.