15 junio 2008

Mitología



Algunas veces hemos observado el alba con el cuerpo intoxicado y el corazón roto. Frente a nosotros, sufriendo con nuestra desdicha o nuestra frustración, bebiendo silenciosamente el violáceo sabor de las lágrimas, intentando consolarnos con su silencio, cubriéndonos con sus brazos del rocío y la mala noche, invisible, la mitología vigila estática nuestros actos, en espera que nos levantemos y abandonemos el Malecón con destino a casa.

Algunas veces, en el mayor de los abismos, en el preciso instante de la derrota, alguien nos brinda una mano y esboza una sonrisa, transformando decisiones inapelables en cobardías de gatillo atenuado. En la noche, cuando encendemos la luz y volvemos a apagarla porque no hemos encontrado más que platos sucios, trapos viejos y una obscena soledad, sin embargo, un par de ojos enrojecidos proyectan nuestra perspectiva y acompañan la perpetua procesión de nuestras almas.

Algunas veces hemos odiado demasiado y corremos a la plaza a rumiar nuestra furia, buscando componer la sociedad, pensando seriamente empuñar el fusil, la pluma o el rosario y embarcarnos en un duelo desigual contra los molinos de viento. Preferimos ser flacos que famosos, preferimos la guerra y el espanto, las tardes de violencia frente a nuestros cuerpos mojados por la lluvia. A veces resuena tan fuerte el silencio (EAW, dixit).

Algunas veces nos hemos descubierto inocentes en un mundo de seres de rostro cetrino y andar resignado. Algunas veces desaparecen las máscaras y la verdad puede ser absolutamente abrumadora. ¿Dónde, en qué cementerio del cielo yacen las verdaderas palabras de los amantes cuando dejan de amarse? (Norman Mailer). Hemos creído que fingiendo en una cabina de Internet logramos despistar al loco conductor de nuestro destino. Mientras tanto, el único que sabe lo que pasa es quien, desde las alturas, bate incesantemente sus alas raídas.

Algunas veces hemos controlado nuestra vida, nuestros instintos, nuestra inteligencia, nuestro dinero, nuestro poder, nuestro egoísmo, nuestra ambición, nuestros deseos, incluso nuestra propia muerte. Incluso hemos controlado la piel, que para Paul Valery es lo más profundo que existe. Lo que no hemos podido controlar, aunque mucho nos temamos, es el asomo de seres de excepcional tersura que cuidan nuestros pasos, transforman nuestras miserias en lecciones permanentes, tornan sus ojos en paraje por el cual ingresamos al mundo de los sentidos que, a pesar de años de poesía y locos suicidas de amor, sigue siendo el territorio más – adecuadamente- inexplorado de nuestros vericuetos.

Uno intuye la fantasía, la medita, la busca a tientas, pero generalmente no se da cuenta de su presencia hasta que ha cesado en la utopía, hasta que ha encontrado la “liberación total” de que hablaba Schopenhuer, con la misión cumplida guardada en su vieja mochila de recuerdos escolares. Aparecen en el momento menos pensado y de pronto uno no puede dejar de observar su aura y su bondad impregnadas en la memoria. Uno los adopta y les pone barrotes dentro de su corazón, pero no se da cuenta cuán imprescindibles pueden llegar a ser sólo hasta que el reloj de cristal marca la medianoche y frente a una autopista recién inaugurada, con los primeros brotes de la alegría, se esfuman sin mediar palabra. Quedan en nuestras manos el vahído de su delicioso perfume. Una música que sale de una discoteca de moda es el preludio de la nostalgia que sentimos por su estela.

Hay ángeles de cara sucia y mejillas ásperas. Hay quienes han caminado por los desiertos toda su vida y nunca llegaron a ninguna parte. Los hay con trajes costosos y oliendo a Hugo Boss, que obsequian billetes sinceros. También existen aquellos que duermen con siete perros callejeros en medio de un muladar, enfermos y pobres, pensando en la hija ausente que su locura no pudo arrebatarle al mar. Los hay de aquellos que se sientan en una banca de la Plaza de Armas y ven pasar el mundo, mientras anotan en una libreta palabras y consejos para dejar de llorar. Los hay quienes recorren el mundo matando canallas con su cañón del futuro. Los hay quienes llegan a mediodía a casa, cansados, pero con el alimento suficiente para dar de comer a los críos. Los hay quienes echan las redes y descubren el milagro de la multiplicación de los peces. Hay quienes peregrinan durante la época de peste y hambruna, curando la lepra y aliviando la malaria. Hay quienes nos inspiran con versos, melodías e imágenes. Y sobre todo hay quienes dan la vida después de haber luchado toda una vida ("los imprescindibles", como diría Bertolt Brecht.)

Los ángeles han demostrado que pueden estar en cualquier parte, pero para mirarlos, al estilo de Saint Exupery, es necesario obviar los ojos y potenciar el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos. En esta noche, este mundo. El fuego, el amor, el silencio.

Pronto entendí ello. Y me proyecté a este epílogo. Cuando el atardecer haya invadido con sus mortecinos rayos solares las bancas del bulevar y entonces sepamos que estamos prontos para la despedida, llegaré raudo al lugar, a pesar de mi vejez prematura y mi astigmatismo galopante. Cosa rara, no llevaré anteojos, no los necesitaré, pues para ver la dimensión de la belleza no necesito los ojos. Me colocaré frente a frente con el Amazonas y con la agonía del día. Esperaré paciente, con los brazos cruzados, mientras el lugar se vacía de niños y puebla de penumbras. Algunos acordes de un saxo bailaran en mi mente. Entonces, a lo lejos, como flotando, alguien, un rostro conocido, correrá en medio del cemento, moviendo las manos, trayendo noticias frescas del Imperio. Se acercará a mí, que intuyo borrosamente el final de esta historia, me mostrará sus dientes perfectos y blanquísimos, pondrá su boca cerca de mi oído y hablará con voz susurrante.

Entonces seguirá acercándose a todos los que lo puedan escuchar y esparcirá una vez más la buena nueva. Ahora lo veré alejarse en medio de la noche y tomar rumbo Sur. Desaparecerá. Yo me quitaré los anteojos y veré que el sol ya no se divisa más en el horizonte. En su lugar, la noche se habrá inundado de estrellas brillantes y titilantes, la luna más plateada que nunca reclamará su espacio ancestral. Esbozaré una pequeña sonrisa, recordaré dulcemente todo lo bueno y también lo malo de los tiempos del cólera. Pensaré que aún tenemos esperanza, a pesar de mi proverbial pesimismo, que la vida prosigue dentro de los confines infinitos de la mente y la fantasía. Caminaré rumbo a algún bar donde pueda brindar por la victoria. Allí empezará y terminará el deseo. Allí atracarán los amigos, las manos extendidas y la biología. Allí nacerán cientos de sentimientos rasgados por el destino. El kilómetro cero; el Infernus; la nada; mi país. Mi universo.

El ángel que me cuida ha cumplido su misión y su presencia se hace innecesaria. Desaparecerá tal como vino, como un suspiro, reafirmando que esa es la naturaleza de su amor. Pronto habrá alguien más que seguir cuidando. Enfrente, un muro blanco acribillado con salvaje poesía desatará los fantasmas, el asco, las gargantas afónicas, el delirio, los héroes y los villanos del último año del resto de nuestras vidas.

Una hoja es el vicio, dos hojas son un árbol
Todas las hojas son, apenas, una mujer
(Álvaro Mutis)

Toda persona es un secreto y a los secretos no se les puede juzgar.


(*) Aquí un oldie, del 2004, que me han pedido volver a publicar. Por los tiempos aquellos. Acompañar, por favor, con música de Fiona Apple, mi querida mejor-amiga-musical.

Huecos (parte tres)


El Refugio. Con orgullo propio – también ajeno – fue rebautizado como “El paraíso de los infieles”. El reino festivo de Moronacocha. Combina la estética de bar portuario, el bailódromo con pista de tierra y aroma de creolina, la decoración abigarrada, colorida y la espesa niebla de la bombilla roja, que permite que todas las mujeres ejerzan su metamorfosis ideal: ahora panteras desatadas, lycras ceñidas sobre los rollitos extras, tetas-poto-cadera XL y la genial ausencia de los compromisos formales. Aquí no hay firmes, amorcitos ni ñoris. Apenas un río de alcohol que se macera con la cumbia de moda y el olor de perfume barato. El resto, corre por cuenta de su billetera y su capacidad, caballero. Si por ventura de la mala suerte, la que maneja el título de oficial ha descubierto su plancito, no se preocupe: hay una salida especial, una puerta falsa, que los transporta a usted y a su trampa hacia un paraje deshabitado, recargado de hierba mala y sonidos extraños, donde la fuga le será más propicia y manejable. Todo sea en nombre de la cacería.

Urba Lores. Denominación coloquial que refiere a la clásica urbanización Sargento Lores, uno de los focos más especiales del centro de Iquitos. Siempre tuve una particular predilección por sus recovecos, sus jardines, sus casitas de juguete, pequeñitas, modositas, además, era el primer adelanto de lo que se podría esperar de una sociedad urbanizada (algo que finalmente, no sucedió y dudo suceda en muchísimo tiempo). Las noches eran su espacio ideal: silencioso, levemente iluminado, cargado de claroscuros – especial para el mano a mano y la declaración de amores - con sus recovecos que serpenteaban en medio de plantas dignísimas y señoriales, y desembocaban en aquel lugar donde las hermanas Reátegui eran reinas indiscutibles (la gente de mi generación no me dejará mentir). Alguna vez será - siempre – todas las veces.

Zona baja de Belén. No creo que haya alguno que haya dicho algo sobre la zona baja de Belén. Pequeños canales de tierra, que se transforman en surcos acuáticos cuando llega la creciente. Miradas de candor e ilusión que se transforman en malicia cuando llega la noche. Muchas cosas se dicen del barrio, cosas terribles y legendarias. No todas son ciertas. Casi todas lo son. Pero nadie podrá negar que aquellas llanuras que pueden tocar el río, aquellos palafitos donde la gente canta, a pesar de la pobreza y el hacinamiento, constituye la atracción primaria, en donde la expectativa, la emoción y el entusiasmo son especiales. Lo mejor de Belén zona baja es su gente. Lo mejor es que allí navega un resoplo salvaje de vida que le da un colorido especial a lo que en cualquier otra circunstancia debería ser un sombrío porvenir.

Ex Quinta Schaper. Era un oasis en medio de la ciudad. Nadie puede negar que la ex quinta de la familia Schaper, inmigrantes que llegaron en pos de un futuro mejor y nos legaron el mejor testimonio de amor a la naturaleza, era un lugar ideal para vivir. Con una pequeña cabaña en el centro, en la cual la madera hacía las maravillas decorativas, lo que se disponía alrededor era aún mejor. Todas las plantas conocidas (y las que no conocíamos), todas las flores, todos los árboles, todos en conjunción y armonía. La Quinta se mostraba como una invitación a las aventuras y un recuerdo del Iquitos que nunca debió morir. Por eso, cuando un día regresé y vi que no había Jardín Celestial en la cuadra siete de la calle Napo sino una iglesia evangélica pomposa, atiborrada de concreto y oropel, abigarrada con inmoderados fieles, parafraseando a la canción de Sabina, su memoria vengué a pedradas contra el flamante cemento.

El puente de las emociones. Conecta las primeras extensiones de las calles Yavarí y Távara West. Empieza en la Gota Fría y desemboca en la Plazuela Clavero (viceversa). Con techito de calaminas y piso de cemento, más que una vía de comunicación, es una entrada a las más desbocadas situaciones, en las cuales nadie puede salir ileso. Casitas que se exponen a lo largo de ella, el sonido de los grillos y los sapos haciendo de las suyas, el deslenguado optimismo de la LLulai, estilista unisex del paso, y el oscurito haciendo de las suyas en el momento menos pensado. Es un gran lugar de paso y repaso.

Aeropuerto Internacional Francisco Secada Vignetta. Siempre ando fijándome en la calidad de sus baños y en la limpieza de sus ambientes. En verdad, no mucho ha cambiado desde los tiempos de crisis, pero el Aeropuerto sigue siendo uno de los mejores huecos de la ciudad. Porque es el único en el cual el tránsito es una concesión a la melancolía y el recuerdo. Y en el cual las cosas se reducen a una sigla. Si no fuera porque existe el Francisco Secada Vignetta, si no fuera porque existen aviones que todos los días parten hacia un lugar de escala, y a través de él hacia cualquier lugar, esta columna no existiría, se llamaría de otra manera, tendría otro espíritu y otras concesiones. Haz un esfuerzo, lector, e imagina esta escena: un avión espera en la pista de aterrizaje, tú eres el último de la cola, te pones los audífonos de tu reproductor de música, escuchas una canción que te recuerda algo muy especial (digamos, en mi caso, Days go by, de Dirty Vegas). De pronto, solo sientes el grito de las turbinas retumbando en tu memoria. Imagina que quizás vuelvas, pero que quizás siempre tengas que irte otra vez. No miras atrás. No retornas los ojos. Solo entras a la nave, cierras los ojos y te encierras en ti mismo ¿Lo captaste? Por eso este lugar significa tanto para IQT.

Extra: Aquí uno de los mejores videos que contienen una historia que he visto en los tiempos. sin duda, Days go by, de Dirty Vegas, uno de las canciones que escuchaba justo cuando nació IQT.



Link: Ver Huecos 1 y Huecos 2

Pesadillas de conejo

Hablando de sustos, monstruos y criaturas extraordinarias, una viñeta del genial ilustrador y caricaturista argentino Liniers, sobre dos de los antihéroes más espectaculares de la cultura pop terrorífica, Freddy Krueger y Jason. Y en medio de ellos, el Conejo de siempre, más freak que nunca.


Uno, dos, ya vienen por ti, Che...

14 junio 2008

El San Agustín en el corazón


Algunas veces, Iquitos se nos antoja una extraña imagen que algún satélite meteorológico que graba fotografías incomprensibles para el común de nosotros, retransmite velozmente hacia las estaciones terrestres. En medio de tal estado de ánimo, se recurre a la memoria, apelamos a una foto de promoción ajada, observamos detenidamente rostros que siguen siendo familiares y suavemente nos sumergimos en aquella febril época cuando los viernes eran de juerga y, en mancha, todo desgarbados, caminábamos despreocupados metiendo bulla, queriendo bajarnos a punta de baladorazos los parinaris que poblaban los árboles de la Plaza 28 de julio y portando orgullosamente sobre el bolsillo de una camisa que quizás fuese blanca la insignia del colegio San Agustín.

En estos días, celebramos una aniversario más del día de San Agustín. Entiendo tenuemente también que la ausencia física es inevitable. Sin embargo la mente humana es capaz de animarse a emprender las más complejas travesías asociativas, a viajar a través del tiempo y aterrizar en el mismo auditorio donde alguna vez recibimos la ansiada autorización del Padre Director: “Ve, la vida te espera”.

A varios condiscípulos dispersos alrededor de este mundo, y de hecho a los flamantes promocionales, nos une la nostalgia. El recuerdo se apodera de nosotros cuando inquirimos en las nuevas generaciones y sus inquietudes particulares, cuando tratamos de averiguar quién es el nuevo chibolo goleador del Mundialito o cómo le va al colegio en los Geniotigres. Abrumados por responsabilidades muy humanas, sin embargo, atraídos por una misteriosa fuerza magnética, escarbamos en el viejo álbum de fotos, nos reímos de bobadas y esbozamos un rostro incrédulo al notarnos lozanos, jovencísimos y más bacanes que nunca, bien peinados, con nuestra mejor ropa encima y coqueteando sin vergüenza con cuanta muchacha del Corpus, el Sagrado, el Fátima y el Rosa de América pasase por nuestro lado.

Lo más aburrido de estas ocasiones es que un mayor presuntuoso recurra a un rollo inflamado y la más de veces aburrido para perpetrar la mayor de las intromisiones que un muchacho pueda tolerar en estas circunstancias: Recitar la realidad, es decir, describirla desde la perspectiva de alguien que la está sintiendo en carne propia y que en ocasiones supone no poder lidiar con ella; usar el contexto para disparar consejos, expresar avemarías morales y lucirse sin pudor, pero sobretodo, para matar la ilusión de jóvenes que creen poder cambiar el universo con el simple soporte de su inteligencia a veces irreflexiva y sus bíceps a menudo incipientes. No voy a ser yo quien aluda a estas impertinencias, desde luego. Quiero hablarles más bien de la libertad, esa palabrita de la que se sirven tanto charlatanes para aflorar por todo lo alto su demagogia y se ganen la vida de manera dudosa, por no decir inmoral; aquella triple concatenación de palabras que ha movido al mundo a olvidar complejos e ir en su búsqueda, con resultados casi siempre poco afortunados. Voy a tomar como ejemplo para ilustrarla cabalmente a Agustín de Hipona

Agustín fue un hombre que vivió intensamente su juventud. Contante transeúnte entre modas literarias y aficiones culturales, gastó sus mayores energías buscando la verdad, disfrutando de las mieles más superficiales y fáciles de conseguir en apariencia. Sin embargo, en lo más placentero de sus devaneos, se interesa por la Verdad, la auténtica, la que salva y reconforta, libera de cadenas y coloca en el recto camino del Bien. Buscando un objeto de amor, que creía falsamente haber encontrado en el maniqueísmo, decide apostar por la vida y encontrar finalmente la presencia consoladora de Dios. Conoce a Ambrosio, obispo de Milán y vuelve a la fe, no sin antes pasar por un intenso cuestionamiento de la misma y por las vacilaciones propias de su condición de hombre. Una vez superadas sus dudas, se convierte, es ordenado sacerdote, obispo y vive apasionadamente su amor por lo divino y lo humano.

Agustín decidió acceder a los placeres banales. Sin embargo, se dio cuenta que aquellas frivolidades lo esclavizaban, le ponían barrotes y lo apresaban en una cárcel en que se extrañaba al espíritu. Al elegir libremente a Dios, encontró su salvación y su motivo de existencia en el mundo. La gran frase “Ama y haz lo que quieras” resume magníficamente dicha situación. La libertad representa el mejor estímulo para vivir. Sin embargo, no podemos dejar de entender que el exceso siempre es contraproducente. Apelar al libertinaje, la mentira y espejo que deforma grotescamente nuestras metas y sueños significa dejar de lado la autonomía, someternos al imperio de los sentidos y abandonar aquella instancia imprescindiblemente humana que es la razón. Los resultados de dicho despropósito son pobreza espiritual, alienación e infelicidad. Nos afirmamos cuando decidimos soberanamente vivir con responsabilidad, pues ya sabemos que una libertad sin control, más que liberales, nos hace libertinos. No obstante, este influjo debe provenir de nosotros mismos, de nuestra conciencia induciéndonos en cada momento por el afán ético y la moral, por lo adecuado aunque no sea necesariamente lo que nos guste.

Desligar Iquitos del San Agustín es tarea casi imposible. Para un agustino que vive el autoexilio lidiando con las leyes no escritas y salvajes del sonido y la furia urbanas, regresar mentalmente al sitio donde nació, asociar vivencias, anécdotas o calendarios revejidos con el colegio de la Avenida Grau, amalgamar sueños, risas, quizás lágrimas, y vivir de nuevo la aventura de crecer. Son ellos, espectros que merodean la realidad, entrometiéndose y matizándola con el innegable poder del hecho consumado; aplicables a la fantasía y la magia. Ellos nos permiten otra vez compartir clases, esforzarnos sobremanera en Educación Física, jugar una pichanga en la cancha de tierra, conociendo sin querer - o queriendo profundamente - al amor de nuestras vidas y pedir al inmortal Loco que nos vuelva a fiar sus curichis. Todo este afecto por el colegio donde, más que estudiar, nos tocó vivir, queda demostrado en el hecho de que, aún cuando tengamos ya años alejados de su dominio vinculante (en mi caso pronto se cumplirán ocho), por momentos, de pronto, nos encontramos otra vez uniformados de blanco, gris y negro, tomando desayuno apresuradamente para llegar antes que den la temible campanada de las siete y veinticinco de la mañana y dejar que el tiempo pase mientras gozamos sin darnos cuenta del todo. Nos despertamos abruptamente y comprendemos entonces que la vivencia evocada es sólo un sueño, uno muy dulce y especial.

A pesar de que nos encontramos a cientos de kilómetros de distancia de la capital de Loreto, no nos consideramos ausentes en absoluto de esta fecha tan especial, ya que es posible permanecer física y espiritualmente donde uno lo desee, trascender al tiempo y la distancia con sólo cerrar los ojos. El San Agustín de hoy es diferente a aquél donde antaño estudiábamos: hay más infraestructura, la modernidad tanto material como pedagógica se nota en cada instante que uno camina por su local, ahora los muchachos escolares usan para sus fiestas pantalones holgados y se habla normalmente de cosas que antes tenían el intenso y culposo encanto de los prohibido. Sin embargo, ese colegio de ayer, hoy sigue sintiéndose el mismo. A pesar de las modas y la dureza de la mirada, los alumnos y ex alumnos somos también iguales. Y es que, en medio de tantas decepciones e indiferencias, de tan poca solidaridad, es grato que el San Agustín continúe siendo, después de todo, un tierno sentimiento que llevamos ahora y siempre indeleblemente en el inquieto y ardiente corazón.


(*) Versión corregida del artículo publicado en Pro&Contra del 13 de febrero de 1998.

Los llullamperos de Ginebra

Por: Gino Ceccarelli.



Detuve el auto en el semáforo de la esquina del Boulevard de Belleville y la rue Tlencem, a pocas cuadras de mi casa. Al lado izquierdo también paró una camioneta blanca que sin razón aparente empezó a tocar el claxon. Cuando miré el impertinente que hacía ruido por gusto, vi a Héctor Wong en el volante que me hacía señas para estacionarnos. Quería decirme algo.

Héctor, iquiteño como yo, vivía en París desde hacía ya una década y se ganaba la vida importando productos peruanos como cervezas, Inka Kola, Sublime, condimentos y otros, que vendía a algunas tiendas, restaurantes y bares peruanos y latinoamericanos.

-¡Hola paisano!- me dijo abrazándome -¿cómo va la pintura?

Me contó que también estaba vendiendo sus productos en Ginebra (Suiza), que le estaba yendo bien y quería regalarme una caja de chelas.

Hablamos un poco de todo y en algún momento de la conversación recordamos la comida loretana.

-¿No extrañas nuestros platos?- preguntó.
-Por supuesto que sí- le dije -pero por sobre todo extraño nuestro delicioso ají charapita.
-¿En serio? ¿Sabías que en Ginebra hay un pata que se llama Fan (Juan), tiene un restaurante que le puso “Amazonía" y que él trae ají charapíta para sus platos?

Nos despedimos. Era Agosto, hacía calor en París y yo tenía ganas de salir de la ciudad. La tentación de ir a Ginebra para pasear un poco y conseguir nuestro delicioso ají empezó a darme vueltas en la cabeza.

A las cuatro de la tarde tomé la decisión. Metí algo de ropa en el carro, cogí mi pasaporte y emprendí la ruta hacia el sur. A eso de las nueve de la noche atravesé Lyon y comencé a subir los Alpes rumbo a mi destino: la tranquila y bella Ginebra. Llegué a eso de la medianoche, me instalé en un hotel frente al lago, comí algo y descansé.

Al día siguiente después de visitar una galería fui a buscar al famoso paisano que tenía el restaurante (y el ají). Héctor me había dado la dirección de su casa, pero cuando llegué, el número en la calle no correspondía, es decir, yo tenía apuntado el 14 y solo había el 10 y luego pasaba al 18. Me quedé parado en la calle pensando en qué hacer para justificar mi viaje, cuando de pronto vi a un tipo que caminaba erguido, con los brazos colgados y con aire de total despreocupación. Caminaba como amazónico.

-Debe ser él- me dije. -¡Juan!- le grité. El tipo volteó la cabeza hacia mí y se acercó.
-¿Quién eres, oy?- Tu cara me es conocida...
-Me llamo Gino Ceccarelli, iquiteño y vivo en París.
-¿Tú eres el artista? ¡Qué bacán! Justo estoy viniendo a mi casa a recoger las llaves de mi restaurante. Vamos para allá. Te invito un ceviche.

Cuando le pregunté si tenía ají charapita, me respondió que se le había acabado pero que tenía rocoto...

El restaurante quedaba en las afueras de Ginebra, en un segundo piso. La decoración era sumamente huachafa. Sus paredes estaban pintadas con murales de escenas amazónicas, tarrafas, redes y carachamas disecadas colgaban del cielo raso, así como flechas, pucunas y mariposas de palo. En el bar habían telas andinas, huacos, remos pintados. Guirnaldas y serpentinas completaban el decorado. Vendían algunos platos regionales y peruanos, y al trago estrella le denominaron el “coctel de los incas” que no era otra cosa que vodka con maracuyá.

-¿Sabías que tenemos una asociación llamada Amazonía que está conformada por loretanos? Espérate un ratito, les voy a llamar para que vengan.

Hizo algunas llamadas y muy contento me dijo que iban a venir algunos paisanos socios.

A los veinte minutos empezaron a llegar varios carros, algunos lujosos y otros menos. Algunos paisanos llegaron caminando. La paisanada era variopinta. Desde rostros típicos, casharos, mestizos y algunos con pinta europea. Al final éramos una docena de loretanos bebiendo y recordando la tierra.

Cuando habíamos bebido la mitad del bar, uno de los paisanos jaló su silla, se sentó a mi lado y me dijo:

-Oy' cholo, te voy a confesar algo pero no se lo vayas a decir a nadie.

Empezó la “mentiroseada” regional.

-¿Sabes? Yo estuve saliendo durante tres años con la Carolina de Mónaco. Te lo juro por Dios. Hace seis meses terminé con ella, me aburrió esta cojuda, es demasiado frívola. El problema es que me anda acosando y no se que hacer... me llama todo el tiempo, al punto que cada semana cambio de celular, pero ella no sé como hace, encuentra mi número y no para de llamarme. ¿Qué consejo me puedes dar para que ya no me busque esa dañada?

Evidentemente, no supe qué decirle ante tamaña mentira.

Otro paisano jaló su silla.

-Llegué hace dos semanas de nuestra tierra. Estuve monteando por el Shanaya y ¿sabes qué? De pronto se me apareció un lagarto negro de ¡diecinueve metros y medio! Me comenzó a perseguir, sus colmillos eran del tamaño de mi machete, su cabeza más grande que una camioneta y su lomo era de casi tres metros de alto. Le metí retrocarga y nada, seguía avanzando el animal y lo que hice fue esconderme detrás de un árbol y cuando pasó, salté encima de su cabeza, le clavé mi machete en su ojo izquierdo moviéndole para llegar hasta su cerebro. Pegó un bramido y se murió el gran puta.

Miré al llullampero y casi exploto de risa en su cara.

Se acercó otro. Parecía que hacían turno como si fuera un concurso de quién miente más.

Este fulano me contó que tenía más plata que Atahualpa. Dijo que era accionista de cuatro bancos Suizos, once supermercados y tenía tres yates de ochenta pies cada uno que estaban en Grecia y Australia.

Y así sucesivamente. Todos fueron desfilando. Al final yo también tuve que mentir. ¡El que contaba verdades quedaba como un cojudo!

Llegó la medianoche, el local estaba lleno, sobre todo de suizos y a esa hora el restaurante típico se convertía en una discoteca de música tekno. Ritmos frenéticos y luces giratorias se combinaban con carachamas serpentinas y tarrafas. Con los tragos que teníamos encima mas todo ese cambalache, era como estar en un vuelo de ayahuasca.

A eso de las tres de la madrugada mi cuerpo quería descanso. Al momento de despedirnos, el más dañadito del grupo, que casi no había hablado en todo ese día y al que no le había escuchado una sola mentira, me dijo:

-¿Tienes cómo regresar a París?

-Sí- le dije –vine en mi carro.

-Porque sino le puedo decir a mi chofer que te lleve al aeropuerto y te embarque en mi avión privado. Qué pena que te movilices en auto...