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11 agosto 2008

Héctor Soto, un enfemo incurable de cinefilia

(Don) Héctor Soto amablemente nos recibe al mediodía de un sábado particularmente frío y desdeñable. Lleva una casaca de cuero y un sombrerito estilo Eliot Ness bastante peculiar. Nos presentamos y lo primero que capto en él es una disponibilidad absoluta para conversar. El telón de fondo es el Centro Cultural de la PUCP y el pretexto es el Festival de Cine de Lima, a donde ha sido invitado para integrar el Jurado principal de la competencia.



Un día antes, había logrado devorar de un solo tirón las más de 500 páginas del libro recopilaciones de sus artículos y críticas cinematográficas, atinadamente titulado Una Vida Crítica, el cual ha tenido como devotos obreros a Alberto Fuguet - escritor convertido en cineasta- y a Christian Ramírez. Casi veinte años después de aquél momento en que Fuguet se le ocurrió la ecuménica idea de recopilar a Soto, con paciencia, tino, obstinación (sobre todo para convencer al maestro de la utilidad del proyecto), mucha agua ha pasado debajo del puente. Y aquí se encuentra un enorme reservorio, que el Grupo Santillana (a través de su sello Aguilar) ha tenido el gran tino de convertir en material escrito. Para quienes nos interesa el cine, esta obra es una suerte de pequeño evangelio sobre el arte – y a veces ensarte – de la polémica escrita, vinculada con aquello que los huachafos suelen llamar “séptimo arte”. En torno al beneficio de la duda, hay que hacer la salvedad que es muy difícil salir indemne de su lectura.

Soto domina una prosa envolvente, ágil y rica en giros y variaciones, las cuales entrega al servicio exclusivo de su pasión cinéfila. Uno termina exhausto, maravillado y también empinchado con la capacidad del narrador para escribir con erudición pero a la vez con una simplicidad desbordante, al mismo tiempo con una prosa artística pero completamente funcional. Pero, además, el lector termina empinchado con sus juicios, zancadillas, catilinarias, panfletos, todos ellos abordados desde la república de la pasión y del seso.



Es difícil estar de acuerdo completamente con Soto. Pero es difícil no sentir una pequeña contravención ante lo manifestado. Es completamente enojoso sentir que se tira abajo alguna película que amas, pero también es gozoso sentir que alguna de
las-películas-de-mi-vida también son las suyas. Es placentero encontrarse frente al papel y sentir que aquellos bodrios que han martirizado tu existencia por casi un par de horas tienen su merecido. O que películas que nunca has pasado tengan la benevolente sentencia que solo un tipo que ha visto mucho puede emitir. Algunos casos al azar:

Es dudoso que quienes salimos de las funciones de Las tortugas ninja seamos ahora mucho más estúpidos de lo que éramos al entrar. Si algún saldo terrible dejan los últimos años es saber que el buen cine y todas las artes juntas no necesariamente redimen a las sociedades (1991)

Titanic tal vez no sea la película perfecta que un sector de la crítica extranjera ha querido ver, pero hay que conceder que es la primera superproducción en mucho tiempo que reconcilia a este género con el cine (1998)

Tiene sentido hablar de esta película (Magnolia) bíblica, sinfónica, maravillosa, porque no vamos a ver muchas así en el futuro próximo (1999)

Bailarina en la oscuridad tiene la intransigencia típica de todo fundamentalismo. De alguna manera es una película enferma. Enferma de cálculo, de evaluación estratégica, del estado moral de cuentas y resultados. (…) Que nadie se llame a engaño: este no es un cine pobre. La cinta fue grabada en video en algunos fragmentos hasta con cien cámaras digitales. Este es un arribismo para abajo: arribismo de gente rica que quiere parecer pobre (2001)

Nunca se sabrá qué queda peor en esta astracanada (El Laberinto del fauno). Si el imaginario fantasmagórico de El señor de los anillos y sus paparruchas o la lectura política de la izquierda más ramplona sobre la Guerra Civil y el franquismo. Pelea de ratas, al final: vaya a saber cuál de los imaginarios está más revenido (2007)



Es la primera vez que Soto llega a Lima (no sale mucho de Chile, entre otras cosas, porque los viajes le producen mucho stress) y confiesa que tiene mucho interés por Lima, aunque no conozca mucho (su universo de referencias abarca casi todas aquellas que le indicó Fuguet). Aunque la gran mayoría lo ubique como un sesudo crítico de cine, al menos fuera de Chile pocos saben que Soto, nacido en Valparaíso, emigró a la capital chilena a fin de ser abogado, profesión que finalmente dejó atrás debido a su afán cinematográfico. Que durante 40 años ha volcado su cinefilia en el papel (a veces, incluso, en recordadas revistas como Primer Plano y Enfoque). Que además, es insomne y consume mucha literatura y ensayos (entre ellos, los de Mario Vargas Llosa). Además de ser un “jubilado” del oficio (con reconocimiento y todo) es anfitrión de un programa radial de conversaciones y columnista de actualidad y política en dos medios de prensa escrita. Está enterado de la situación de nuestro sistema de gobierno (pregunta por los “apristas de izquierda”, por la gente de derecha y por Ollanta Humala). Se ha encontrado con muchas personas amables dentro del Festival de Lima (entre ellos, los organizadores, a quienes considera encantadores, aunque “poco cinéfilos”). Ha encontrado en el trayecto que lo lleva de su hotel al Centro Cultural de la Católica un camino en el cual ir conectándose con la ciudad (aunque él considera que las verdaderas ciudades no están en los barrios ricos, sino en zonas residenciales populosas y en los centros históricos y/o económicos). Y ha preguntado por los actuales críticos (incluso se ha enterado de la conocida disputa ideológica entre la generación Hablemos de cine y la gente de la revista Godard!)

Soto señala que al escribir sobre cine, uno no puede adoptar las medias tintas. El universo personal de un crítico también inunda lo que escribe y cómo lo escribe. En rigor, a veces una columna también puede ser una manifestación del estado de ánimo del autor. De sus furores, de sus miserias, de su ideología y, sobre todo, de lo que la vida es – o quisiera que fuese – a partir de una pantalla. Porque escribir sobre películas también es afirmar puntos de vista sobre tópicos tan manidos pero inevitables como el amor, la muerte o la condición humana. También significa intercambiar puntos de vista sobre el arte, los géneros y la influencia de la cultura pop, en la neo-cinefilia, por ejemplo. Pero también significa forjar tomas de posición sobre cosas menos evanescentes, pero al mismo tiempo más entrañables como aquellas cintas que te recuerdan un momento febril, entusiasta – ¿acaso feliz? – de tu propia existencia.

En rigor: Existimos porque el cine existe. Existimos junto al cine. La vida es una partera de cinéfilos. Algunos somos
hijos del cine. Algunos son nuestros padres cinematográficos. Otros somos hermanos cósmicos a través del cine (no necesariamente son ideas de Soto o con las cuales estaría completamente de acuerdo, pero tampoco rechazaría de mala manera).

Entusiasma ver cómo Soto desarma los modelos cinematográficos y a partir de ellos te entrega un compendio cuasi enciclopédico. No tiene miedo en decir que no ha visto alguna cinta (aunque, escuchándolo o leyéndolo da la impresión que las ha visto casi todas), pero tampoco tiene dudas al momento de tomar posición. “Maravillosa”, “catastrófica”, “una mierda” “me gustó” “un chiste”, son algunas de las palabras o frases rápidas que profiere. Pero, obviamente, Soto no es un afiebrado irresponsable o un francotirador enloquecido que súbitamente ha perdido la visión frente a una excursión de escolares. A veces demora en contestar algunas interrogantes latosas, pero luego del silencio reflexivo, emerge la palabra exacta. Y de ahí, la polémica.

Soto afirma que ha habido grandes películas que no ha sabido valorar en su momento (el caso más crítico para el crítico fue
El Padrino), pero también hay cineastas y cintas que, con el tiempo, les ha ido perdiendo la pista y el cariño militante, como el caso de Antonioni o el 8 ½ de Fellini. Le ha gustado The Dark Knight (no le extrañaría que fuera la mejor película de toda la saga de Batman), pero no tiene empacho en disecar hasta el horror a algunas cintas competidoras en el Festival de la PUCP (los cuales por decoro, complicidad y confidencialidad ni siquiera vamos a mencionar). El cine ya no puede ser purista, pero tampoco es bueno admitir que se formen camarillas autistas en torno a los referentes de la cultura pop contemporáneas. Soto, ante todo, es un creyente del cine popular.

Es imposible desligar el tema de la industria del de la forma de distribución y las alternativas para acceder al cine. En ese sentido, como ya varios casos de intelectuales y cinéfilos que se han reportado en las recientes visitas limeñas, Soto decidió tomar un tour dominguero, directo hacia el mercado de los sueños,
Polvos Azules, con paso principal y obligado por el ya celebérrimo Pasaje 18. Ahí sintió lo que eminentemente significaba la maravilla de la organización vinculada al servicio de la piratería. Polvos Azules, ya sabemos, es un fenómeno social que excede los parámetros vistos en Latinoamérica. Es casi como un cebiche mixto (como el que comemos en el Parque de Lima), en el cual, la mezcla puede parecer atrevida, pero el resultado delicioso. Soto, en principio, está a favor de los derechos de autor y la entrega de regalías a los cineastas por sus productos, pero a través de lo funcional, cree que la piratería también es un camino – inevitable – de democratización del acceso del cine a la gente. Demás está decir que el crítico terminó entusiasmado e ilusionado, con más de una bolsita negra repleta de reproducciones de cintas extraordinarias.

En una parte del libro, Soto, refiriéndose al
Drácula de Coppola, apunta una verdad: “la cinefilia puede ser una pasión, pero a menudo es también una enfermedad”. En la entrevista que concede a Fuguet y Ramírez, cerrando Una vida crítica, indica que todo escrito debe tener cierta tensión aun al precio de la arbitrariedad. Que necesitamos alguna adrenalina como para no volverse sensato y sabio, pero al final latero. Es lícito, entonces “recargar a veces un poco las tintas”. Todo en nombre de la pasión.

“Tú te lo buscaste, Francisco.”

Mientras tomamos un café y hablamos de varias cosas, antes de que entre a sus deberes sagrados de crítico en el Festival de Cine, Soto nos recuerda que quizás es por eso que su libro no es solo una recopilación de escritos. Es una poderosa manifestación de la mejor narrativa. Es la obra que le estaba faltando al género para alcanzar su dignidad. Y en el fondo es un canto de cariño y neuronas al servicio del cine. Le pregunto por la frase reveladora y me responde sin medias tintas: “Sí, estoy enfermo de cinefilia; pero es una enfermedad, más que incurable, feliz y placentera”.

Después de ello, ya no había mucho más que hablar. (Don) Héctor Soto desapareció entre los espectadores de una función del Festival y nosotros nos quedamos varados en medio de la tarde fría y autista pero súbitamente acogedora del invierno limeño.

(Leído primero en Cinencuentro)

10 agosto 2008

PROHIBIDO FALTAR

Un grande presenta en sociedad su libro de recopilaciones de ensayos y artículos. Don Héctor Soto, uno de los más importantes críticos cinematográficos de Latinoamérica y un tipazo, presenta en Lima Una Vida Crítica (Aguilar/Santillana), obra imprescindible para quienes amamos el cine.



No se olviden, en el marco del 12° Festival de Cine de Lima, este lunes a las 7 p.m. en el C.C. PUCP. Prohibido faltar

20 julio 2008

Batman: mucha noche



Debo confesar que siempre me he sentido identificado con el mundo de los superhéroes, pero también con su espacio interior y personalidad. Digámoslo así, me atrae en behind scenes del personaje, el después de haber ganado la batalla circunstancial contra los malos. El superhéroe más complejo y complicado siempre va a ser el más popular. Porque carga con una ambigüedad y una fuerza que nace, precisamente, de las contradicciones de su rol.

Más allá de la que le dio su creador Bob Kane (ilustrador de las clásicas historietas), Batman ha tenido muchas caras en su larga existencia. Yo, que las he visto casi todas (y recuerdo con mucho cariño algunas), puedo señalar que el personaje ha disfrutado constantemente de las mieles del triunfo, pero sin embargo nunca ha estado en paz consigo mismo. Siempre ha existido detrás del aura del chico bueno un rastro sombrío que finalmente ha sido develado en toda su extensión.

Hace unos días se ha estrenado The Dark Knight (El Caballero de la Noche), la más reciente entrega de esta legendaria saga cinematográfica. Dirigida por Chris Nolan (realizador de clásicos contemporáneos como Amnesia y Memento), a un costo de 185 millones de dólares, precedida de una extraordinaria campaña publicitaria. Más allá de toda la parafernalia, creo que estamos frente a uno de las más siniestros, elocuentes, desaforados, intensos y honestos retratos que del hombre murciélago y sus antagonistas.

El Caballero de la Noche genera sensaciones y sentimientos encontrados. Si uno sigue la línea narrativa de las más de dos horas y media que dura el filme, encuentra las referencias básicas del universo del comic. Sin embargo, este mundo, que nos ha legado la famosa serie televisiva de los años sesenta, las películas de Tim Burton, Joel Schumacher y el anterior filme de Nolan ha devenido en más oscuro y pesadillesco, casi como el preludio del lento descenso a un infierno compuesto de maldad y locura, del cual debe aflorar la redención, no solo a partir de la rectitud, sino también del sacrificio y la vocación estoica que precede a la templanza.

Batman, popular pero al mismo tiempo marginal, un animal humano que debe mantener la fe en sí mismo y al mismo tiempo su confianza en la bondad de una sociedad que no lo comprende e incluso lo desprecia, Esa sociedad es la que usa el Guasón (espectacular Heath Ledger) para infundir terror y anarquía por el mero hecho de la diversión (“Hay hombres que buscan simplemente que el mundo arda” le dice el mayordomo Alfred al alter ego Bruce Wayne, en una precisa definición de la personalidad del demente que ha puesto histérica a Ciudad Gótica).

El Caballero de la Noche vence a los villanos y salva al mundo, aún a costa de no poder salvarse él mismo. Pero el mundo hace tiempo ha perdido la fe. Y se permite el lujo de perseguir a sus propios guardianes entre el centeno. Batman y Harvey Dent el fiscal héroe que después experimenta una mutación física y psicológica atroz, son dos caras de una misma moneda. Solo que la de Bruce Wayne/Batman, alejado, misógino, esquizofrénico en su concepción del deber, se encuentra en las antípodas de lo que termina convirtiéndose el hombre en quien había depositado toda su confianza con el fin de hacerle cambiar de vida. El héroe Dent, que había expuesto su rostro para vencer a la mafia, al ser expuesto a una situación límite de pérdida y dolor, cae en las redes del mal que ya había inoculado el Guasón en todas las mentes y sensibilidades. Ante ello, lo único que queda es bucear entre las sombras, la oscuridad, la noche sobre la cual Batman camina con armadura de guerrero y defensor de la justicia, peleando eternamente y al mismo tiempo siendo castigado por una sociedad que lo mira con recelo pero no puede darse el lujo de dejarlo ir, por miedo, conveniencia o terror del Mal, tan espectacularmente encarnado en el Guasón de Heath Ledger. El protector vigilante luchará todas las batallas aún sabiendo que quizás nunca gane la guerra.

El Caballero de la Noche es una de las más grandes adaptaciones de comics de todos los tiempos y de hecho una de las mejores películas del 2008. Pero al mismo tiempo es una historia cruel y desesperanzada, una de las más sofisticadas, reales y crueles pinceladas sobre lo peor de la condición humana. Uno no deja de sentir emoción y tristeza, repugnancia y al mismo tiempo ilusión, como en una montaña rusa de la cual siempre sales parturbado. No hay duda que la historia, los abrumadores efectos especiales, la banda sonora de Hans Zimmer y James Howard, las maravillosas actuaciones (empezando por la del finado Heath Ledger, aterrador y macabro en su papel de Guasón, en contrapunteo con la aplomada y digna de Christian Bale como Batman), son como un verdadero monstruo – creado por Nolan - ante el cual es difícil no maravillarse ni, humildemente, rendirse.

Luego del final de la película (en que el detective Gordon/Gary Oldman narra dramáticamente el destino marcado para nuestro héroe enmascarado), cuando todo se fue a negro y se sucedieron los créditos, quedé con un nudo en la garganta, del cual no me pude recuperar sino media hora después, caminando solo a través de frías y oscuras calles citadinas. Muy cansado, pero al mismo tiempo melancólico, alucinado, vigilante.

No es poco decir.



PD: Este artículo contiene algunas ideas y parráfos expresados en el post
Caballero de la Noche.

13 junio 2008

Shyamalan no tiene remedio

Puedo decir con absoluta seguridad que M. Night Shyamalan alguna vez fue. Pero de esa sorpresa ya no queda nada. Fue solo un chispazo al aire, un Sexto Sentido que se quedó sin sentido. Fui a ver El fin de los tiempos (traducción al español de The Happening) y he salido francamente decepcionado. Pero, más aún, siento que lo del hindú con ínfulas de pitonisa hollywoodense no tiene remedio.



En principio, la película trata de jugar con el tema de la locura colectiva, de un ataque desconocido que fuerza a que le gente se autoelimine. Esto quiere ser pasado con el origen del mal, el preludio de una lucha apocalíptica por la supervivencia. Para variar, el escritor, director, productor, actor, doblista y asistente de su propia película (¿será esa dispersión la que destruye la calidad de su trabajo)se decide no dar ninguna pista del origen del mal, y sobre la base de ello busca que cada uno de los espectadores tome su propio camino de entendimiento.

Sin embargo, el camino que nos plantea Shyamalan es el de lo ya conocido en él, el barroquismo y la falta de ideas para redondear efectivamente el misterio o el suspenso que pretende elucubrar. Ese cine aparentemente elucubrado solo es una pose. Una pose para esconder su casi congénito defecto para arruinar una buena historia con sus divagaciones insospechadas.

La película no es mala (al fin y al cabo, alguien que hizo el Sexto Sentido no puede ser tan infame con la calidad visual y la técnica de sus películas), pero siento que es odiosa. No es aburrida (tiene escenas bastante logradas, sobre todo cuando las personas se infligen auto laceraciones). Pero es rimbombante, artificiosa, insostenible. Lo mejor que tiene es esa extraordinaria capacidad para jugar con el marketing y la publicidad de los miedos colectivos más profundos (es decir, harto merchandising). Luego de sus últimas películas (en especial ese bodrio llamado La dama en el agua), hay un progreso. Pero no una obra notable, ni siquiera una buena película. Aquello
no puede quitarme la idea de que Shyamalan no es para nada un director que valga la pena considerar entre los aconsejables o recomendables para el futuro. Solo un cineasta más, como los cientos que pululan alrededor que quisieron hacerla dándoselas de "filosóficos" cuando carecen de capacidad y terminan siendo poco efectivos o insufriblemente comerciales.



26 abril 2008

DISCRIMINACION (NACIONALIZATE CULEBRA, HONEY)


Historia de una entrevista laboral permanente (no tan ficticia). A ha revisado el currículo de B, profesional muy eficiente que quiere entrar a trabajar a la empresa que A gerencia. Claro B es homosexual (o A cree que lo es) y por eso decide no contratarlo. B es blanco, y conoce a C, que también es homosexual, pero tiene rasgos andinos, por lo tanto, B sutilmente lo va dejando de lado. A se reune con D y E, que son gerentes como él, pero en la promoción de trabajo para un nuevo proyecto, F, que es el manager principal, al ver los antecedentes de A, nota que es provinciano y tiene antepasados de apellidos muy propios de la Amazonía. Entonces lo descarta, porque F es limeño. F debe elegir entre D y E. D es muy competente, pero es mujer y pertenece a una universidad nacional. E, obtiene la promoción laboral, porque es hombre y tiene los recursos para pagar una universidad privada. F entonces decide concentrarse en ser manager general latinoamericano. H, el manager latinoamericano actual, es peruano. Se presentan para el cargo, F y G. H decide ver los currículos, y aparentemente F es el más capacitado, pero F ha indicado que alguna vez fue dirigente estudiantil. Es decir, creía en el sindicalismo. Además, es de ascendencia judía. Y a H, sus padres, inmigrantes austriacos, le han hablado muy mal de los judíos durante toda su vida. H no desea un izquierdista en el negocio, menos un judío. G, que no tiene historial político conocido, obtiene el puesto. Además, es argentino. A F le han dicho que puede ser promovido a un puesto aún más alto de la corporación en Estados Unidos. Pero probablemente no se lo den. Porque para I, manager de la zona, F es solo un "hispanic" desordenado, ladrón, sucio e ilegal.

En ningún caso, ninguno de los discriminadores dejó de discriminar a nadie. Por causas subjetivas. Con motivos no objetivos. Con razones muchas de las veces poco profesionales, poco serias, abiertamente intolerantes.

La discriminación más que un mal, más que una enfermada perniciosa, parece un deporte nacional que se practica con la distraida levedad de los estereotipos, coqueteando con la ignorancia y el temor a lo que se considera desconocido. La discriminación es un perfume de olores embriagadores y casi ayahuasqueros, que flota en el aire y contamina todo con su maldita capacidad para transformar a los seres humanos en una suerte de modelos de perfección estética, de pureza racial, de coquetería fina, de elegancia social, de respingo con mirada al Norte, de estreñimiento sexual, de mirada-por-lo-bajo, de interiores cerrados, de alcobas ocultas, de insultos y maledicencias e insidias que se remontan a la hora de la cervecita con los amigos.

Porque la discriminación es un asunto de arriba para abajo, pero también viceversa. Porque nunca habrá una línea recta en esto de tener a los demás por iguales. Porque en este circuito de bobería e imbecilidad, siempre habrán seres humanos de inferioridad, siempre habrá una verticalidad, que se nutre de cualquier circunstancia y aprovecha cualquier oscuridad para introducir de contrabando su monserga sonriente o indignada (que, en el fondo, es solo una proyección de sus propias taras mentales, psicológicas, socio-culturales). La discriminación existe por debajo de la mesa, pero es una olla de grillos que termina por devorarse cualquier atisbo de mesura y objetividad. No se es más o menos por tus capacidades intelectuales o por tu esfuerzo laboral, o por tu nivel educativo o por las historias sobre superación personal que puedas exhibir a tu favor. Para los cuchicheantes y morbosos mundos de la apariencia, de lo "correcto", de lo "decente", de la bobaliconería disfrazada de seria preocupación por el avance de la sociedad.

La discriminación invade, incluso, espacios que se creían a salvo o neutralizados por sus espacios. Existe discriminación, por ejemplo, cuando a una periodista de nivel como Esther Vargas se le pide, sutilmente que deje de enseñar en una universidad por ser lesbiana. Existe discriminación cuando a un periodista y cronista tan talentoso como Marco Avilés no lo dejan entrar al tan fashion y declaradamente open mind pub La Sede por "aspecto". Existe discriminación cuando un periodista de las lecturas y el fuste de César Hildebrandt se refiere a las feministas y a las minorías sexuales como "mujeres con prestobarba en mano" y "falófilos que quieren casarse de blanco en la Catedral". Existe discriminación (pero mucho más desconocimiento) cuando en todos los congresos, debates, polémicas y demás happenings de la cosita libresca y culturosa actual se habla de literatura "costeña" o literatura "andina" y se desdeña totalmente a los referentes amazónicos (No Lequerica, no Vílchez, no Calvo, no Hernández, no Reyes, no Varela, no etc, etc y más etc).




La repetición se mantiene y toca todos los ámbitos sociales, sexuales, o raciales. Y dejamos que afloren nuestros prejuicios y nuestra estrecha concepción de las relaciones humanas ¿No deben haber árbitros mujeres en los estadios de fútbol? ¿No debe declararse en la Convención de los Jóvenes el derecho a la identidad sexual? ¿Los jóvenes de raza mestiza u oscura no deben ser colocados en los mostradores de los bancos? ¿Deben seguir los clubes high profile seguir manteniendo la reserva del derecho de admisión para cholitos o negritos?¿No se debe dejar de pedir en las ofertas laborales el sambenito del "buen aspecto"? ¿El ser provinciano de por sí ya configura una capacidad intelectual menor que el limeño? ¿El pertenecer a una institución educativa nacional de por sí se considera como una desventaja frente a quienes provienen de un prestigioso y privado colegio? ¿Y por qué la palabra "cholo" sigue siendo considerado casi un insulto? ¿Y por qué los inmigrantes de todo tipo tienden a cerrar sus círculos, con hermetismo y roche incluidos? ¿Por qué seguimos postergando en el debate y en el acceso educativo a los indígenas amazónicos? ¿Por qué obligamos, con nuestras burlas, a que los aymaras y quechuas obvien su lengua materna?

Podríamos seguir con el mismo razonamiento, ad infinitum, y la cadena no se rompería. Y podríamos seguir discriminando consciente o inconscientemente, hasta que las próximas generaciones sigan con la prédica y mantengan las cosas en esta terrible situación. Al fin y al cabo, nadie está libre de discriminar, pero, peor aún, nadie está libre de ser discriminado. Y las consecuencias de esa discriminación, irracional, absurda, ridícula, cruel y abiertamente idiota, pueden ser realmente traumáticas para varios de quienes la sufrieron. Y así el círculo nunca cambiará. Y nuestro país seguirá desintegrado geográfica, social, y culturalmente. Y seguiremos teniendo pendiente nuestra deuda con la justicia. Y los problemas y conflictos sociales siempre estarán latentes, esperando el momento menos pensado para emboscarnos e incendiar nuevamente la pradera por nuestros desatinos.

En tanto, parafraseando al gran amazónico César Calvo (¿lo habrán querido discriminar también por eso, gentita?), en el Perú más de una vez dan unas ganas de nacionalizarse culebra.

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