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21 febrero 2008

LA NUEVA HIJA PREDILECTA DE IQUITOS



La "Ñañita" Claudia Portocarrero ya fue. Su reinado artificial - a punta de la férula codiciosa de su chullachaqui-productor-manager - parece que va llegando a su fin. Señoras y señores, con ustedes, la nueva hija predilecta de Iquitos.





Se llama Nicole Faverón Vásquez, tiene 19 años, ex alumna del colegio Nuestra Señora de Fátima. Auqnue nació en Lima, vivió mucho tiempo en Iquitos (huelga decir que es una iquiteña de corazón).1.83 metros y estudiante de Psicología de una conocida universidad limeña. Jovencita que en su debido tiempo decretó las miradas de todos quienes veían en ella un potencial como figura de belleza. Y vaya que los frutos los ha logrado, ahora que los gringos la han puesto el ojo.

Nicole obtuvo el quinto lugar en el Ford Supermodel of the World, un concurso de la agencia Ford Models de Nueva York cuyo objetivo es buscar nuevos valores alrededor del mundo para el negocio de las pasarelas. Después de eso, la Maybeline Inc. la ha contratado por cien mil dólares anuales para que viaje a Nueva York como su imagen y maniquí oficial. Extravagantemente extraordinario.

La jovencita Faverón ( a lo mejor con parentesco familiar con el crítico literario autoexiliado en USA) ha tenido un gran acceso en las pasarelas (y ahora reivindica la belleza de la mujer amazónica, pronto por aquí una nueva top model de exportación). El último número de Caretas le dedica una sesión de fotos bastante acogedora y la bola ha crecido tanto porque, en principio, ha logrado un contrato que pocas mujeres pueden lograr en el mundo entero.

Y desde este Diario, no podemos estar más encantados y contentos por esta verdadera belleza iquiteña.

Ahora, de Iquitos a Nueva York. $$$
Ah, la vida.

Link: La página de fotos de Nicole en CincoUno.com

Link: Una nota sobre Nicole en El Comercio donde dice: "Definitivamente es un cambio grande, eso de ir de Iquitos a Nueva York".

Link: Nicole en Caretas. Wow!!!


24 junio 2007

ÑAÑITA


Aún restableciéndome del todo con Perú, he prendido la televisión (malsana costumbre de la que es probable que uno no salga indemne) y me he encontrado con el rostro espectacularmente maquillado de Claudia Portocarrero liderando uno de los espacios más populares del sector juvenil, el programa de Raúl Romero, Habacilar. Fotografiada en sugerentes posiciones, remedando a Jennifer Beals en Flashdance, dejándose llevar por los acordes del gran What a feeling de Irene Cara, sus labios carnosos-bótox, su puchero de diva emergente, su cuidadoso vestuario i-love-Gamarra-fashion y sus modales de mujer sencilla le han granjeado rápidamente el rótulo de top model de alto perfil. La gente sabe que está ante una celebridad. Ella también lo sabe. Pero, aún encantándole, no puede dejar de sentir stress por tamaña responsabilidad.

Claudia Portocarrero tiene 22 años y es probablemente uno de los personajes más populares de Iquitos. Su rostro y figuran son marcas registradas de la cerveza que pretende representar a la ciudad. Las chiquillas de afanes danzarines e histriónicos, de grandes, quieren ser como ella. Además, es la hija predilecta del marketing. Todo un logro para una chica que debutó hace seis años bailando en las movidas televisivas, haciendo de relleno en programas cómicos de mal gusto, comiéndose las tripas y el orgullo esperando, agazapada, su gran oportunidad.

No es precisamente algo que deba entusiasmarnos el hecho que nuestro estandarte principal ante el mundo sea una ex bailarina convertida en maniquí gesticulante, pero, claro, tampoco podríamos admitir desconocimiento (porque Claudia, mal que bien, es de la estirpe de las mujeres más famosas y deseadas de aquella parte del trópico). Su ascenso social, de la mano de su novio Dilbert Aguilar, un productor chatito, jorobadito, feo (cariñosamente apodado como “chullachaqui”) pero de afinado carisma y mayor talento para el negocio cumbiambero, es probablemente uno de los más importantes logros que una mujer del extramundo – robémosle el término a Andrea Montenegro - de las elites estéticas se haya hecho un gran espacio en las pasarelas de la alta sociedad limeña. Teniendo en cuenta los humildes orígenes de Claudiña, este es doble mérito

Porque nunca fue una chica que se hiciera paltas con la pobreza material en que vivía; pero obviamente esas cosas nunca se olvidan. Y tampoco los inicios. Y tampoco el evidente racismo de que ha sido víctima en su intento de labrarse un nombre en un mundito donde sobran las siliconas, pero faltan los rostros –bellos – cetrinos. Obviamente, tampoco creemos estar frente a Santa Teresa de Calcuta. Claudia es un producto, una hechura de la publicidad, una señorita de calculada sonrisa y pose de bomba sexy del Perú popular. Y es un poco más rica y acicalada que antes, con su plata o la de Dilbert. Y también sabe que la televisión y el mundo del espectáculo es peor que la selva de verdad, y hay que sacar los colmillos en cada instante que pueda (y a veces hacer cosas no muy edificantes como puentear a tu compañero de conducción para hacerle ojitos a la patronal, sino pregúntenle a Beto Ortiz).

Claro, Claudiña es un producto que vende. Al lado de su pataza, la siempre achorada y sexy Angie Jibaja; vendiendo en los diarios de cincuenta céntimos; pegada sobre la pared de un taller de mecánica de autos, es todo un personaje. Y aunque aún no haya aprendido a hablar bien, y aunque la tele le quede aún muy grande para programa propio, y aunque a veces no deja de caer chinchosa cuando quiere dárselas de mujercita melosa, Claudia Portocarrero es un fenómeno que habría que tomar en serio. No solo porque tiene la belleza típica del peruano promedio, sino porque en cualquier caso, su sencillez y la verdad sobre su linaje le confieran un puesto especial entre aquellas mujeres que desarman con su sonrisa (fingida o no). Al fin y al cabo, nadie puede alegar más capas de maquillaje y más victorias encajadas a su favor en este último año (a pesar de las inevitables lágrimas y las zancadillas autodefensivas) que la Ñañita de sabor amazónico y garbo de fiera salvaje desatada.