18 abril 2008

ARANDU (2004)


Todos tenemos un bar favorito en cada lugar que atraviesan nuestras pisadas. Ya anteriormente el maestro Eloy Jáuregui, en deliciosa crónica publicada en estas páginas, había decretado su versada y enrevesada autoridad para nombrar y recrear las cantinas de su mejor vida. Este escriba, a pesar de no haberse curtido en la educación sentimental de los mismos, sin embargo tiene grabados en la memoria algunos donde ha pasado las mejores –y también angustiantes– experiencias de su corto anecdotario. Uno de ellos, bastante especial, es el Arandú, ubicado en pleno corazón hirviente del Boulevard.

Pero, ojo; que nadie dude algo: el Arandú representa el nuevo espíritu bohemio de IQT, aquejado muchas veces por bluffs de ingrata recordación o santuarios que cultivan la autorreferencia y el café expreso. Este lugar, en cambio, mantiene viva la llama del nihilismo, la antipetulancia y una intensa como sutil melancolía kitsch.

En este bar se pueden encontrar habitúes que olisquean el intenso sabor de la noche, en la más amplia y compleja concepción de los diccionarios y las conversaciones debajo de las farolas mortecinas. La noche, generalmente, no suele ser dócil. En variadas ocasiones, puede ser una intolerable prostituta con mal genio. Sin embargo, aún así, exuda un discreto encanto que sólo pueden entender quienes experimentan diariamente el sabor agridulce del cielo, que buscan desesperadamente un lugar donde retozar y se entregan por completo a la contemplación, la memoria, la reflexión y el hedonismo. Este bar, a fin de cuentas, termina moldeado de acuerdo a los intereses y apetencias de una hermandad cósmica de alcohólicos y bebedores sociales con algún tipo de cualidad particular (menudo honor en un planeta donde lo que más abundan son los encajados y los estafadores).

Todo es cuestión de timing y Claudia Otero, la dueña de este espacio, bien lo sabe. De linaje loretano y residente en Lima, esta geógrafa de corazón bohemio se decidió un día de finales de 1994, entusiasmada por la vista que ostentaba el nuevo Boulevard, además por la idea de recuperar parte de su antiguo esplendor, lanzarse a la aventura del negocio propio, especializado en el rubro que tantas satisfacciones y recuerdos buenos le habría seguramente dado, pero del que desde adentro sólo sabía lo epidérmico. Aprovechaba que venía a hacer sus prácticas profesionales en el IIAP y el que su padre trabajara en la ya fenecida Molinera de a familia Giulfo y decidió quedarse un tiempo. No se equivocó. Decidió entrar a la competencia, pero ofreciendo no sólo cantidad o espacio; estaba dispuesta a explotar el lado lúdico y creativo de la propuesta.




Cuando llegó a Iquitos, Otero encontró que la Municipalidad de Maynas había sacado a todos los bares de madera colocados sobre la ribera del río Amazonas y que obstaculizaban la visión del paisaje a los peatones, a fin de reconstruirle los balaustres de la época del caucho y hacerlo sólo peatonal. Ahí estuvo lo novedoso: en que se iba a empezar de cero y tratar de ofrecer un servicio total, que incluyera algo visualmente atractivo, un mobiliario moderno – para la época y para la ciudad– buena atención, buenos tragos, música de las que no se podían escuchar en las radios locales e incluso rara vez se dejaban ver por la MTV) y, finalmente, un espacio donde se tratara bien al cliente, con incidencia en aquél que pudiera no ser el típico consumidor de otros establecimientos, el freak, el incomprendido, el marginal (digo, es un decir).

Claudia es una enamorada de la época del caucho, en el sentido de que ésta le imprimió a IQT de una personalidad arquitectónica singular. Además, recuerda mucho que su abuelo Serafín llegó a Iquitos luego del “boom”, a fin de instalar un negocio. Ella tenía la sangre emprendedora de su ascendiente y decidió lanzarse también al ruedo. Encontró el terreno vacío, totalmente abandonado, sin techo ni nada. Pero le encontraba atractivo, extrañamente, pues se prestaba para un barcito, con mesas en la calle para poder disfrutar de la brisa del Amazonas y de su extraordinaria vista. Se agenció de algo de plata mediante préstamos, invirtió en los arreglos del local, las mesas y sillas, trajo el equipo de música de su casa, afiches y chucherías de su cuarto, discos y cassetes de su colección particular y decidió darle un sentido inédito a su vida. Así comenzó también la historia del Arandú.

El Arandú fue inaugurado el 28 de julio de 1995, en los terrenos familiares de los Otero (que comparte además con el restaurante Fitzcarraldo). Desde el día de su inauguración, fue un éxito rotundo, no sólo porque era el primero auténticamente decente del Boulevard (aparte de una chingana horrible que había en la esquina, perteneciente a los mismos propietarios del recordado Mesón), sino porque fue pionero de un resurgimiento comercial de dicha arteria, pues el ejemplo fue seguido (o copiado, como todo en este pueblito donde la creatividad es un producto escaso) por muchos otros bares que ahora pululan. Sólo que el valor agregado del Arandú eran y siguen siendo sus peculiaridades.

Por ejemplo, la decoración y el pintado del bar fueron encargados al entonces joven y prometedor artista Christian Bendayán. Los cuadros de Bendayán empezaban a destacar en el mercado artístico y Otero, amiga y admiradora suya, decidió que le imprimiera su particular visión al lugar. Poco a poco, la propietaria fue adquiriendo cuadros del pintor. Uno que ella recuerda particularmente –porque fue el primero- es el de un paisaje urbano, que estaba ubicado en el colegio Corpus Christi, y que ahora está acomodado en un lugar privilegiado de su casa. Los cuadros se los compró, colgó y disfrutó. El trabajo de los murales (que son un punto importante del atractivo del Arandú) también fueron parte de canje por consumo en el bar, los cuales, como nos imaginamos, no deben haber sido desaprovechados en absoluto por el artista loretano más popular de la actualidad.

Además, es importante destacar la música. El Arandú siempre se caracteriza por tocar a bandas diferentes y su atractivo superlativo consiste en que puedes encontrar dentro de la colección discos que no podías escuchar en ningún otro lugar de IQT. Su nota disuena con la de sus vecinos competidores, acostumbrados a la cumbia, la toada o el huayno. Acá la diversión es dura y, no en vano, sus fastos podrían ser considerados un antecedente de escuela de rock bastante extraña, donde puede escuchar a Pantera sin ascos, junto a The Smiths y a Silvio Rodríguez, pasando por Maná y Everything but the girl, sin olvidar a Café Tacuba y a Iggy Pop. Aunque la última vez que estuve por allí, su selección se había estancado por falta de renovación (lo cual, me imagino, sabrá solucionar la dueña), aún así sigue siendo una delicia de melómanos y curiosos. Dato importante: el repertorio de la noche, previa coordinación con la amable y eficiente administradora Yolanda Delgado, la hacen generalmente los clientes, cualquiera sea el artista o el género. Felizmente, la mayoría de las veces dicha selección ha sido decente y bastante interesante).

Cuando recién abrió el bar, Claudia encontró muchas trabas. Por ejemplo, el lugar era perfecto –además el arquitecto que diseñó el boulevard lo hizo pensando en eso- para instalar mesas y sillas en la calle, tal como los bares europeos que invaden las veredas. Sin embargo, la falta de tino de las autoridades (esas mismas que cerraron el Amauta por la misma tontería, cuando los problemas muchas veces son otros) hizo que se peleara con la administración pública y tuviera que pagar muchas multas, por la bendita falta de precedentes. “No querían autorizarme a poner las mesas afuera. ¡¡Era el colmo!! cuando llegaban las batidas, nos obligaban a meter las mesas adentro teniendo todo el espacio afuera y con el calor que hacía. Los turistas se sorprendían porque era algo de locos. Hasta ahora por épocas tenemos problemas con eso”, me señala, bastante mortificada. Yo le creo plenamente, sabiendo que la burocracia en esta región es una grave traba al progreso y el desarrollo.

Sin embargo, lo interesante es que los consumidores siguen llegando y haciendo de esta esquina un lugar imprescindible. Los personajes que han pasado por sus sillas han sido variados, desde los más encumbrados bohemios hasta los más introvertidos aspirantes intelectuales, faranduleros y gente común y corriente que después de tiempo obtiene un reconocimiento diverso por sus méritos. Claudia Otero recuerda especialmente a “Puchín” González- Polar, al grupo de actores de la película Pantaleón y las Visitadoras (entre ellos Angie Cepeda y Salvador del Solar), pero también hay algunas fechas memorables, como cuando, el año pasado, el cantautor Ráfo Ráez se decidió hacer una función especial, la cual fue un fracaso de ventas (las entradas de diez soles casi no se vendieron), signado por la fatalidad (explotaron los fusibles del local y el concierto eléctrico se convirtió en acústico y bajo la luz de las velas), pero al mismo tiempo, decantó en una maravillosa noche de música y de conversación junto a Ráez, Bendayán, el poeta Carlos Reyes y el eterno enfant terrible Coco Mesía.



En cuanto a poner el cuerpo y el alma en la caravana de la alegría, hay diversas bebidas, pero la especialidad de la casa es el Agua Loca. Aquejado por el conservadurismo alcohólico (cervecita o sangrías), tarde la conocí y tarde la amé, pero, efectivamente, este trago no pasa desapercibido. Consiste en un macerado de raíces en vodka que se sirve con gaseosa de lima limón. El preparado conserva esa delicia de las cortezas selváticas, además del efecto del vodka, lo que le preserva de la medianía y constituye una experiencia refrescante y deliciosa. Pocos saben, en todo caso, que el Agua loca es un invento del padre de Claudia, especial para el Arandú. Si, así son las creaciones de la familia, entonces ¡larga vida a la inventiva de los Otero!

El Arandú cumple el próximo año una década de funcionamiento. Claudia Otero estaba preocupada por los problemas financieros que estuvo atravesando el bar, tanto que se le cruzó por la mente cerrarlo. Era casi como un golpe de muerte a todos aquellos que habíamos hecho de su espacio un hogar más, un ambiente de calidez donde se pueden pasar momentos realmente inolvidables. Algunos de nosotros lo tuvimos, con situaciones aparentemente tan simples como tomarse un trago, disfrutar de una buena canción, conversar de cosas chéveres o mirar con ojos anegados por la ternura a alguien bastante especial. Felizmente, eso no sucederá; incluso se diseña una nueva reinauguración para las próximas Fiestas Patrias. Es una gran noticia, no tengo la menor duda, pero, por encima de todo, es un motivo más para creer que IQT, humana al fin y al cabo, también puede seguir siendo, por un inconmensurable periodo de tiempo, una gran ciudad para vivir.


(Escrito originalmente en Pro & Contra en la columna IQT, en diciembre de 2004)

2 comentarios:

MARTIN ASPAJO DIAZ, Iquitos, Perú dijo...

NO TE PASES PAKO DICIENDO QUE SE ESCUCHA ROCK BASTANTE EXTRAÑO, ES SIMPLEMENTE ROCK NO POPULAR, O CREERAS QUE YO SOY TAMBIEN EXTRAÑO...
SALUDOS CORDIALES

Paco Bardales dijo...

Ser "extraño" tampoco es tan malo, despuès de todo.

En todo caso, para muchos de los iquiteños promedio, el tipo de mùsica que tocaban (y tocan aùn) en el Arandù, podrìa ser catalogada de ese modo.

De todos modos, viva la mùsica "extraña", porque es muy buena...