23 noviembre 2005

KINSEY Y EL RECUENTO DE LOS DAÑOS

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Los hechos son simples: Rebelde, fanática de Súperstar y bailarina precoz del za, za, za, ha colmado la paciencia de su madre, agobiada por la pobreza, por la inutilidad del padre y el díscolo comportamiento de sus hormonas de mujercita de trece años que duerme en su misma casucha del AA.HH. 9 de Octubre, a la cinco de la mañana del día de hoy viernes dieciocho de marzo. La Comisaría del sector no está muy lejos, y, bueno, es hora de que la ley dé una severa reprimenda a tanta juventud desbocada. La madre ordena, casi a gritos, que la aseñorada se vista decentemente para visitar al señor policía, para que le dé unos buenos consejos que le permitan cambiar su actitud. La mujercita casi no quiere escuchar, sigue buscando que pasen la última canción de Pedro Suárez-Vértiz en la Karibeña y piensa en pases doble para ir a bailar esta noche con Explosión en el Complejo del CNI. Una bofetada leve y un tirón de sus negrísimos cabellos le devuelve casi en el acto a este plano terrenal.

Resignadas, en ropas ligeras pero al mismo tiempo decentes, la buena mujer y la mujercita llegan a la dependencia policial. Los recibe el siempre solícito Técnico de Segunda, Oswaldo Mori Macedo, cuarentón que siempre había infundido respeto y confianza a la mujer, por su uniforme y aspecto obispal. Hablan madre y policía. La hija escucha, nada dice, sólo piensa que quiere irse urgentemente de ahí. Algo le hace dudar de esa mirada extremadamente fija, de esos ojos inquisidores, de quinceañero apostándole al deseo carnal. “No te vayas, huevona”, pensaría en silencio, pero el orgullo, la arrogante juventud, el estúpido sentimiento de creer saberlo todo, sofocan en su garganta cualquier protesta contra el inminente peligro.

Y el obispal policía, agazapado entre las brumas de la noche, entre la tentación carnal, entre los efluvios de una vida sexual frustrante, por fin encuentra en esa pieza de frágil carne - que escuda su miedo en el mal humor - el sentido y el fin de la perversión más intensa y antisocial. La ahoga prontamente en el silencio de la mañana, del pegajoso calor del amanecer, en la mordaza de brazos, piernas, torsos flácidos y embustes de la piel, la amordaza, mientras ella deja de resistirse ante la violencia, los gestos y la amenaza virtual, pensando en ese embate, esa punzada dolorosa y ardiente, que ni la más estruendosa lección de achoramiento entre barrios infra-proletarios la podría haber preparado nunca para perder la virginidad de ese modo y en aquél sitio.

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En Londres, por estos días, muchas salas de estreno exhiben, con relativo éxito, Kinsey, suerte de biografía sobre el científico de homónimo apellido, famoso por realizar estudios sobre la sexualidad en la Norteamérica de más de medio siglo atrás. Algunas salas de Liverpool incluso tienen una particular cola antes de cada emisión. Esta nueva película del cineasta Bill Condon ha tenido mayor acogida en Europa que en USA (a pesar de sus diversos premios de crítica internacionales). Varios sectores conservadores han rechazado este esfuerzo por recrear la vida de tan importante sexólogo, cuyos estudios crearon conmoción entre la puritana y macartista sociedad de los años cincuenta, sobre todo porque develaron lo que era un hecho práctico: los seres humanos son tan complejos en cuanto a su comportamiento sexual y cómo lo expresan, de modos a menudo tan antagónicos con los parámetros religiosos o culturales de su época.

He ahí en que USA se miró como en un espejo. Lo que vio le disgustó. Los seres humanos siempre tienden a ocultarse tras máscaras o barrotes impuestos por la convención, por la sociedad, sobre la base de intereses que pueden ser a veces de toda la colectividad, pero también son influenciados por ideologías, (cuerpos cerrados de ideas que pretenden ser ciencia, pero en verdad son religión ú actos de fe, como escribió alguna vez Mario Vargas Llosa). Uno de los principales vehículos de la ideología es la predominancia de sus postulados, aunque ellos, mayormente, estén basados en la irracionalidad o la mera intuición. Alfred Kinsey, cuya labor de biólogo lo había hecho particularmente afecto al estudio de los insectos, usó su labor entomológica para, a partir de sus propias fobias y sus propias ignorancias en materia sexual, aplicar el marco más riguroso y amplio posible sobre lo que hacía los norteamericanos en la intimidad.

Seducido por los estertores de la primera visión del filme, repetí la experiencia en un cine de Lima esta semana. E inmediatamente corrí a ubicar los libros más representativos de la bibliografía del doctor Kinsey: El Comportamiento Sexual del Macho Humano (1948) y, sobre todo, El Comportamiento Sexual de la Mujer (1953), ésa última más polémica y mucho menos valorada, que dio pie además a una serie de infamias, calumnia y acusaciones del afiebrado puritanismo de la época contra los trabajos del científico. Desde ese punto de vista, he tratado de entender el comportamiento del policía que, seducido por sus impulsos más ocultos, viola a una púber en un sitio que debería a ser la casa de la ley, del orden, de la normalidad.

Si hay algo que no llegamos a saber nunca es el comportamiento sexual de las personas. Kinsey, en ese sentido desentrañó esas sombras y encontró cosas demasiado reveladoras para pasarlas por alto. En estudios que abarcaban más de dieciocho mil entrevistas personales a lo largo y ancho de su país, establecieron por ejemplo cifras inobjetables: el 90% de los hombres y el 50% de las mujeres se masturban con frecuencia, la mitad de las mujeres y el 85% habían tenido sexo antes del matrimonio, entre el 30% y 45% de ambos sexos practicaban con frecuencia el adulterio, que un 35% había tenido por lo menos una vez en su vida una experiencia homosexual y que un 10% se podía considerar como homosexual permanente. Kinsey, de este modo, desterró una serie de prejuicios y clichés sobre la actividad sexual. Con el correr de los años, estas estadísticas no sólo no ha disminuido, sino más bien se ha afianzado (El sexólogo Fernando Maestre, en reciente y lúcida entrevista con César Hildebrandt, señaló que el porcentaje de las experiencias homosexuales planteada por Kinsey en 35% se ha habría incrementado hasta un 40% o 42%).

Ante ello, es difícil no sentir contradicción por las encuestas que, a boca de jarro, por ejemplo, señalan que los peruanos repudian fuertemente la homosexualidad o reflejan que, minoritariamente han llegado desvirgados al matrimonio o casi no le ponen cuernos a sus parejas. Mi hipótesis es muy sencilla: las personas mienten a menudo sobre su vida sexual, más aún cuando es en público o, más aún, en algo que les vaya a afectar los sueños, utopías y emociones que cada uno tiene dentro de sí.

Nuestra zona, por ejemplo, tiene estadísticas siempre interesantes. Los varones loretanos que frisan más de 25 años en la actualidad ha tenido su primera experiencia sexual como promedio a la edad de 14. Más o menos un 80% lo ha hecho con una prostituta o en un burdel. El sexo anal es una práctica más usual de lo que se pensaba. La estadística revela que el miedo al condón se basa en que, presuntamente, disminuye en considerables promedios el goce sexual. La actividad incestuosa ha sido constante, y aunque bastante minoritaria, nunca ha dejado de manifestarse en la cronología. Es decir, hay datos que combinan la realidad, la ignorancia y el placer. En ese aspecto, mucho de culpa tienen las autoridades respectivas y la religión, los primeros por no tomar en serio un aspecto fundamental de la conducta y los segundos por distorsionar la misma en función de sus propias represiones y de espíritu (y, a veces, también de cuerpo).

Entender al sujeto “normal” que un día decide cometer una violación y luego entrar en una crisis de escrúpulos no es sinónimo de justificarlo. En ese sentido, bien se haría en imaginar que estas psicopatologías son aborrecibles, más que todo, por el condicionante social. En algunas sociedades menos desarrolladas aún se practica el sexo con niñas como una forma muy común de darles el paso hacia la adultez. La literatura nos ha legado casos tan representativos de la lucha constante entre el deseo y la sociedad en soberanas obras maestras como Lolita, de Vladimir Nabokov, o Muerte en Venecia, de Thomas Mann. Mucha gente desea a los infantes y adolescentes (al punto que la pedofilia, que puede ser aborrecible y a pesar que algunos de la combatimos, sigue siendo un negocio enormemente rentable para algunos) y, además, tiene fantasías con orgías, sexo duro, fantasías que nunca van a llegar a ocurrir por el temor al condicionante social o por la indiferencia que le producen dichos actos, más que por los infiernos y las condenas eternas que pronostican los miembros de la curia católica (en cuyo seno se han producido, que yo recuerde, los más sonados y deplorables casos de abuso sexual).

Lo que, en todo caso, no es admisible es que el sexo (que es la forma más importante de alcanzar el goce) se convierta en un vehículo para infligir dolor y sufrimiento, tanto físico como mental. Por eso son repudiables, en absoluto, las violaciones y la pedofiliacomo mercancía, por ejemplo. Éstas graban como una marca indeleble le existencia de los afectados, no sólo en el momento mismo del hecho, sino sus consecuencias son perdurables a futuro. Por eso la actitud de dicho policía es miserable: porque lo hizo con violencia, sin consentimiento y abusando del poder que le confiere ser fuerte, adulto y autoridad; no necesariamente por el comportamiento sexual en sí, que, por lo demás, no es peor que el que practican muchos considerados “normales” en la privacidad de sus respectivas alcobas.

Tomo prestada de una famosa canción de la cantante mexicana Gloria Trevi, que acaso no haya sido puesta aquí por mera casualidad, para ilustrar el título de este artículo. Conocer al ser humano, con sus dudas , contradicciones y apetencias más intensas y soterradas, fue el trabajo que le dio gloria y denuestos al doctor Kinsey. Pero lo que perdura es que sus estudios son reales, sinceros y se basan en el desenvolvimiento mismo, no en las consecuencias físicas, psicológicas y morales que produzcan. Entender el amor y la comprensión ligados al sexo es un modo de asumir que éste último no terminará convirtiéndose en un recopilador de bajezas y miserias que en el futuro reaparezcan en nosotros, a manera de un recuento de los daños que la estupidez y la maldad (no el placer) generan siempre en cada una de sus paticulares víctimas.

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