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28 septiembre 2008

Bailando por una sonrisa


El colegio estatal Nº 60052, mejor conocido como Generalísimo Don José de San Martín, se ubica en un desvío que lleva hacia el Camal del distrito de Punchana, por un camino no pavimentado. Es sábado, 8 p.m., pero la euforia y las hormonas no se encuentran en las fiestecillas adyacentes (donde los motocarristas pierden el brío, la sobriedad y se pelean a gritos y puñetazos por mujeres de valor flexible), sino dentro del plantel. La gran final de “Bailando por una sonrisa” se iniciará dentro de muy breve.

Llegamos presurosos, acompañando a una de los jurados del concurso (una profesora de la Escuela de Música que nos ha comentado sobre el evento), decididos a confirmar si tanto entusiasmo es justificado. Según el relato, dentro del área el cinturón de pobreza urbana, una humilde escuela que no recibe mayor apoyo que el de sus propios esfuerzos ha decidido romper el tedio emulando – a su modo - al celebérrimo y nunca bien ponderado programa televisivo “Bailando por un sueño”, conducido por la diva Gisela Valcárcel. La metodología ha sido simple: los tres jurados han ido evaluando, a través de cuatro semanas, a diez parejas que tienen una particularidad: son a conformadas siempre por un docente y un alumno. A la noche estelar han sobrevivido cuatro duplas, quienes pugnan por hacerse acreedores al premio máximo de 300 soles que han prometido los organizadores.







La única condición para el ingreso es contribuir con un nuevo sol. El propósito primordial de la recaudación es aprovisionarse de fondos económicos para realizar la gran chocolatada navideña para infantes y madres de la zona. Los gestores de la audaz iniciativa son tres maestros del plantel: Johnny Saavedra, Margot Rengifo y Fiorella Loayza, fans declarados de Gisela y sus estrellas, pero también del apoyo social. Hace siete años organizan por su cuenta, a veces incluso sin el apoyo del colegio, entregas y eventitos de esta bondad. El año pasado lograron superar el espacio y llevaron alegría pascual a mil moradores de la Comunidad Progreso, en el kilómetro 9 de la carretera hacia Nauta. Pero recién a mediados de este 2008, con la fiebre del sábado por la noche disparándose a través de la pantalla chica, se les ocurrió algo simple, pero efectivo: copiar el formato, trasladarlo a la realidad del lugar y, de acuerdo a las posibilidades económicas, apoyarse en un coreógrafo, en un equipo de sonido y luces modesto pero rendidor, así como en un jurado de docentes externos. El resto, como se ve, iba a ser cuestión de tiempo, para transformarse en un suceso en menor escala.

Lo novedoso a veces causa miedo y resistencias, me indica uno de los organizadores. A veces, habían tenido que lidiar con el propio grupo del colegio, que no creía que este evento, claramente lúdico y claramente distendido, pudiese tener alguna trascendencia, sobre todo porque más allá de la presunta bufonada, se podría estar minando la disciplina, el respeto a los mayores y la seriedad de las relaciones maestro-alumno. Además, se ha confeccionado un sistema de vestuario y logística atractivo, muchas veces costeado por los propios concursantes. Se ha erigido un estrado en el patio principal y los asistentes han repletado parte del mismo, así como los balcones del segundo y tercer piso, respectivamente, con pancartas, los cuales a su vez dividen secciones, facciones y barras. Predeciblemente, el mayor número de asistente corresponde a jóvenes quienes desde arriba, con ánimo palomilla, riegan sobre la pista de baile, globitos hechos con preservativos y corean nombres de chicos de su edad que participan en la competencia (como Lucho Navas, Patrick, Élfrida, Manuela del Rosario). Sin embargo, la cifra de padres y gente común y corriente no es nada desdeñable. La estrella de la noche es Jhon Kapp Ramírez, quien llegó a participar en la final nacional de “Bailando por un sueño” como pareja de la actriz Ebelín Ortiz y ahora viene al colegio en aroma de multitud, como un previo antes de ir a bailar en la discoteca Noa.






Es muy divertido, pero a la vez conmovedor, observar cómo los concursantes se entregan a la emoción y la locura y logran momentos célebres. Con sus vestuarios extravagantes y juveniles (un matemático emulo de Daddy Yankee, un historiador camuflado en la apariencia de Sean Paul, una venerable tutora ataviada como la Tongolele), con sus piruetas imperfectas o con sus cambios apurados de faldas y blusillas, la camaradería se completa con el gozo de los padres de familia y los alumnos restantes.

Durante un trimestre, el coreógrafo Walter Aquituari, veterano veinteañero del rubro, ha manejado una tropa entusiasta pero inexperta de escolares y docentes que cuando llegaron no sabían, incluso, ni hilar dos pasos con éxito, y ahora son la envidia de su familia y amigos. Lo más vanguardista y revolucionario que ha resultado de este proyecto es la creación del Ballet Sanmartiniano, conformado por veintidós jóvenes de cuarto y quinto de secundaria (y la presencia especial de una extraordinaria bailarinita de diez años llamada Marcia Tafur), quienes, a la par de competir por el triunfo, se han engranado en torno a complejas coreografías de inicio y cierre del evento, que duran 18 minutos (incluyendo pistas de reggaetón, cumbia, disco, etc.) y ponen realmente a gozar a los espectadores.





Debo admitir mi sorpresa al ver bailar a estos adolescentes, quienes han logrado conformar una tropa carismática, que te contagia con sus movimientos y te encandila con su gracia y precisión. Es quizás exagerado decirlo, pero, dada las circunstancias, de modo natural (o quizás no tanto), estos chicos han formado la compañía de baile más interesante que he tenido ocasión de ver en mucho tiempo en Iquitos, una suerte de antecedente moral de todos los grandes grupos que han destacado en esta destreza. Con errores y limitaciones propias del entorno o del bolsillo, pero con enorme pasión, euforia y gracia, logran meterse en la piel del ganador. Dan espectáculo y son el espectáculo. Para quienes creemos que la música y la danza son talentos que solo los tocados por la gracia divina dominan a plenitud, resulta extraordinario constatar que son los jóvenes de todas las condiciones – en especial aquellos que en apariencia tienen menos oportunidades – quienes los manejan con soltura y talento.

El Ballet Sanmartiniano, creado con plazo fijo de caducidad, ahora se intenta convertir en una compañía permanente e itinerante. El ejemplo del colegio Generalísimo San Martín ya ha prendido lo suficiente como para que esas muchachas y muchachos piensen en cosas grandes. “Bailando por una sonrisa”, más allá de su noble fin y de su risueña metodología, puede ser el laboratorio de un movimiento juvenil masivo que le devuelva a esta ciudad algo del esplendor perdido en las calles otrora repletas de bailarines buscando su oportunidad para un poquito de goce, de fama y, por qué no, también de gloria. También de eso vive el artista.