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30 septiembre 2008

¿Somos respetuosos?

Por: Gino Ceccarelli



En Japón, los niños cuando tienen que cruzar una calle donde hay mucho tráfico, lo único que tienen que hacer es levantar la mano desde la vereda para que todos los automovilistas se detengan como por arte de magia. De la misma manera, las personas que están resfriadas, con gripe o algún otro mal respiratorio, salen a la calle con una mascarilla y así evitar contagiar a sus congéneres.

En Dinamarca, existe tal respeto por la naturaleza y los animales que sus ciudades tienen muchos parques donde vemos cisnes, patos, ardillas, pájaros, etc. que conviven con los pobladores. Y si a un cisne se le ocurre caminar por las calles, los automovilistas están obligados (por ley) a detenerse y esperar a que se mueva sin perturbarle. Ni siquiera se le puede tocar claxon o decirle "¡chuza, chuza!".

En Europa, en general, las palabras más utilizadas son "Buenos días", "por favor" y "gracias". Las relaciones sociales se enmarcan en el plano del respeto. Si uno va a un restaurante o tienda y pide algo sin saludar, corre el riesgo de ser echado del lugar ya que se considera un insulto no decir primero "buenos días".

En otros países cuando uno hace trámites en las instituciones públicas, normalmente te dan un plazo para recoger un documento. Estos plazos son estrictamente respetados por los burócratas, es decir, uno puede confiar plenamente en la puntualidad. Y la puntualidad es algo que tiene un valor real. Es verdaderamente incomprensible que en nuestra ciudad uno pierda demasiado tiempo ¡llegando puntual a sus citas!

Los latinos que van a vivir en Europa no llegan a entender el que la gente sea muy puntual incluso para las fiestas y reuniones sociales. Un retraso de quince minutos amerita una disculpa aunque se trate de una invitación para un bailongo.

Podemos poner muchos más ejemplos de respeto en otros lugares. Por supuesto algunos dirán que "eso es en Europa y Estados Unidos" o "no nos podemos comparar con países desarrollados", ¡Pamplinas! Eso no tiene nada que ver.

Como seres humanos civilizados, no necesitamos alcanzar un desarrollo económico para recién empezar a aplicar eso del respeto a nuestros semejantes. El desarrollo de una sociedad se mide sobre todo por el nivel de respeto y justicia social que se ha alcanzado. Y cuando hablamos de respeto a nuestros semejantes nos referimos también a no tirar papeles, plásticos o basura en las pistas y veredas, a no escupir en el piso, a ceder el paso, a respetar las normas de tránsito. Causa estupor cuando en nuestro país vemos que el peatón está obligado a correr para atravesar una calle. Entendámonos bien. Las reglas de tránsito se hacen sobre todo en función para la circulación de peatones y vehículos. Los privilegiados en las calles tienen que ser los peatones, no los autos ni motocarros.

Normalmente, cuando uno quiere hacer una fiesta en su casa, debe pedir por adelantado permiso a sus vecinos, hacerles saber que habrá bulla y música, más aun, a pesar del permiso no debe excederse en decibeles. En otros lados simplemente vas preso cuando abusas y perturbas demasiado la tranquilidad en el vecindario.

Existen varias formas de faltar el respeto: a nuestros semejantes, a la ciudad, al país, a la naturaleza, al patrimonio, incluso a tu familia.

Algunos ejemplos: no se debe obligar a los hijos a trabajar, eso está penado por ley; no se puede maltratar a los animales, ni siquiera se debe transportar gallinas colgadas de sus patas. En otros lados es multado severamente cuando no son transportadas en jaulas, incluso cuando van al matadero. No se puede hacer pintas en fachadas (atención con los políticos) ya que eso también está penado por ley ya que es una afrenta al patrimonio. No se puede talar árboles en una ciudad sin una debida justificación. No se debe golpear a los niños, menos a los de uno.

También uno falta el respeto a los demás cuando orina en la vía pública, cuando se estaciona en cualquier lugar, cuando se levanta la voz innecesariamente, cuando se calumnia, insulta o inventa chismes, cuando se acusa sin pruebas, cuando no se respeta una cola, cuando se promete y no se cumple. Esto de tener palabra merece un capítulo aparte. ¿Qué más puro y honesto puede haber de lo que sale de nuestras bocas? Mi palabra es lo que soy. Uno habla pensando y en este mecanismo interviene nuestra sangre, tripas, nervios, pulmones y todo. Entonces, si no tengo palabra o si tergiverso lo que digo, no tengo nada o no valgo nada. Un ser humano que se precia de ser inteligente tiene que ser coherente entre lo que piensa, dice y hace.

Desde hace unos años cada vez que se utiliza palabras como respeto, valores, principios y honradez parecería que estuviéramos hablando del baúl de la abuela. Sin embargo estas palabras son los verdaderos motores de una sociedad. Sin ellas, si no hacemos un esfuerzo en aplicarlas a todos nuestros actos, simplemente no iremos a ningún lado. Aunque tengamos plata.

21 julio 2008

¿QUIEN SHERETEA A QUIEN?

Por: Gino Ceccarelli.

(Imagen: Luna Verde, Gino Ceccarelli)

En Iquitos, a diferencia de otras ciudades y, dependiendo de los matices de la clase social a la que pertenecemos (o a la que aspiramos o nos ubiquemos), somos, por costumbre o machismo, shereteros per se. No se trata de una cuestión de género. Existen muchas formas de “acercamiento” o enamoramiento hacia el sexo opuesto muy ingeniosas y particulares, que desde hace unas décadas, a nuestra ciudad se la ha calificado (muy a pesar nuestro) como un paraíso del placer... sexual.

Es evidente que para los foráneos que llegan a Iquitos, el mito de las “charapitas ardientes” se convierte en una obsesión obligada y hasta “recomendada” en las noches tropicales de las que no todos salen airosos, y –orgullo obliga- recrean el mito, para tener que contar, -véase inventar- el fracaso o la no comprensión de los “códigos” loretanos del shereteo. Muchos visitantes, dejados llevar por ese mito, son aceptados y/o el rechazados por nuestras paisanitas, que nadie –machismo obliga- se atrevería a confesar a su retorno que, simplemente, no pasó nada (orgullo obliga).

El shereteo, más que una característica amazónica, es casi un modus vivendi. Y no nos referimos solamente a nuestra poca prudente y descarada manera de mirar, admirar y ciriar a las mujeres que se cruzan en nuestro camino (a pie o en moto).

En Iquitos los vacilones de fin de semana (en la que muchos de nosotros salimos de “caza”, por costumbre o por diversión), y tengamos plata o no, ir a un bailongo es casi sagrado; y que si sumamos todos los locales de fiestas que dan “diversión” los fines de semana en la ciudad (se repletan) se llegaría, sin exagerar, a 40,000 bailadores-vacilones-shereteros(as) obligados, aproximadamente...


Para ubicarnos en el planeta.

¿Por qué en las culturas que se forjaron en el cinturón del planeta (trópico, le llaman) la sexualidad está mucho más presente, cotidiana, desprejuiciada y desinhibida a diferencia de las sociedades nórdicas que la reglamentaron y censuraron con el correr del llamado progreso?

En todas las regiones tropicales del planeta, la sensualidad y la sexualidad se desarrolló, se idealizó y se recreó en formas estéticas excelsas, conviviales y cotidianas ya que debido al beneficio de un clima cálido y poco variable en el que no era necesario la dedicación extrema de trabajar-producir-acumular para obtener lo elemental para la subsistencia diaria y, la necesaria armonía social-ambiental, el imaginario erótico-sexual pasó a ocupar un espacio fundamental en estas sociedades y que, a diferencia de las culturas del hemisferio norte y de otras regiones en las necesariamente había que preparase para afrontar las estaciones difíciles del año. Trabajar-invertir-acumular ocupaba la mayor parte del quehacer en sacar provecho a los productos necesarios y elaborarlos para afrontar ingeniosamente los rigores climáticos y de la obligada energía para generar calor.


Volvamos...

Iquitos es una ciudad que se forjó (a pesar de la indiferencia, pereza y negligencia histórica del Estado) gracias al esfuerzo y tenacidad de algunos colonos, aventureros, comerciantes e idealistas que apostaron por el desarrollo, ya sea por intereses o ideales (y de la extracción de sus recursos naturales) y, como consecuencia, forjó una identidad (la tenemos) debido al aislamiento geográfico que (recién en los años cincuenta se integra al Perú oficial, gracias a la fuerza aérea del Perú), ha conservado ciertas normas y costumbres particulares...

(Estamos hablando del shereteo ¿no?)


Preguntas.

¿El aislamiento, la mixtura de razas y su geografia -entre otras particularidades- desarrolló en Iquitos esa sensual y deliciosa manera de enamorar o sheretear que se manifiesta en ese singular lenguaje directo-erótico-divertido-sincero?

¿El enamorar, conquistar, “atrapar”, fornicar y, al final, ignorar, (chau, no te he visto) estamos hablando del shereteo como hábito?

En Iquitos, ¿Quién sheretea a quién?

Dejarse sheretear (para las féminas) es una forma de aceptar, negar, “calentar”, dejarse invitar, cuándo invitar, etc., las convierte en “conquistadas”?

¿Son las iquiteñas muy diferentes a otras mujeres cuando “aceptan” o, “se dejan llevar” o, dicen NO al momento de ser asediadas si se comparan a otras mujeres de otras sociedades?


Si bien es cierto que las estadísticas nos golpean y esclarecen respecto a las maternidades no deseadas, (sobre todo en menores de edad), a la violencia familiar, a violaciones y que muchas depravaciones (terribles) son pan de cada día y a las que, lamentablemente nos hemos (mal)acostumbrado y no reaccionamos ante estas aberraciones sociales(no estamos hablando de clases sociales). Estos problemas y traumas cotidianos se dan en toda la ciudad, sin distinción social. ¿Estoy exagerando?

A diferencia de otras ciudades, en Iquitos no está muy marcado (cuando de divertirse se trata), las diferencias sociales. Cualquiera puede divertirse en los bailódromos populares y discotecas chic (disque) –siempre y cuando tengan para pagar la entrada y algunas chelas- (y una caleta para el hostal, por siaca), en las que las mujeres (chicas), son asediadas, de repente están en grupo (no garantiza nada), y, desde la adolescencia precoz, ya están preparadas para repeler o aceptar el acoso de algunos conchudos o angurrientos... Las iquiteñas, las que se exhiben, las que son asiduas a los bailongos, adictas a discotecas, y aunque algunas no beben y no se dejan invitar, están a la caza de un “buen partido” o de escoger una pareja circunstancial para justificar (o demostrar a sus amigas) que tienen el poder de elegir o escoger... cuando quieren y porque pueden...

Los hombres acosan pero son las mujeres que deciden.

Este ritual se repite desde hace muchos años, con sus modas, sus caprichos, con sus “exclusivos” que quieren marcar su diferencia, y con aquellos que los imitan... al final, a pesar de todas las estrategias y palabreos de los machos descarados, nuestras féminas son las que deciden, o no?

Hay muchos Iquitos, no vemos (o no queremos ver) que existen otros códigos, otro lenguaje popular en permanente evolución, otros conceptos culturales, otras y nuevas formas de enamoramiento (que menospreciamos e ignoramos), con sus gustos particulares, con una estética emergente y despreciada ya que nuestros referentes aun son (para una minoría, es decir, nosotros) “clásicos” y (aunque no lo queramos aceptar) alienados.

Entonces ¿De qué Iquitos hablamos? Cuando hablamos de nuestros amores y desamores. Nuestros códigos y referencias estéticas, nuestros valores y sufrimientos son –estadísticamente hablando- ridículos, como para poner “nuestros” valores culturales y estéticos como la referencia social.

¿Dónde estamos?

18 julio 2008

La luna negra de Matildo

Por: Gino Ceccarelli



Yo no lo creo, pero hay gente que asegura que algunos nacen con la “luna negra”. Esta es una manera de calificar a aquellas personas que tienen muy mala suerte o que su vida está llena de desaciertos, accidentes y penurias de toda índole.

Matildo nació en el seno de una familia muy pobre en Guatemala y desde muy joven su vida estuvo regida por todo tipo de desgracias. A los catorce años, sin ser travieso, ya tenía demasiadas cicatrices en el cuerpo por accidentes, algunos de ellos verdaderamente ridículos como romperse la cabeza jugando a quien tira más alto una piedra...

Un día se juró que tenía que cambiar de lugar para mejorar su suerte. Deseaba con vehemencia viajar por el mundo y todas las noches, antes de dormir, soñaba despierto con ciudades y lugares extraños.

Trabajó desde muy pequeño en cuanto trabajo se le presentaba (con accidentes y todo) y muy pronto se convirtió en un verdadero “mil oficios”.

A los quince años vio por primera vez un circo. Se quedó deslumbrado del espectáculo y de lo virtuosos que eran los trapecistas y payasos. Sin pensarlo dos veces decidió embarcarse en esa aventura. Le dieron trabajo como limpiador de jaulas a cambio solamente de un plato de comida al día. Esto no le importó ya que estaba acostumbrado a pasar hambre.

El circo se desplazaba por todos los pueblos Guatemaltecos, Salvadoreños, Nicaragüenses y por el sur de México. Se hizo amigo de todos los flacuchentos animales quienes, como él, también comían poco. De quien sentía desconfianza era de la leona.

Un día, creyendo que la leona dormía entró a su jaula para ponerle agua. El animal se despertó y de un salto se abalanzó sobre él, le puso sus patazas encima sin sacar las garras y se sentó sobre él con sus ciento cincuenta kilos y estuvo así como media hora. Matildo casi asfixiado, no atinaba a gritar por miedo a enfurecer a la bestia. Le leona le lamió la cara, le orinó, le cagó encima y se retiró a un lado a seguir durmiendo.

Pidió que le cambien de chamba. Le pusieron como ayudante de los trapecistas. Eso le encantaba. Todos los días, él solito tenía que templar y destemplar la red que servía para que los voladores no se estrellen contra el suelo si caían. Un día decidió probar. Se subió, se balanceó con temor en el trapecio, le gustó y, cuando se cansó, se dejó caer sobre la red. En algún lugar esta red tenía un hueco de cincuenta centímetros aproximadamente. Curiosamente, él pasó por ahí y se estrelló sobre la tierra rompiéndose un brazo y cuatro costillas.

Cuando sanó probó de payaso (el circo era tan pobre que los payasos trabajaban de civil). El dueño decidió darle una oportunidad para que demuestre su capacidad histriónica. Se trataba de un sketch en el que tres payasos se disputaban una banana y al final uno de ellos terminaba comiéndola. No lo hizo mal y los días fueron pasando, pero, ya había transcurrido como un mes y cada vez que actuaban eran los otros payasos que terminaban comiendo la banana y a él nunca le tocaba tragársela. Reclamó airadamente, ya era tiempo que le toque comer, que él también tenía hambre y que una banana era una banana, carajo. Los otros payasos tuvieron que aceptar pero, antes de la función tuvieron la paciencia de inyectar bastante ají molido con una jeringa en la banana. Ya se imaginan lo que pasó: lágrimas, alaridos y asfixia que el publicó disfrutó porque pensaba que todo ellos era parte del show y que Matildo estaba actuando.

Renunció al circo y se hizo zapatero. A las pocas semanas tenía los dedos de la mano destrozados porque a menudo le fallaba la puntería con el martillo. Se metió de obrero y una pared se le derrumbó encima, en otra construcción un chorro de soldadura le cayó en la espalda. Probó de guachimán, le dieron un perro y a los pocos días el mismo perro le atacó. Trabajando en una carpintería se rompió las dos piernas con unos tablones que le cayeron encima. Un tipo le dio trabajo como empleado en una tienda y a los dos días terminó en la cárcel porque su patrón era traficante de armas. En una playa mexicana un tablista le rompió la cabeza mientras nadaba y tuvieron que sacarlo del mar medio muerto. Una moto le atropelló en Managua, la ambulancia que lo llevaba al hospital chocó y se incendió; tuvieron que sacarlo a rastras del vehículo antes que se queme por completo y cuando por fin lograron internarlo todo magullado y quemado, los médicos apresurados le pusieron anestesia sin hacerle pruebas y tuvieron que resucitarlo con electroshocks. Pintando el segundo piso de una casa se rompió el andamio. Caminando por una vereda un árbol le cayó encima y cuando quiso trabajar en una granja, el primer día fue atacado por un enjambre de abejas asesinas.

Un día, también en Managua, por evitar una manifestación fue arrollado por un batallón de policías antimotines y una bomba lacrimógena le rompió la cabeza. Se metió de pescador y se cayó de la lancha cuando jalaba la red. Nadie se dio cuenta. Tuvo que nadar como dos kilómetros hasta una playa. Arreglando una lámpara en una casa se rompió la escalera: dos costillas rotas y la lámpara le cayó en la cara. Mirando un partido de fútbol en un parque le cayó un pelotazo que le rompió el tabique de la nariz y tres dientes. Quiso poner una bodega y consiguió que el banco le preste algo de plata. Un día antes de abrir, los ladrones le vaciaron el local. Le estafaban a menudo, no le pagaban y casi todos los cheques que llegaban a sus manos no tenían fondos.

Un día conoció una chica y se enamoró. A los pocos días, el padre de ella le metió una pateadura que lo mandó al hospital. Resulta que ella estaba embarazada de otro tipo y lo culparon a él. Cuando entró a Colombia lo metieron seis meses a la cárcel porque tenía los mismos nombres y apellidos que un guerrillero. En una calle de Tegucigalpa los hinchas de un equipo de Fútbol lo masacraron porque lo confundieron con un árbitro.

He conocido mucha gente en mi vida, pero nadie tan desafortunado como Matildo. Su cuerpo es un concierto de magulladuras y cicatrices. Cuando lo conocí y me contó su historia terminó diciéndome que no me contaba todo... que había mucho más.

Sé que se metió a un monasterio para tratar de tener una vida tranquila y sosegada, trabaja como jardinero. No quiere salir a la calle, nunca más.

13 julio 2008

SEGUNDA CARICATURA DE LA SUBASTA

He aquí la segunda caricatura de la Subasta Caricaturesca sobre el Anónimo (la primera correspondió a Gino Ceccarelli).Esta corresponde a nuestro colaborador Lando.


En los comentarios, está el precio base de esta caricatura. La subasta cierra de todas maneras hoy domingo a la medianoche.

¿Quién da más?

12 julio 2008

LA PRIMERA CARICATURA DE LA SUBASTA

He aquí, la primera caricatura de la subasta organizada para dibujar a un anónimo, que ha ido causando furor en este blog (de hecho es hasta el momento el post que más comentarios ha tenido en la vida de esta modesta ventana). Miren ustedes y verán el estilo y las características de lo que prevé el colaborador que ha realizado el aporte, Gino Ceccarelli. Quizás se pueda tener alguna opinión sobre los mensajes cifrados en el mismo. Hasta el momento es la única propuesta que ha llegado (la contrapropuesta de los concursantes cierra de todas maneras mañana domingo al mediodía).



Los precios siguen creciendo y será la más alta oferta la que sellará la oferta de la caricatura. Todos los precios seguirán actualizándose en el post Subasta caricaturesca en IQT hasta mañana domingo.

11 julio 2008

Olivio Putapara

Por: Gino Ceccarelli.



Siempre andaba retraído, no participaba como todos los demás niños del colegio en los frenéticos juegos a la hora del recreo. Nunca lo habíamos visto correr, ni saltar, ni hacer deporte alguno.

Olivio Putapara era un niño de cuerpo grande, inmenso como el de un adulto. Increíblemente musculoso y fuerte para su edad. Era también muy inteligente, tímido, hablaba poco y con la cabeza gacha. Sabíamos que pertenecía a una etnia nativa, sabíamos también que para venir al colegio se levantaba a las cuatro de la mañana y remaba por más de dos horas su canoa por el amazonas para llegar puntualmente y, de la misma manera, necesitaba casi el mismo tiempo para retornar a su casa que quedaba en alguna ribera de nuestro río.

Había cumplido doce años y medía casi un metro setenta de puro músculo, mientras que los demás que teníamos casi la misma edad no pasábamos del metro treinta. Recuerdo que alguna vez alguien le retó a que podía doblarle el brazo. Olivio se paró en medio del salón de clases, abrió los brazos en forma de cruz y ni siquiera entre varios pudimos moverlo, incluso nos divertimos colgándonos de sus bíceps como si fuera un árbol sin que él mueva un ápice de su cuerpo.

Una profesora nos confesó que sufría de gigantismo, de una alteración de la hipófisis. Nos habló de algo así como acromegalia, de su adolescencia precoz y de que su masa muscular se debía seguramente al trabajo en la chacra.

Cuando llegó el fin de año y tocaba hacer la última clase de educación física, el profesor colocó en el patio de recreo un taburete con una tabla de pique y una colchoneta. El ejercicio que tocaba hacer era simple: teníamos que correr hacia la tala de pique, saltar sobre él, impulsarnos, pasar por encima del taburete y caer sobre la colchoneta. Algo fácil para cualquier niño de nuestra edad. Más que un ejercicio, era un juego.

-¡Olivio! ¡Ven para acá muchacho!- llamó el profesor –Mira, durante todo el año no has hecho ningún ejercicio. Entiendo que tus padres no pueden comprarte uniforme de educación física y que a lo mejor te da vergüenza participar porque eres grande pero, si no hacer ejercicio hoy día me veré obligado a jalarte en el curso y no creo que quieras eso, ¿no?

Olivio le escuchaba con la cabeza baja.

-Lo único que te pido es que hagas el ejercicio de hoy para aprobarte y así evitarás recuperar en las vacaciones, además yo sé que vives muy lejos y no podrías venir.

-Ya pues, Olivio- empezamos a decirle todos los compañeros de clase –el ejercicio es facilito, solamente tienes que darte viada, correr, saltar y caer como sea sobre la colchoneta.

Algunos de nosotros le hicimos demostraciones de cómo era el ejercicio para terminar de convencerlo.

-No seas tonto, además tu eres fuerte y no va a pasar nada. Es un solo salto.

Lo convencimos.

Se quitó la camisa y quedamos impresionados de su musculatura, se quitó también los zapatos y se remangó los pantalones. Retrocedió y se puso a unos diez metros del taburete. Como nunca había hecho deporte dudaba de su capacidad de salto. Se alejó un poco más, no se decidía. Se volvió a alejar mientras que nosotros le gritábamos tratando de darle ánimo.

-¡Ya Olivio, corre! ¡de una vez! ¡ahora o nunca Olivio!

Se alejó una vez más y llegó hasta la puerta del corredor que estaba a unos cincuenta metros. Se agazapó, metió la cabeza entre los hombros y emprendió la carrera.

Ahí supimos que era tarde...

Parecía un toro en embestida. A grandes trancazos, con los ojos muy abiertos y a toda velocidad se abalanzó hacia el taburete. Hizo un pique perfecto que sonó como un golpe de comba. Pasó por encima del taburete, por encima de la colchoneta. Olivio literalmente volaba. Pasó por encima de nosotros. A unos cinco metros había seis motos estacionadas. Pasó también por encima de ellas. Seguía volando. Al fondo estaba una enorme pared de madera donde quedaba el depósito y la carpintería donde reparaban las carpetas malogradas. Atravesó la pared con un estruendo de rayo y (por fin) cayó sobre las carpetas y tablas destrozando todo lo que allí se encontraba. Unos segundos después la pared le cayó encima y se formó una enorme y caótica montaña de tablones y palos destrozados.

¡Se mató! Dijimos todos sin atinar a reaccionar.

Cuando las últimas virutas caían encima de ese caos y la polvareda se disipaba, unas tablas empezaron a moverse y de entre ellas pudimos distinguir un brazo, luego la cabeza de Olivio, su cuerpo y sus piernas, todo cubierto de aserrín, virutas y polvo.

Caminó lentamente hacia nosotros que estábamos estupefactos, pálidos y con las bocas abiertas. No podíamos entender como podía caminar o simplemente estar vivo después de tal golpe.

Olivio nos miró y cuando entendió nuestro desconcierto solo atinó a decir:

-¡Me he golpeado mi codo!

03 julio 2008

EL CONCHUDAZO

Por: Gino Ceccarelli.

(Imagen: Educima)

-“Pasajeros del vuelo número 246 con destino a la ciudad de Lima, sírvanse abordar el avión...” se escuchó claro y fuerte en los altoparlantes del aeropuerto. Todos los pasajeros que estábamos en la sala de espera nos apuramos en hacer la cola para embarcarnos al avión y sentarnos en nuestros respectivos asientos.

Me sentía triste y nostálgico de dejar Iquitos. Había regresado después de dieciséis años y, valgan verdades, la había pasado muy bien. Vine invitado para realizar una exposición de mis pinturas en mi tierra y fue delicioso reencontrarme con amigos después de muchísimos años. Había estado un mes y era hora de regresar a París, donde vivía en ese entonces, ya que tenía otros compromisos.

Cuando estuve entregando mi ticket de embarque a la aeromoza, escuché a través del altoparlante: “Se necesita con suma urgencia al señor Gino Ceccarelli en hall del aeropuerto”. Me quedé frío al escuchar mi nombre; el avión estaba a punto de partir. Le dije a la aeromoza:

-“Yo soy Gino Ceccarelli y me están llamando...”
-“Apúrese señor, sino va a perder el avión. Vaya a la salida y le dirán qué hacer”.

Corrí hasta la puerta de ingreso, le expliqué al hombre de seguridad que me estaban llamando con urgencia; me pidió mi ticket y me dijo que me apresure. Salí sudando y nervioso.

-“¡Gino, ñañito! ¿Cómo estás?”

Se trataba de Eulogio, un no muy joven carpintero que había confeccionado los bastidores para mis cuadros que se expusieron en Iquitos. Demás está decir que esos bastidores estuvieron mal hechos, con madera húmeda, chullalados, con clavos que salían por todos lados y descuadrados, lo que motivó mi airado reclamo por ese pésimo trabajo. Igual tuve que utilizarlos por razones de tiempo y pagarle porque, según me dijo, no tenía qué comer...

Eulogio abrió los brazos y con una sonrisa se acercó diciéndome:

-“¡Vengo a despedirte ñañito!, te deseo buen viaje y... préstame cien soles...”

Yo no sabía si reírme o agarrarlo a patadas. Estaba acompañado de un muchacho que lo miraba severamente.

-“El es el motocarrista que me trajo, necesito que además me des diez soles para pagarle por el ida y vuelta ...”

Yo no podía entender tanta conchudez, Eulogio me sacó prácticamente del avión para ¡picarme plata! Seguía sonriendo y me dijo:

-“Si no tienes cien, dame aunque sea ochenta soles; pero lo del pasaje es aparte, ah?”

Miré alrededor de mí por si había algún periodista o mucha gente, ya que tenía ganas de revolcarlo por todo el aeropuerto. Respiré fuerte, tratando de calmarme.

-“Fíjate Eulogio, lo que estás haciendo...”
-“Disculpa que te interrumpa Ginito, quería felicitarte por tus pinturas, son maravillosas y mi mamá te manda muchos saludos...”
-“¿¡......!?”

Recordé que el avión estaba a punto de partir. Decidí no hacerle caso, di media vuelta y regresé apurado para embarcarme.

-“¡Aquí te espero!!” gritó mientras me alejaba.

Regresé a Iquitos a los cinco meses, esta vez venía sólo a divertirme. Al tercer día me lo encontré en la calle.

-“Me cagaste ñañito”- me dijo muy suelto de huesos –“yo pensé que éramos amigos”

-“No seas sinvergüenza Eulogio, yo no tengo ninguna obligación en darte dinero”.

-“¿No entiendes que no tengo trabajo?, apóyame hermanito, no tengo para comer...”

Eulogio me agotaba, traté de entender su problema y con el fin de deshacerme de él, saqué veinte soles de mi billetera y le entregué con fastidio. Estuve a punto de dar media vuelta para irme. Él contó el dinero, levantó el dedo índice y en el colmo de la conchudez me dijo:

-“Gracias, ¡pero que conste que me debes ochenta soles todavía...!”

No quiero recordar lo que le dije... sólo sé que nunca más me buscó para “darle” plata.

26 junio 2008

ELOGIO DE NUESTRAS FRUTAS

Por: Gino Ceccarelli



En nuestra tierra tenemos el privilegio de tener tal variedad de frutas silvestres y domesticadas que durante todo el año, de acuerdo a la época, podemos disfrutarlas y devorarlas sin caer en el empalagamiento.

Una de las frutas más deliciosas y sensuales que existen es sin duda el caimito. De piel tersa y pulpa dulcísima y pegajosa que los amazónicos desde siempre hemos relacionado con los senos de la mujer. Comerlo es todo un acontecimiento. Hay que abrirlo con suavidad para luego meter los labios en su jugosa vulva (con cierta prisa antes que se oxide) para dejarse llevar por su inconfundible sabor exótico y sensual. Hay de los que prefieren degustarlo con cuchara para evitar que su savia se les pegue en la boca (no saben lo que se pierden).

El zapote, de cáscara recia y pardusca es un manjar digno de los dioses (amazónicos) que al abrirlo, un olor perfumado y único invade nuestros sentidos. Para degustarlo hay que meterse en la boca enormes trozos donde siempre habrá una semilla. Su pulpa de color amarillo-naranja invita a comerlo en las tardes, frente al río, sentado sobre un tronco.

Frente a mi ventana existe un frondoso árbol de pomarrosa donde una gran variedad de aves y mariposas comen sus frutos grandes y maduros provocando la envidia natural de mi paladar. Deben estar deliciosos. Su pulpa algodonada y jugosa a la vez, se deshace en la boca. Pruébenlo en las mañanas después de la ducha y el día se pondrá mejor.

Nuestro pijuayo tienen un tronco que prohíbe acercarse. Bajar un racimo de la palmera es toda una aventura. Existen de casi todos los colores y tamaños. Nuestros paisanos aun no se ponen de acuerdo en cuál es la más deliciosa. Yo prefiero los grandes amarillos acompañados de ají con cocona, sal y una pizca de culantro. Curiosamente a esta fruta hay que cocinarla. Gran alimento y el masato que se hace a partir de él, es sabroso, sobre todo cuando cae la tarde y está lloviendo

Cómo no voy a hablar del aguaje, nuestra fruta bandera. De aspecto extraño, escamoso, brillante, con una semilla que ocupa gran parte de él, de carne aceitosa y un sabor único. Muchos hombres y mujeres de la región son verdaderos angurrientos del aguaje. No pueden pasarse más de dos días sin comerlo. En Iquitos consumimos ¡veinte toneladas diarias! aproximadamente. El helado que se hace es de los mejores del mundo, así como la cremolada y la inconfundible aguajina.

La guaba cuando es muy dulce puede convertirse en una droga. Llega a ser difícil parar de comer (yo mismo tuve un gran empacho alguna vez). Esta fruta larga que puede llegar a medir hasta un metro y medio. El shimbillo trae sus semillas en forma paralela, de sabor parecido y no se ve mucho últimamente en los mercados. El casho de sabor dulce y ligeramente astringente hay que comerlo cuando está bien maduro sino puede resultar "patco" al paladar.

Casi ya no se ven charichuelos, el de cáscara suave. Cuando niño gané una competencia, llegué a comer sesenta y trés. Así como el limón chino, tan ácido que se te paran los pelos. Antes las mujeres embarazadas comían con sal hasta que se les partía la lengua.

Los uvos de sabor penetrante y sensual, la uvilla hay que disfrutarla comiendo despacio, al ungurahui se le degusta mejor en refresco, sobre todo cuando adquiere color del chocolate. Nuestras piñas y sandías regionales son las más jugosas del mundo, la yarina de aspecto feo y sabor agradable que necesita machete para encontrar su vulva, el parinari más empalagoso que el mango, la chambira, coco minúsculo que también necesita machete, el humarí que se come como mantequilla, la taperiba que nos descubre una semilla agresiva, el huito de sabor agridulce, medicinal que cuando está macerado es casi un perfume.

El sachamango, el tumbo, la guayaba, la carambola, la mullaca, el huasaí, el maracuyá, el lechehuayo y tantas otras frutas más que existen en nuestra región consituyen un patrimonio de sabores de los que todos deberíamos estar orgullosos. Un festival de frescura a degustar todos los días del año.

20 junio 2008

MUJERES

Una recopilación de: Gino Ceccarelli

A Guadalupe Muñoz



LLamar a las mujeres « sexo débil » es una difamación ; es una injusticia del hombre hacia las mujeres. Si de fuerza bruta se trata, es bien cierto que la mujer es muy superior al hombre. Si la No Violencia es la ley de la humanidad, el futuro pertenece a las mujeres. Quién puede sacudir y conmover el corazón de los hombres con más eficacia que las mujeres ?
Gandhi

Cuando una mujer te habla, sonríele y no la escuches.
Ly-Kin, El libro de los ritos

Ser bella y amada, eso es una mujer. Ser fea y saber hacerse amar, esa es una princesa.
J. Barbay D’Aurevilly

Las mujeres van tras de los locos; ellas huyen de los sabios y sensatos como si fueran animales venenosos.
Erasmo, Elogio de la Locura

Las mujeres son el alma de todas las intrigas, deberíamos relegarlas a sus hogares, los salones de gobierno deberían estar cerrados para ellas.
Napoleón.

Las mujeres son de extremos : ellas son mejores o peores que los hombres.
La Bruyere, Los Caracteres

Digamos que, la mujer es, de alguna forma, Dalila.
A. de Vigny, Los destinados

Las mujeres no son otra cosa que órganos genitales articulados y dotados de la facultad de gastar todo el dinero que uno posee.
W. Faulkner, Mosquitos

El carácter de la mujer, sin excepciones, se encuentra entre dos polos : el amor y la venganza.
Lope de Vega

En la tierra y el mar encontramos una gran cantidad de animales feroces, y entre todas, la mujer es la bestia más feroz.
Menandro

Esfinge, Hidra, leones, viperas, ¿qué son estas cosas ? ¡Nada delante de la espantosa raza de las mujeres !
Anaxilas

La Moda existe para las mujeres sin gusto, la Etiqueta para las mujeres sin clase.
María, Reina de Rumanía

Entre el Sí y el No de una mujer, no hay espacio para un alfiler.
Cervantes, Don Quijote.

Yo amo la compañia de la mujeres, amo su belleza, amo su delicadeza, amo esa vivacidad y amo sus silencios…
Samuel Johnson.

Las mujeres serían mucho más maravillosas si pudiéramos caer en sus brazos sin caer en sus manos.
A. Bierce, Epigramas

14 junio 2008

Los llullamperos de Ginebra

Por: Gino Ceccarelli.



Detuve el auto en el semáforo de la esquina del Boulevard de Belleville y la rue Tlencem, a pocas cuadras de mi casa. Al lado izquierdo también paró una camioneta blanca que sin razón aparente empezó a tocar el claxon. Cuando miré el impertinente que hacía ruido por gusto, vi a Héctor Wong en el volante que me hacía señas para estacionarnos. Quería decirme algo.

Héctor, iquiteño como yo, vivía en París desde hacía ya una década y se ganaba la vida importando productos peruanos como cervezas, Inka Kola, Sublime, condimentos y otros, que vendía a algunas tiendas, restaurantes y bares peruanos y latinoamericanos.

-¡Hola paisano!- me dijo abrazándome -¿cómo va la pintura?

Me contó que también estaba vendiendo sus productos en Ginebra (Suiza), que le estaba yendo bien y quería regalarme una caja de chelas.

Hablamos un poco de todo y en algún momento de la conversación recordamos la comida loretana.

-¿No extrañas nuestros platos?- preguntó.
-Por supuesto que sí- le dije -pero por sobre todo extraño nuestro delicioso ají charapita.
-¿En serio? ¿Sabías que en Ginebra hay un pata que se llama Fan (Juan), tiene un restaurante que le puso “Amazonía" y que él trae ají charapíta para sus platos?

Nos despedimos. Era Agosto, hacía calor en París y yo tenía ganas de salir de la ciudad. La tentación de ir a Ginebra para pasear un poco y conseguir nuestro delicioso ají empezó a darme vueltas en la cabeza.

A las cuatro de la tarde tomé la decisión. Metí algo de ropa en el carro, cogí mi pasaporte y emprendí la ruta hacia el sur. A eso de las nueve de la noche atravesé Lyon y comencé a subir los Alpes rumbo a mi destino: la tranquila y bella Ginebra. Llegué a eso de la medianoche, me instalé en un hotel frente al lago, comí algo y descansé.

Al día siguiente después de visitar una galería fui a buscar al famoso paisano que tenía el restaurante (y el ají). Héctor me había dado la dirección de su casa, pero cuando llegué, el número en la calle no correspondía, es decir, yo tenía apuntado el 14 y solo había el 10 y luego pasaba al 18. Me quedé parado en la calle pensando en qué hacer para justificar mi viaje, cuando de pronto vi a un tipo que caminaba erguido, con los brazos colgados y con aire de total despreocupación. Caminaba como amazónico.

-Debe ser él- me dije. -¡Juan!- le grité. El tipo volteó la cabeza hacia mí y se acercó.
-¿Quién eres, oy?- Tu cara me es conocida...
-Me llamo Gino Ceccarelli, iquiteño y vivo en París.
-¿Tú eres el artista? ¡Qué bacán! Justo estoy viniendo a mi casa a recoger las llaves de mi restaurante. Vamos para allá. Te invito un ceviche.

Cuando le pregunté si tenía ají charapita, me respondió que se le había acabado pero que tenía rocoto...

El restaurante quedaba en las afueras de Ginebra, en un segundo piso. La decoración era sumamente huachafa. Sus paredes estaban pintadas con murales de escenas amazónicas, tarrafas, redes y carachamas disecadas colgaban del cielo raso, así como flechas, pucunas y mariposas de palo. En el bar habían telas andinas, huacos, remos pintados. Guirnaldas y serpentinas completaban el decorado. Vendían algunos platos regionales y peruanos, y al trago estrella le denominaron el “coctel de los incas” que no era otra cosa que vodka con maracuyá.

-¿Sabías que tenemos una asociación llamada Amazonía que está conformada por loretanos? Espérate un ratito, les voy a llamar para que vengan.

Hizo algunas llamadas y muy contento me dijo que iban a venir algunos paisanos socios.

A los veinte minutos empezaron a llegar varios carros, algunos lujosos y otros menos. Algunos paisanos llegaron caminando. La paisanada era variopinta. Desde rostros típicos, casharos, mestizos y algunos con pinta europea. Al final éramos una docena de loretanos bebiendo y recordando la tierra.

Cuando habíamos bebido la mitad del bar, uno de los paisanos jaló su silla, se sentó a mi lado y me dijo:

-Oy' cholo, te voy a confesar algo pero no se lo vayas a decir a nadie.

Empezó la “mentiroseada” regional.

-¿Sabes? Yo estuve saliendo durante tres años con la Carolina de Mónaco. Te lo juro por Dios. Hace seis meses terminé con ella, me aburrió esta cojuda, es demasiado frívola. El problema es que me anda acosando y no se que hacer... me llama todo el tiempo, al punto que cada semana cambio de celular, pero ella no sé como hace, encuentra mi número y no para de llamarme. ¿Qué consejo me puedes dar para que ya no me busque esa dañada?

Evidentemente, no supe qué decirle ante tamaña mentira.

Otro paisano jaló su silla.

-Llegué hace dos semanas de nuestra tierra. Estuve monteando por el Shanaya y ¿sabes qué? De pronto se me apareció un lagarto negro de ¡diecinueve metros y medio! Me comenzó a perseguir, sus colmillos eran del tamaño de mi machete, su cabeza más grande que una camioneta y su lomo era de casi tres metros de alto. Le metí retrocarga y nada, seguía avanzando el animal y lo que hice fue esconderme detrás de un árbol y cuando pasó, salté encima de su cabeza, le clavé mi machete en su ojo izquierdo moviéndole para llegar hasta su cerebro. Pegó un bramido y se murió el gran puta.

Miré al llullampero y casi exploto de risa en su cara.

Se acercó otro. Parecía que hacían turno como si fuera un concurso de quién miente más.

Este fulano me contó que tenía más plata que Atahualpa. Dijo que era accionista de cuatro bancos Suizos, once supermercados y tenía tres yates de ochenta pies cada uno que estaban en Grecia y Australia.

Y así sucesivamente. Todos fueron desfilando. Al final yo también tuve que mentir. ¡El que contaba verdades quedaba como un cojudo!

Llegó la medianoche, el local estaba lleno, sobre todo de suizos y a esa hora el restaurante típico se convertía en una discoteca de música tekno. Ritmos frenéticos y luces giratorias se combinaban con carachamas serpentinas y tarrafas. Con los tragos que teníamos encima mas todo ese cambalache, era como estar en un vuelo de ayahuasca.

A eso de las tres de la madrugada mi cuerpo quería descanso. Al momento de despedirnos, el más dañadito del grupo, que casi no había hablado en todo ese día y al que no le había escuchado una sola mentira, me dijo:

-¿Tienes cómo regresar a París?

-Sí- le dije –vine en mi carro.

-Porque sino le puedo decir a mi chofer que te lleve al aeropuerto y te embarque en mi avión privado. Qué pena que te movilices en auto...

09 junio 2008

LA DANZA DE LOS PAVOS

Por: Gino Ceccarelli


Hacia mediados de 1926, provenientes del puerto de Génova, llegaron a Buenos Aires dos jóvenes primos italianos en busca de fortuna, huyendo de las miserias que había dejado la primera guerra mundial en Europa. Se habían embarcado en la aventura de comenzar una nueva vida en América.

El puerto bonaerense hervía de actividad. Todos los días cientos de inmigrantes de todas partes del mundo desembarcaban en búsqueda de hoteles baratos e inmediatamente se ponían a buscar algún trabajo, el cual lo realizaban con mucho entusiasmo, fruto de sus evidente necesidades económicas.

Decio C. y Orlando Orlandi eran los primos italianos que habían llegado anónimamente una mañana después de un viaje azaroso por las aguas del Atlántico. Orlando era ya un adulto y debía cuidar de Decio, que era aun menor de edad.

A los pocos meses ya entendían perfectamente el español y trabajaban de obreros en fábricas. Al año, Decio se independizó y puso una surtida bodega. Poco a poco se fueron separando, se independizaron debido a las distancias de sus centros laborales y a los pocos años la comunicación era esporádica hasta que se perdieron el rastro.

Pasaron como cinco años y un día llegó un circo a Buenos Aires. Como todos los circos que llegaban a las ciudades, promocionaban su espectáculo desfilando por las calles en coloridas comparsas. Decio salió a la calle cuando escuchó la banda de música que encabezaba el desfile. Vio payasos, trapecistas, malabaristas, enanos, elefantes y sendas jaulas donde había leones, tigres de bengala y en la última, la que causaba mayor curiosidad y que era seguida por cientos de niños, había negros... pero lo que con mayor énfasis anunciaba el presentador del circo con un megáfono era el espectáculo más grandioso del que el circo se enorgullecía de anunciar. Era nada menos que “la danza de los pavos”, la cual era dirigida por el famoso domador de aves ¡Don Orlando Orlandi!

Decio paró la oreja ¿Sería su primo o era un homónimo? Decidió acudir al circo esa noche para cerciorarse. Tuvo que forcejear duro y casi trompearse para conseguir una entrada. El circo era un éxito y la famosa danza de los pavos era una atracción que nadie quería perderse.

Empezó la función. Malabaristas y trapecistas se lucían, los payasos hacían de las suyas, los elefantes pasaron acompasadamente, los tigres y leones rugían asustando a los niños, a los pobres negros los amarraban y los payasos les tiraban pasteles y pelotas de jebe ante la risotada general. La función continuaba y llegó un momento que el público comenzó a desesperar ya que lo que querían ver era la tan mentada “Danza de los pavos” ¿Cómo era posible que alguien haya logrado hacer bailar pavos? se decían todos, pues era conocido que estos son los animales más brutos que existen...

La actuación de los enanos equilibristas tuvo que ser suspendida ante el reclamo de los asistentes que pedían a coro “¡los pavos, los pavos!”

Se apagaron las luces por unos minutos, mientras el presentador anunciaba con voz grave y entusiasta que iban a apreciar el más grande espectáculo jamás visto en Argentina, “¡¡LA DANZA DE LOS PAVOS DE ORLANDO ORLANDI!!”. Se escuchó un redoble de tambor y cuando prendieron las luces el joven Don Orlando (¡el primo de Decio!) apareció con un acordeón entre sus manos y una docena de pavos que eran acarreados hacia el centro del coso con piso de aserrín. Una vez en el centro, Orlando empezó a tocar una tarantela (música italiana típica y festiva) y los pavos comenzaron a moverse levantando las patas y agitando las alas. ¡Los pavos bailaban! El público aplaudía a rabiar y los pavos seguían bailando al ritmo desenfrenado de la música que salía del acordeón de Orlando. Todo un éxito.

Cuando terminó la función, Decio fue a buscar a su primo para felicitarle por el espectáculo, contento de encontrarlo y saber que estaba triunfando en la vida y –por supuesto- con deseos de preguntarle cómo había logrado hacer bailar pavos.

El encuentro fue emotivo y después de preguntarse mutuamente un poquito sobre la vida de cada uno, vino la pregunta de rigor:

-¿Cómo hago bailar pavos? Te voy a confesar la verdad. Cuando apagan las luces colocan en el coso unas planchas calientes de calamina que cubren con aserrín; los pavos cuando ingresan allí se queman las patas y las levantan para aliviar el dolor, lo único que me queda por hacer es tocar el acordeón al ritmo que levantan sus patas. Lo más interesante de todo esto es que me estoy volviendo rico gracias a una docena de pavos que ni siquiera me cobran...

02 junio 2008

AMIGO, COMPADRE, PADRINO

Por: Gino Ceccarelli



Miguel B. Y el "gordo" Ponte, eran amigos desde la infancia. Limeños y criollazos, nunca vivieron a más de cien metros, se veían casi todos los días, se visitaban con mucha frecuencia y eran compañeros de mil y una aventuras. Una amistad de acero de cuarenta años.

El "gordo" Ponte, se casó un poco mayorcito, cuando nació su hija estuvo tan feliz que se pegó una borrachera de dos meses. Es evidente que el padrino elegido no podía ser otro que su "hermano" Miguel.

Cuando la niña iba a cumplir su primer añito, el padrino le dijo al gordo: "¡yo mismo soy!", "No te preocupes compadre, yo me encargo de todo: regalos, torta, orquesta, payasos, piñata, mozos, buffet, fotógrafo, filmaciones, gaseosas, refrescos y harto trago para la fiesta. Tú invita a todo el mundo, los gastos corren por mi cuenta. Ese día yo llego con todo" sentenció. El gordo infló el pecho de alivio y de orgullo por tener un compadre fuera de serie.

Llegó el día del cumpleaños. Los Ponte, en la víspera, se pasaron toda la noche limpiando y arreglando la casa para que los doscientos invitados puedan estar cómodos y se lleven una buena imagen. A las tres de la tarde empezaron a llegar familias enteras, a las cuatro, la casa y el patio estaban repletos de gente. Niños de todas las edades gritaban, corrían y jugaban atropellando todo lo que encontraban a su paso mientras que sus padres se distraían conversando, esperando el primer trago.

¿Y el padrino y sus promesas? Se preguntará usted amigo lector. Ni rastros. El gordo Ponte no se despegaba de su teléfono celular, nervioso y sudando trataba de ubicar a su compadre y gran amigo de toda la vida. Llamó a su casa, a todos los conocidos, familiares y amigos comunes para tratar de encontrar a Miguel, mientras que su esposa, incómoda de no poder ofrecer nada, sólo atinaba a saludar y sonreír bobamente a las visitas que no entendían lo que estaba pasando.

A las cinco de la tarde la situación se puso crítica. Nadie sabía nada del padrino y como es lógico, tampoco había torta, ni payasos, ni músicos, ni fotos, ni gaseosas, ni tragos, ni piñata, ni regalos, ni buffet, ni siquiera gelatina.

El gordo tuvo que salir corriendo a la bodega de la esquina a comprar gaseosas para más de cien niños que pedían algo para beber. Se llevó también Chizitos, chips y otras cochinadas para llenarles la panza, un panetón que ofició de torta y consiguió una caja de cartón grande donde se metió y del que salió gritando "¡El regalo soy yo!", "¡Japiverdey!", finalmente -muerto de vergüenza- tuvo que hacer una colecta entre los padres de familia para poder comprar algunas cervezas.

Esa noche el gordo lloró de rabia y de vergüenza. Su gran hermano le había fallado. Eso jamás se lo hubiera imaginado.

Al día siguiente tampoco tuvo noticias del compadre. Fue al tercer día que apareció Miguel, tocó el timbre de la casa (relajado y silbando) y cuando el gordo abrió la puerta y vio a "su compadre" (en realidad veía una cucaracha) levantó los brazos en ademán de querer ahorcarlo y le gritó: "¡Eres una basura!" "¡¿Cómo te has atrevido a hacerle esto a mi hijita, sobre todo en su primer cumpleaños?!" Miguel lo miró extrañado y levantando una ceja le contestó: "aguanta el carro compadre ¿Y quién crees que le pagará la universidad?
"

28 mayo 2008

¡VOY A VER A MI BRUJO...!

Por: Gino Ceccarelli.

(Imagen: Imaginaria)


-“Tengo que ver a mi brujo para que me diga lo que tengo que hacer”.

Es la frase que solemos escuchar de Robespier Huansi cada vez que le asalta una duda o se le presenta un problema en la vida. Su existencia está regida por los consejos, purgas, dietas, ayahuasca, tohé, camalonga, baños de florecimiento, “limpiezas”, ayaúmas, rezos, perfumes, puzangas, plantas curativas, brebajes de todo tipo, amuletos, oraciones y todas las recomendaciones habidas y por haber que le dan los chamanes, curanderos y charlatanes que abundan por toda la selva amazónica. Robespier es de los que llamamos, un hombre de fe.

Hace unos años fue a visitar a un brujo que decían que era muy bueno y que vivía cerca de Balsapuerto. Necesitaba consejos y todo lo que hacía falta para lograr reconciliarse con una muchacha en Yurimaguas.

-“Dígame Don Florencio, ¿usted cree que puede hacer que ella me perdone?”
-“Claro hijo, pero tendrás que quedarte unos días, y verás que cuando regreses a Yurimaguas ella te va a perseguir. Yo no fallo”.

Don Florencio vivía con su mujer y con una hija de quince años quienes le ayudaban en la casa y a cuidar a los pacientes durante las sesiones de ayahuasca. Robespier no tardó en ponerle el ojo encima a la hija del brujo. Al principio hubo un intercambio de miradas, luego de risitas cómplices. Al tercer día nuestro personaje le mandaba piropos y le lanzaba algunas insinuaciones que la muchacha devolvía con sonrisas maliciosas.

A pesar de la dieta severa que le impuso Don Florencio, entre las que estaba la abstinencia sexual, Robespier no resistió a la tentación y una noche gateó hasta el cuarto de ella para “juguetear” cuando sus padres se habían dormido. Lo que no sabía es que la muchachita era una verdadera escandalosa cuando se excitaba. Sus gemidos y gritos de placer fueron tan fuertes que el brujo y su mujer se despertaron y los descubrieron en plena faena sudorosa.

-“¡Ahora si que te jodiste, carajo!”, “¡Por abusivo y confianzudo te voy a dejar sin tu pico!”

Robespier se vistió a toda prisa y salió asustado hacia la trocha con dirección a Balsapuerto. Se sentía aliviado que Don Florencio no le había golpeado. La amenaza del brujo no le preocupaba en ese momento. Caminó como veinte minutos en la oscuridad para llegar al pueblo y buscar un lugar donde dormir. Era imposible que se quede en el tambo que le había facilitado el brujo.

Cuando llegó al pueblo vio un lugar donde todavía no habían apagado los lamparines. Era un bar que se mantenía abierto ya que unos borrachines no se iban. Habló con la dueña y le ofreció dinero a cambio de que le dé un espacio para dormir esa noche. La propietaria le recibió los tres soles y le dijo que podía dormir en el depósito sobre los costales de arroz. Cuando fue a la huerta para “pishir” y se abrió la bragueta, no encontró la pieza que servía para ese fin. ¡No había nada! Angustiado regresó corriendo al bar.

-“¡No está!”- gritaba –“¡No le hallo a mi ullo!”, “¡El gran puta me robó mi gualdrapa!”, “¡Ya me jodí!, ayúdenme, por favor!!”

Los borrachitos no entendían sus desvaríos y la dueña del bar lo botó a la calle por hacer escándalo y mostrar su bragueta.

Cuando regresó al tambo de Don Florencio para pedirle perdón, éste le obligó a trabajar en la chacra por una semana para devolverle lo que le había quitado.

A pesar de ésta desgracia, Robespier siguió visitando curanderos por donde iba, incluso lo hacía para curarse de sus resfriados.

Hace un par de semanas lo encontré por la calle. Me contó que estaba peleado con su mujer y que había acudido donde un chamán boliviano que hacía propaganda en la televisión. Le habían contado que hacía “amarres” en cuatro horas. Necesitaba que le ayude a reconciliarse con su esposa.

El chamán le hizo arrodillarse, repetir palabras y frases incongruentes, rezó como nueve Padre Nuestros, la pasaron la mano y varios huevos por su cuerpo, le escupieron con aguardiente alcanforado, le golpearon con shacapas y ruda, le cantaron plegarias extrañas y ya. Ah!, le cobraron cuatrocientos nuevos soles.

Cuando salió de la “sesión”, esperó cuatro horas y media para así dejar que el “amarre” haga su efecto. Se cambió y se fue todo elegante al colegio donde trabaja su esposa para esperar que salga y reconciliarse con ella. Su mujer salió puntualmente acompañado de otras maestras.

-“¡Pssst, pssssst!!”- le hizo cuando pasó cerca. Ella volteó la cabeza y abrió los ojos cuando le vio. Robespier se acercó con una sonrisa en los labios.

-“Hola mi amor”- le dijo con seguridad y alargando sus brazos para el abrazo.

-“¡¿Qué quieres desgraciado?!”, “¡Lárgate antes que te golpee, pedazo de sinverguenza!”

-“Pero mi amor...”- y continuó en su afán de abrazarla.

-“¡Qué amor ni qué ocho cuartos, déjame tranquila adefesio de mierda!”- y empezaron a caerle puñetes, carterazos, rasguños y lapos al pobre que no tuvo otro remedio que partir a la carrera del lugar debido a la risotada general de los maestros y alumnos que salían del colegio.

Regresó a ver al famoso chamán.

-“Oiga señor, su amarre de cuatro horas no funcionó”.

-“¿De veras?, entonces tienes que pagar otros cuatrocientos soles para que sea más potente el efecto”- le dijo el charlatán.

Bajando la cabeza terminó de contar su historia y me dijo:

-Dime amigo, ¿tú crees que debo pagarle?.

24 mayo 2008

AMOR A LA MEXICANA

Por: Gino Ceccarelli




Hubo un tiempo que mi corazón estuvo por México. Varias veces al año aterrizaba en el D.F. para pasar temporadas con mi amada de ese entonces en lugares bellísimos como Cancún, Puerto Vallarta, Acapulco, Valle de Bravo, Cuernavaca o Guanajuato. De la misma manera nos citábamos en otros lugares del mundo como Grecia, Egipto, España, Italia o el Valle del Urubamba en el Cuzco. Fue un amor planetario, intenso y muy divertido.

Yo radicaba en París y ella en México. Nos conocimos en Lima en una reunión, nos sonreímos y ambos supimos que debíamos estar juntos. Ella estaba de paso hacia el sur del continente y yo hacia el norte. A partir de ese encuentro nuestras vidas se ligaron en encuentros extraños y maravillosos. Nunca planificamos, simplemente levantábamos el teléfono y nos citábamos en algún aeropuerto. Nunca nos fallamos. Dejábamos todo lo que teníamos que hacer para vernos y disfrutar de la vida y de nuestras vidas.

Recuerdo que un día la llamé y le dije: “Nos vemos mañana a las seis de la tarde en el Aeropuerto de Atenas, chau.” Efectivamente viajé a la capital de Grecia y a las seis en punto nos ubicamos en la sala de espera. Entre besos y risas me peguntó: “¿Y ahora qué, pinche Gino?”, yo le contesté: “vamos a hacer degustación de aceites de oliva en las islas griegas”. Fueron veinte días que recorrimos varias islas degustando aceites en los olivares y disfrutando de playas y frutos del mar.

En otra oportunidad me encontraba en Brest, ciudad al oeste de Francia donde expuse mis cuadros. Era febrero, hacía mucho frío y llovía. Había una feria gastronómica de varios países y entre la gente vi a un grupo de mariachis que amenizaban un stand mexicano. Me acerqué, hablé con ellos, nos pusimos de acuerdo y desde mi celular llamé a mi amada.
- “Hola corazón, ¿qué hora es y si estás parada o sentada?
- “Son las diez de la mañana y estoy parada”- me dijo.
- “Mejor siéntate porque te tengo una sorpresa”.
- “¿Cuál?”
- “¡Serenata para ti! ¡Arranque maestro!”

Los mariachis empezaron a tocar y a cantar un bolero a través de mi teléfono bajo el cielo gris y lluvioso de Brest hasta la cálida y soleada capital mexicana. Ella pensó que se trataba de un disco y le pedí que pida la segunda canción para cerciorarse que no era así. “Que toquen Cielo Rojo” pidió con la voz entrecortada. Los mariachis siguieron tocando (también se emocionaron) hasta que se agotó la batería de mi teléfono. Esa noche, con los músicos nos emborrachamos a la mexicana: a tequilazo limpio.

Al mes siguiente hice una exposición en una galería de Madrid, y para mi sorpresa, el día de la inauguración recibí un enorme ramo de rosas amarillas (sus preferidas) que me enviaba desde México.

Paseos en velero por el Caribe, buceo en Cancún, bañarnos en las noches bajo la lluvia fría en el Valle del Urubamba, helados en Venecia, tintos de verano en los Pueblos Blancos de Andalucía, saltos en paracaídas en Miami, paseos a caballo en las tardes por las playas de la Costa Maya, ostras y vino en la isla de Capri y otros momentos más que mi memoria guarda con delicadeza.

Nunca hablamos de compromiso ni hicimos planes para el futuro. Ambos sabíamos que al final nuestros rumbos eran distintos. Nos entregábamos con la misma sinceridad y naturalidad de cómo cuando se come una fruta fresca. El tiempo fue pasando, las obligaciones y compromisos nos fueron ganando y poco a poco dejamos de vernos seguido. Han pasado algunos años, ella está bien, yo estoy bien y cada vez que nos comunicamos sigue siendo un deleite. Ayer me llamó.

21 mayo 2008

¡APAGA LA LUZ!

Por: Gino Ceccarelli

Imagen: El baño de la luna (Gino Ceccarelli, 2008)

-¿Te acuerdas del FICA? En ese Festival Internacional de la Canción Amazónica tuve también un romance...

Me había encontrado con Iván C. en Pucallpa después de muchos años. Sentados en la vereda de su casa se había puesto nostálgico y de su boca salía todo tipo de recuerdos. Su padre había sido un gran artista y su madre una nativa machiguenga. Desde niño hizo todo tipo de trabajos hasta que se volvió fotógrafo cuando uno de sus hermanos mayores que vivía en Lima le regaló una cámara fotográfica.

Efectivamente, en uno de los Festivales de la Canción Amazónica lo contrataron como fotógrafo para una revista local.

-Todo salió bacán- siguió contándome, -y la noche de la clausura repartieron harto trago. Fue allí cuando la Betsabé se me acercó. Ella era una fotógrafa profesional que la habían enviado de Lima para cubrir el Festival para una gran revista.

-Hasta ese momento no me había dado cuenta que la gordita existía- me dijo exhalando una bocanada de humo de su mapacho.

Iván siempre fue muy tímido y hasta inocente con las mujeres. Esa tarde, entre aguardiente y mapachos había decidido hablarme de sus conquistas.

-La Betsabé tenía su pelo claro, ojos azulitos y su cuerpo era bien redondito. Yo estaba tomando mi whiskey y vi que me miraba. Yo también la miré, luego se me acercó y me dijo:
-“Hola guapo, soy Betsabé”
-“Yo me llamo Iván”
-“Salud Iván!”
-“¡Salud!”

-Seguimos tomando y conversando, ella bebía rápido y me obligaba a tomar a su ritmo. Después de varios vasos me miró fijamente a los ojos como una pantera:
-“¿Por qué no vamos a mi cuarto en el hotel y nos tomamos un Whiskey los dos solitos?”
-”Bueno pues”- le contesté.

-Nos fuimos a su hotel, entramos en su cuarto y pidió una botella de Whiskey y harto hielo. Trajeron el pedido y la Betsabé, levantando una ceja dijo:
-“¿Por qué no me sirves un trago Iván?”
-Le preparé su trago y yo también me serví.

-“Salud Iván”
-“Salud”, “glug, glug, glug...”

-Tomamos como cinco tragos y entonces me dijo:

-“Voy a bañarme, no te vayas a ir”
-“Ya pues”- le contesté.

-Entró a bañarse y salió con una toallita que le envolvía su cuerpazo.

-“¿Por qué no te bañas tu también?”- me preguntó.
-“Porque no tengo calor”- le respondí.
-“¡Báñate Iván!”

-Bueno, entré a bañarme y cuando salí con mi toalla en la cintura vi que estaba echada en la cama.
-“Échate a mi lado Iván”

-Me eché a su lado.

-“Salud amazónico”- me dijo la Betsabé.
-“Salud limeña”- le respondí.
-“Apaga la luz, Iván”

-Apagué la luz y de repente siento su changa encima de mi y... prendí la luz.

-Ella me miró con un poco de cólera y volvió a decirme:

-“¡Apaga la luz!”

-De nuevo apagué la luz y otra vez me puso su piernaza encima. Volví a prender la luz.

-“¡Te he dicho que apagues la luz, Iván!”

-Otra vez apagué la lámpara y de nuevo sentí su changa y su brazo en mi encima!

Recién ahí comencé a maliciar, compadre. Ella quería algo conmigo...



13 mayo 2008

ORLANDO DE LIMA

Por: Gino Ceccarelli

(Imagen: Raquél Sarangello)

He conocido mucha gente orgullosa y regionalista en mi vida, pero nunca conocí a alguien más orgulloso y pedante de haber nacido en Lima que Orlando Arbulú .

Decía ser de Barrios Altos; le gustaba la música criolla y el rock urbano, las mujeres, de preferencia limeñas, el ceviche, los anticuchos, era hincha acérrimo del Alianza Lima y todo lo que no fuera de la capital era para él, de segunda categoría. Ni siquiera se atrevía a probar una cerveza que no fuera Pilsen o Cristal.

Nos conocimos en una playa cuando descubrimos que cortejábamos a la misma chica. Se me acercó y me dijo al oído: “te apuesto cincuenta lucas que yo me la levanto primero”. Yo le constesté: “dame las cincuenta lucas y te dejo el camino libre”. Hicimos amistad. En esa época yo frecuentaba peñas criollas y era amigo de cantantes, músicos y criollazos de callejones.

Con Orlando hablábamos de canciones, autores, ritmos, influencias y de vez en cuando asistíamos a los Centros Culturales (asociaciones que eran peñas a puerta cerrada) en Surquillo, el Rimac y Breña, donde se escuchaba casi religiosamente a los “verdaderos” criollos de la música.

Un día le comenté que iba a viajar a Pucallpa. “Llévame” me dijo entusiasmado. Cuando nos encontramos en el paradero del ómnibus interprovincial que nos llevaría hasta Pucallpa fue todo un espectáculo. Se había disfrazado de explorador: camisa manga larga con cincuenta bolsillos, chaleco, botas gruesas, gafas de sol, cantimplora, cuchillo en el cinturón, mochila descomunal donde había toda una batería de remedios contra todo, linterna, saco de dormir, brújula y un pomo enorme de repelente contra los mosquitos.

-“¿Es la primera vez que viajas a la selva?”- le pregunté-
-“Es la primera vez que viajo a provincia”- me respondió.

Durante el trayecto le expliqué lo que era la selva y sus ciudades, que a donde íbamos era una ciudad grande y que no era necesario que se sienta Indiana Jones. Una vez que llegamos a la capital de Ucayali dejó de ser Orlando Arbulú, ya que cada vez que le presentaba a alguien, estiraba la mano y con mucho orgullo y un evidente aire de superioridad decía: “soy Orlando de Lima”. No quería que lo confundan con un provinciano.

Al tercer día, un amigo que era ingeniero agrónomo nos pidió que lo acompañáramos a visitar una comunidad alejada, donde él tenía que recoger unos informes de otros ingenieros que estaban por allá. Teníamos que ir hasta el kilómetro sesenta en auto y luego había que caminar durante seis horas por una trocha en la selva. Orlando se entusiasmó con la idea de penetrar en el bosque y volvió a disfrazarse de explorador.

Salimos de madrugada, a las nueve llegamos al punto de donde empezaríamos la caminata. A eso de las diez, Orlando ya sufría con el enorme peso que llevaba a cuestas. Los que alguna vez caminaron por el monte saben que hay que hacerlo con ritmo sostenido, además esa caminata no era un paseo, era con fines de trabajo. Orlando se retrasaba todo el tiempo debido al peso y al volumen de su mochila que se atajaba en ramas y hojas, a que tenía que ponerse repelente cada veinte minutos y porque sus botas le quemaban debido a sus medias de lana. Estaba empapado de sudor, le salían lágrimas de sus ojos pero no decía nada por orgullo, de ser limeño seguramente.

A eso de la una de la tarde me dijo jadeante que ya tenía mucha hambre y que le preocupaba donde y qué íbamos a comer. El ingeniero nos dijo que más allá había una familia de chacareros y que algo nos darían como almuerzo.

Efectivamente, llegamos al tambo de esa familia, les propusimos comprarle una gallina y que la señora nos prepare algo. Descansamos y esperamos el alimento. Al cabo de una hora, los hijos de la señora nos alcanzaron sendos platos con caldo de gallina. Tomamos con prisa y repetimos todas las veces que nos ofrecían. Orlando no repitió, cada vez que le ofrecían decía que no. Nosotros supusimos que no le había gustado. Cuando nos acabamos la olla, el ingeniero y yo nos levantamos diciendo: “vamos, es hora de seguir”. Orlando extrañado nos miró y dijo: “¿Y el segundo?, ¿no hay segundo?”. Esa noche en la comunidad nuestro amigo arrasó con todo lo que había para comer.

Al día siguiente empezó el regreso y el martirio de Orlando por tener que cargar cosas inútiles continuó y se prometió nunca más pasear por la selva.

Nos quedamos como una semana en Pucallpa y él continuaba con ese afán de presentarse como “Orlando de Lima”, hasta que un amigo le dijo:

-“Yo soy Pedro de Contamana y si sigues con tus huevadas voy a ser Pedro el que te sacó la mierda”.

La víspera de nuestro regreso, los amigos me hicieron una fiesta de despedida al estilo amazónico, es decir, ritmos tropicales y bastante cerveza. Orlando al enterarse sonrió socarronamente:

-“Qué bacán compare, ésta noche me levanto a la mejor hembrita del tono”.
Efectivamente, esa noche llegaron muchos amigos y amigas. Empezó la fiesta y los tragos circulaban a la velocidad de la luz. Orlando, desde un rincón se dedicó por unos minutos a escoger a la que sería su víctima esa noche. Decía que no podía irse de Pucallpa sin probar una “costilla”. Escogió a una muchacha de escote despampanante que vivía en la esquina y trabajaba en un bar a pocos metros.

-“Hola, soy Orlando de Lima”
-“Hola, soy Juana y vivo en la esquina”
-“Quieres bailar”
-“Bueno pués”

Como es natural, nuestro héroe limeño puso en práctica todos su recursos para conquistar a la Juana. Bailaron una música, bailaron otra y a cada pieza se iba pegando a la Juana, tanto así que en la quinta canción Orlando estaba literalmente enroscado. Al terminar la cumbia, justo en esos segundos de silencio que existe entre el término de una música y que la gente comience a conversar, la Juana levantó la cabeza y mirándome gritó:

-“¡Oy Gino, tu amigo está arrecho!”

Toda la fiesta volteó la mirada para saber quien era el excitado, ante la desesperación y la vergüenza de Orlando que, agachándose, casi en cuatro patas y ante la risotada general, se metió en uno de los cuartos y no salió hasta el día siguiente para ir al paradero de ómnibus que nos llevaría de regreso a Lima.

Han pasado casi veinte años, hace unos meses lo encontré por una calle de Lima, nos abrazamos y me dijo:

-“Estoy de paso por acá, hace doce años que vivo en Celendín, me casé allá, tengo cuatro hijos y soy feliz en ese pueblo. Odio Lima, es una ciudad insoportable”.

09 mayo 2008

LA MUJER PERFECTA

Por: Gino Ceccarelli

Todos los hombres tenemos un ideal de belleza femenina. Es impresionante la cantidad de versos, novelas, cuentos, edificaciones, canciones, cuadros y otras formas estéticas, que los hombres, a lo largo de la historia, hemos dedicado a las mujeres.

Hasta el más machista o insensible de los varones puede quedar anonadado, desarmado, rendido y enternecido cuando está frente al espectáculo más grandioso de la creación: una mujer hermosa. Pero esta pequeña historia que me sucedió puede poner en crisis el ideal de la perfección.


(Brigitte Bardot, ideal femenino de la belleza francesa de todos los tiempos)

*****

La combi que hacía colectivo por la avenida Arequipa y donde yo viajaba incómodo debido al reducido espacio interior y de sus asientos, se detuvo. Subió una mujer que como por arte de magia llamó mi atención y la de todos los pasajeros. Era increíblemente bella.

Se sentó delante de mío y desde mi sitio privilegiado empecé a observar todo lo que ella tenía: cabellera perfumada, brillante y de un negro profundo, hombros tersos y delicados, manos finas, pies pequeños que califiqué de perfectos, tenía el perfil más hermoso que había visto en mi vida, ojos grandes y pestañas mucho más, boca carnosa y bien dibujada. Noté también que no estaba maquillada. Era terriblemente hermosa sin ningún tipo de agregado.

Dicen que las mujeres sienten las miradas de los hombres. Ella volteó, me miró a los ojos y me preguntó la hora.

Su voz era como un arroyo sensual y cantarino; remarqué que tenía una dentadura perfecta.

Le dije la hora y “vas a llegar tarde a tu cita”.

-Así es- me respondió –mi cita es con algunos libros en la Biblioteca Nacional.
-Qué curioso, justamente yo también me dirijo a la biblioteca... (en realidad iba a la Escuela de Bellas artes).

Entablamos conversación y como toda mujer, notó mi nerviosismo. Inteligente, graciosa, amable. Coincidíamos en ideas y puntos de vista. Estudiaba Historia del Arte en la Universidad Católica (¡qué maravilla, una coincidencia más!). Cuando bajamos y nos pusimos a caminar descubrí otras virtudes: alta, caminaba con garbo, cuerpo escultural, cuello largo... yo sentí un escalofrío ante tamaña belleza, en todo caso, era el tipo de belleza que yo imaginaba... para mí.

En realidad ese día nunca llegamos a la biblioteca, terminamos en el bar “El Cordano” charlando felices, bebiendo vino hasta la medianoche. La acompañé hasta su casa y ambos nos pusimos tristes a la hora de despedirnos. Quedamos en vernos al día siguiente para revisar algunos libros en... ¡la playa!

Cuando la vi en ropa de baño me dije que eso no podía ser o existir. Era perfecta, maravillosamente perfecta. Fue uno de los días más felices de mi vida.

Esa noche fuimos a bailar (bailaba como una diosa) y más tarde fuimos a tomarnos una última copa en mi apartamento.

Me sentía privilegiado que una mujer como ella también se sintiera feliz con mi compañía. Yo era un gigante.

Cuando sus ojos me miraron con ternura y cuando sus manos empezaron a acariciarme, sentí un escalofrío (tibio) que recorría todo mi cuerpo.

¡Las estrellas del cielo brillaron esa noche en mi cuarto! Nos complementamos como Dios manda y nos amontonamos durante horas. Lo que pasó esa noche no les puedo contar.

Al final de la jornada prendí un cigarillo, y mientras observaba las estrellas que aun flotaban en mi cuarto, ella se quedó dormida.

-Es la mujer perfecta- me dije.

Hasta ese momento no había encontrado en ella algo que pudiera parecer un defecto. Pero así como la vida puede entregarte maravillas cuando menos esperas, te brinda otras sorpresas en cualquier momento. Cuando se quedó dormida entendí que hasta la mujer perfecta tiene sus defectos.

Un ronquido que más parecía un estruendo perturbó mi sueño. Prendí la luz y en ese momento vi algo que no olvidaré nunca.

Tenía la boca abierta, enorme, con un rictus extraño que deformaba sus hermosas facciones, un hilo de baba recorría su mejilla y caía sobre la almohada que estaba mojada. Con los ojos muy abiertos y vidriosos, como asustada o como un cadáver, deformaba lo que fue un dulce semblante. Sus ronquidos graves y cortados, como si se fuera a asfixiar, hacían correr hasta las arañas.

Traté de despertarla y no pude, sus ronquidos iban en aumento y por más que la sacudía, lo único que lograba era que la baba se esparza sobre su (ex) hermoso rostro. La puse boca abajo, de costado, del otro y nada, no se despertaba y seguía roncando.

Esa madrugada dormí (o traté) en el sofá de la sala. Hasta ahí llegaban sus rugidos. La hermosa mujer con quien había compartido los momentos más maravillosos de mi vida por algunas horas, de pronto, cuando al fìn caía presa del sueño más profundo, se convertía en algo muy parecido a las brujas de los cuentos de hadas.

- “Parece una pendejada de Dios”- me dije.

La magia, lamentablemente, se había acabado...

01 mayo 2008

"VALIENTES COMO USTED, HAY POCOS"


(Foto: Jaguar del Platanar)

Por: Gino Ceccarelli

En 1974 mis padres se instalaron en Pucallpa, tres años después, cumpliendo los diecisiete años viajé a la capital por varias razones. La primera es que mi vocación de querer ser artista se había consolidado y quería postular a la Escuela de Bellas Artes de Lima. La segunda razón era que mis "patas" pucallpinos empezaban a tener hijos y otros se estaban casando. Eso no iba conmigo. Y la tercera razón de mi mudanza fue que empezaba a aburrirme en Pucallpa y necesitaba respirar nuevos aires.

Ingresé a la Escuela de Bellas artes y me pagaba mis estudios trabajando en un depósito de carretas ambulantes que en esa época (había miles) se habían apoderado del centro de Lima.

En vacaciones y casi todos los fines de mes viajaba a Pucallpa por carretera para visitar a mis padres y amigos. La mayor de las veces lo hacía "tirando dedo" porque mi presupuesto era escaso. Cuando hacía esto, tomaba un ómnibus hasta la garita de control en Matucana y allí me contactaba con los interprovinciales que cobraban poco pero, uno tenía que viajar en el pasadizo del ómnibus. Otras veces en camiones (también cobraban alguito) y me podían acercar hasta Cerro de Pasco, Huanuco o Tingo María para luego tomar otro transporte hasta mi destino final: la polvorienta Pucallpa.

En uno de los tantos viajes logré llegar hasta Tingo María, se me había acabado el dinero y los camiones y omnibuses que iban a Pucallpa querían que se les pague aunque sea un sol. Pasaron las horas y casi al anochecer un camionero aceptó llevarme gratis con la condición de que vaya en la parte de atrás y que me acomode entre los bultos que transportaba. Le agradecí, me instalé y empezó el viaje. Poco más de la medianoche el camión se detuvo, de pronto vi que el chofer subía a la parte de atrás con un enorme machete. Me aterroricé. El tipo era un serrano alto y gordo, alargó la mano con el machete y me dijo:

-"Toma, al primero que se suba a robar, le metes un machetazo!".

Ante mi desconcierto me explicó que estábamos a punto de subir el cerro llamado La Divisoria y que en ese lugar había ladrones que aprovechando la lentitud del camión cuando subía, se trepaban a la parte de atrás y tiraban las mercaderías, sacos, cajas y todo lo que podían mientras que otros rufianes iban recogiendo del camino.

-"¿Tu crees que te traigo gratis, cojudo?" "Confío en ti, si me roban, tu pagarás las consecuencias"- sentenció.

El camión arrancó y empezó a subir La Divisoria. Yo tenía en la mano un machete de casi un metro, las piernas me temblaban, sudaba frío y sentía calambres en el estómago. Jamás en mi vida pensé en la posibilidad de meterle un machetazo a quien sea. A lo único que atiné fue a hacerme un espacio entre los bultos y cajas, una especie de pozo en donde me metí y me tapé con todo lo que podía. Heroicamente me escondí.

Pasaron como tres horas de angustias y miedos. Felizmente esa noche no hubo ladrones. Estaba amaneciendo y cuando sentí que el camión no subía más y se detenía en la berma de la carretera salí rápidamente de mi escondite, me paré en medio de los bultos y con el machete en ristre y en actitud desafiante miraba el horizonte. Parecía una estatua de algún héroe. El camionero al verme se quedó admirado de mi gallarda actitud y me preguntó:

-"¿Hubo algún problema?".

- "En realidad no” -le dije- “algunos quisieron subir, pero cuando les amenacé con el machete bajaron despavoridos".

-"Es usted un joven valiente, como usted hay pocos", me dijo emocionado.

El resto del camino viajé en cabina y el fulano me invitó un desayuno como Dios manda. En Pucallpa nos emborrachamos y al final me obsequió una caja enorme de manzanas y un saco de choclos.

La valentía tiene precio.

25 abril 2008

PATEANDO QUIRUMA

Por: Gino Ceccarelli.


(Foto: C.F. Gava Mar)


A pesar de sus cuarenta años, Usnavi Ramírez seguía siendo el mejor pelotero del caserío. Tenía muchas virtudes para jugar fútbol en la chacra: trejo, veloz como el venado, sus taponazos eran temidos, tenía un físico envidiable, parecía no cansarse nunca y se manejaba unos pies grandes, ásperos y duros como el huacapú, que si uno de sus dedos gordos te alcanzaba podía romperte la tibia.

Su padre le puso ese nombre cuando vio en una revista, en la época que el hombre llegó a la luna, una fotografía del Apolo 11 donde estaba escrito US NAVY.

Nunca pudo usar zapatos, no solamente porque era pobre, sino, porque ya de adulto nunca pudo encontrar, ni siquiera en Iquitos, algo que encaje en sus pies increíblemente anchos.

Era casi una leyenda. Cuentan sus amigos que una vez que jugaban en una cancha y había llovido durante tres días, una parte del gramado o gramalotal había crecido hasta la altura de la cintura y que cuando Usnavi entró con la pelota por esa zona y quiso lanzar un centro, ni siquiera se percató que había pateado un motelo que llegó hasta el área chica y que un delantero distraído se partió el cráneo por cabecear. También en otro partido se armó tal trifulca en el área con la pelota y los defensas que terminó pateando el poste que servía de arco y lo partió en dos. Cuentan que levantaba quirumas enormes cada vez que metía un puntapié y que alguna vez, celebrando un gol, se revolcó en el ishangal y se levantó como si nada.

En el caserío de al lado había un joven que era considerado como un gran arquero. “Ponguete” Taricuarima era el orgullo de la comunidad. Contaban que era más ágil que un mono, volaba como un murciélago y era raro que le hagan goles, por lo menos en penales nunca le encajaron uno. Dicen que se entrenaba atrapando gallinas.

Los caseríos ya se habían enfrentado varias veces, pero curiosamente estos dos personajes, por razones extrañas, jamás estuvieron frente a frente. Se acercaba fiestas patrias y entre las diversas festividades programaron un encuentro al que calificaron “El partido de la muerte”.

Llegó el día. Prácticamente toda la comunidad vecina vino para festejar y sobre todo para hacer barra a su equipo y sus respectivas estrellas. Trajeron pancartas, una de ellas decía: “Usnavi está viejo, ahora corre como pelejo”, y la barra local había preparado otro donde pusieron: “Arquero ponguete, Usnavi te romperá el ojete”.

Empezó el partido. Hacía como cuarenta grados cuando el árbitro hizo sonar su silbato. Los jugadores tenían tantas ganas y entusiasmo que rápidamente fue degenerando en pateaduras, empujones, codazos y “planchazos”. Los choques de las canillas sonaban como cuando se corta leña. Las tarjetas amarillas salían con facilidad del bolsillo del árbitro ante los insultos del público, sobre todo de las mujeres que tenía a sus maridos en la cancha.

Terminó el primer tiempo sin goles. Las mujeres repartieron harto masato para darle fuerza a los jugadores.

Durante la segunda mitad siguieron los golpes entre los peloteros y los insultos del público iban en aumento. Había tal furor en el pueblo que ni siquiera detuvieron el partido cuando un niño vino del embarcadero gritando que estaba pasando un mijano de sábalos.

Faltando cinco minutos para que termine el partido, un defensor del equipo visitante “fauleó” a un delantero en el área, con una carretilla en la espalda que lo dejó medio muerto. “¡Penal!”, gritaron a voz en cuello y sin preocuparse de la salud del jugador que estaba desmayado al que sacaron de la cancha arrastrándolo. El árbitro tuvo que cobrar la falta ante los insultos de la barra visitante que le gritaban “vendido” y pedían que al delantero herido lo boten al río.

Después de una larga discusión, los visitantes aceptaron el veredicto del árbitro. “Ponguete”, inmutable y visiblemente concentrado se puso en medio de su arco con los ojos y los brazos bien abiertos. Evidentemente, el encargado de patear el penal no podía ser otro que Usnavi. Era el duelo que todos esperaban durante años.

Se hizo un silencio sepulcral, nadie se puso detrás del arco por temor a los ya conocidos cañonazos que lanzaba Usnavi quien cogió la pelota, la besó, la colocó en el punto indicado por el árbitro y se alejó hasta la media cancha para darse viada. Metió un suspiro profundo y arrancó.

El patadón fue violento, sonó como un bombazo y dirigido hacia un ángulo. “Ponguete” se tiró con la agilidad de un jergón y... ¡atrapó el balón! ...pero, detrás de la pelota venía una champa enorme de tierra con hierba que le cayó en la cara y mandó al arquero con pelota y todo dentro del arco.

Cuentan que desde ese día “Ponguete” quedó medio “shegue” y dejó el fútbol. Usnavi no ha parado de beber para festejar su gol. Hasta ahora lo podemos encontrar en el bar de Elsita donde borracho no para de contar, a todo aquel que se le acerque, como metió aquel gol.

21 abril 2008

SERENATA EN TARAPOTO

Por: Gino Ceccarelli


(La Serenata, Salvo Caramagno)

*****

Lo primero que hicimos después de bajar del avión fue buscar un bar para refrescarnos. Hacía mucho calor en Tarapoto que sentimos la necesidad de compensar el sudor con sendas cervezas heladas. William Rengifo y yo éramos estudiantes de arte y expertos en beber para refrescarnos.

Desde que lo conocí no paró de invitarme a conocer su querida tierra, y aprovechando las vacaciones decidimos dejar los pinceles por unas semanas para divertirnos un poco, o mucho.

En el bar hacía tanto o más calor que en la calle. Las cervezas circulaban a buen ritmo y estaban bien heladas. Después de refrescarnos durante algunas horas, se acercó a nuestra mesa un amigo de William. Se saludaron efusivamente, me presentó y noté que el joven este tenía el rostro desencajado y triste.

-¿Qué tienes? Se te nota tristón –le preguntó mi amigo.
-Tengo un problema, se trata de la Julissa.

Se sentó y nos contó el motivo de su angustia. Se trataba del típico caso de amor no correspondido. El estaba enamorado de una tal Julissa desde hacía ya un año y ella, nada, no le correspondía a su amor a pesar de todos los intentos y estratégias que había utilizado para conquistarla. Con lágrimas en los ojos nos confesó que estaba sufriendo y se sentía desesperado.

-¡Dale una serenata pues cojudo! –le dijo William.
-¿Tú crees?
-¡Claro! ¡Lo hacemos esta noche y vas a ver que ahí mismo te atraca. Pedimos a todos los patas que te acompañen. Le decimos al Ramiro, al Fulvio, al Esteban, a panchito, a todo el barrio! Incluso Gino puede venir, ¿Sí o no compadre?

-Bueno, podría ser,- les dije, un poco incómodo de participar en un asunto que no me concernía.
-¿Y dónde conseguimos el tocadiscos?- preguntó su amigo.

Después de escuchar esta frase recapacité y decidí estar presente, aunque de lejitos, en una serenata con ¡tocadiscos! Eso nunca lo había visto y tampoco me lo iba a perder. Pedí la dirección de donde se iría a desarrollar la increíble serenata y les dije que trataría de asistir. La cita era a las nueve de la noche.

Llegué minutos antes de la hora al lugar donde se suponía que vivía la Julissa y esperé en la bodega de la esquina a que llegaran los serenateros.

Efectivamente, a las nueve en punto llegó un grupo de doce muchachos. Tres de ellos cargaban sendas sillas y otros dos portaban el tocadiscos y los parlantes. La calle era de tierra y la casa de la amada era de madera y de dos pisos con balcón. Yo me mantuve alejado porque todo el barrio comenzó a salir a la calle. Curiosidad natural.

Colocaron las sillas en medio de la pista, pusieron encima el equipo de música y los parlantes apuntando a la casa. El enamorado se puso frente al equipo mientras que los amigos se colocaron detrás de él con las manos en la espalda.
Alguien le alcanzó un disco que limpió en su camisa y puso a andar el aparato.

La canción elegida era un antiguo bolero que decía: “Voy a rifar mi corazón, rematando amor...”. Terminó la canción y nada. No había signos de vida en esa casa. A todo esto la multitud se había acomodado alrededor de ellos que miraban también ávidos hacia la casa.

Volvió a poner el disco: “voy a rifar mi corazón...” Nada, ni siquiera prendían las luces. Intentó una vez más: “voy a rifar mi corazón...”

Yo me preguntaba si para conquistar a una fulana la canción “Voy a rifar mi corazón” era la adecuada...

A la cuarta vez que puso el mentado disco, se prendió la luz del segundo piso, se abrió la puerta del balcón y un señor gordo, en calzoncillos (probablemente el suegro) se arrimó en la baranda y poniendo las manos a los costados de la boca como un megáfono gritó:

-“¡¡Cuando rifes tu culo me avisas para comprar todos los boletos!!”

La carcajada se escuchó como un estruendo por toda la ciudad. Yo me caí literalmente de risa sobre un charco. No me podía levantar, y volví a caerme cuando vi al grupo de muchachos regresar avergonzados y ultrajados con sus sillas, parlantes y equipo. Demás está decir que la serenata había fracasado