28 febrero 2007

EL NADADOR QUE QUISO DESAFIAR AL AMAZONAS

Martin Strel es un veterano nadador esloveno que ha tenido la audacia de quererar curzar a nado el cauce del río Amazonas, desde Atalaya, ubicada en la zona peruana de Ucayali, hasta la ciudad de Belem do Pará, es decir, de punta a punta entre la región peruana y el Brasil.

Strel, quiere romper con esta travesía, de más de 5,400 km, su antiguo reto de nado, que fue de 4,003 km a través del río Yangzé, en China. Él estuvo por Iquitos durante estos días y acá pueden ver algunas fotografías de su faena en pos de conseguir su nuevo record (cortesía de diario Pro&Contra).

27 febrero 2007

LOS REBELDES


La rebelión consiste
en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos
(Alejandra Pizarnik)

Seis de la tarde, día cualquiera, algún lugar de Iquitos. Muchachos y muchachas se reúnen en torno al atardecer, forman grupos compactos, discuten hasta la asfixia de temas que cambiarán el rumbo de la historia. Tienen dieciocho, diecinueve, algunos aún no han llegado a obtener su Documento Nacional de Identidad, visten de equivocaciones (casual). Algunos ni fuman, casi no toman alcohol, les dicen imberbes con toda la razón del mundo. Ellos ni se inmutan; discuten furiosamente y buscan un café-bar donde beberse una gaseosa.

La mancha piensa en escribir novelas espectaculares, sobre anécdotas hiperrealistas o tratados de filosofía; piensan en formar grupos de rock que arrasen en los pubs mientras rasgan imaginariamente las cuerdas de una guitarra; sueñan con protagonizar la vida del héroe justiciero que destruye al monstruo grande que pisa fuerte y convierte a la sociedad en una instancia perfecta. Los muchachos y muchachas piensan en el colegio, que no les enseñó lo mejor de la vida: en las calles se aprende todo ello. Las madres esperan con el vaso de leche y la comida caliente en casa/los chicos no lloran, sólo saben soñar (Miguel Bosé dixit).

Dirán que la política es un oficio para egoístas, hipócritas y vanidosos, y señalarán con el dedo a la Municipalidad, el Congreso, el Palacio de Justicia (“cuenta cuando en plena sesión solemne les dijiste corruptos a los políticos”, me reiterarán con la sonrisa ingenua propia de su edad). Pero también hablaremos de cine: ¿”Romeo debe morir” o “Corre, Lola, corre” para alquilarla mañana? Yo replico: mejor “Amores Perros” o “Todo sobre mi madre”. Pero igual, terminaremos viendo “Matrix” por décimo segunda vez consecutiva, con pop corn y Coca Cola incluidos.

Entonces, mientras ellos sueñen con casas grandes donde puedan explorar las posibilidades de la cultura, mientras repudien permanentemente la corrupción, los vladivideos, el statu quo (“el stablishment ha abandonado a las provincias, las ha condenado a ser unas aldeas exóticas a las que se puede llegar sólo en avión”, sentencia la chica del grupo, con palabras sentidas), mientras pongan el dedo en la llaga y sientan asqueados cómo esa pus brota incesantemente, sabremos que la juventud nuevamente comienza a tomar las riendas, se subirá a la bestia con los ojos fijos, la mirada de los poseedores de la verdad que salen a las calles a protestar por todas las rapacerías de los mayores. Entonces uno entenderá el horror a la miasma; Gonzáles Prada hablará después de muerto, “los viejos a la tumba y los jóvenes a la obra” regresará a sus oídos como una letanía perpetua.

La nueva generación, luego de una breve ausencia, regresará adolescente, con su sonrisa de claveles, sus mapas de Europa y el dedo en el gatillo. Volverá con su noble corazón y su espíritu indomable. Y de alguna manera su voz resonará atronadoramente. La nueva generación mirará con asco los poemas rotos, la impunidad, la justicia despedazada por aquellos que ahora consideran que los delitos son simples “pecados” (¿Dónde está la iglesia, por Dios?, exclama uno de los rebeldes/Monseñor Cipriani ya dio su veredicto/Miles pueblan las cárceles por robar una gallina para mitigar su hambre/¿No hay justicia en este mundo, por Dios?). Ellos serán esos ojos de testigo que miran en la oscuridad y escudriñan las fechorías de quienes pretenden representarlos y las condenan sin ambages. Se reunirán en torno a siglas que, cada cual más colorida, cada cual más radical, cada cual más exótica, sacarán a pasear, y flamearán su bandera, esparcirán las cenizas de la bestia negra.

Se proclamarán izquierdistas, liberales, apolíticos, jóvenes en suma, buscarán romper con Paul Nizan, soñarán con tener veinte en Mayo del 68’, a lo mejor creerán verse retratados en “Al final de calle”, “Los inocentes”,”La ciudad y los perros” (“Seré el Jaguar”, me dice el más heavy/metálico, su jean roto y su polo con la cara de Eddie Veder de Peral Jam. Yo observo su ingenuidad y pienso en cambio en el antihéroe de “Conversación en la catedral”, Zavalita: jodido también). Estos chicos desconfiarán de todo. Soñarán, como Lucho La Hoz, con escapar del colegio, huir de las matemáticas, no permitir que les pongan uniformes. Y se irán al Sur, en el peor de los casos (o al Norte, en lo peor de la recesión y la falta de trabajo), y quizás no regresen.

Los que sobran se unirán al baile del grupo Los Prisioneros, razonarán, se convertirán en hombres en medio de la pobreza, las enfermedades y la desesperanza. Pensarán en conocimiento, justicia y solidaridad, y acaso también piensen en discotecas, bares, fiestas (acaso también son jóvenes). Acaso estrujen su furioso corazón y derramen más de una lágrima, acaso la sangre de sus venas fluya aceleradamente y pretenda salírseles por los poros. No se rendirán y tendrán el orgullo de afirmar que no son encajados, que son chicos que crecieron en medio de la descomposición de un sistema y sobrevivieron, a duras penas, jalando cadenas, expiando culpas, remando a contracorriente. Uno de ellos, el Loquito, me muestra un poema de Allen Ginsberg, titulado “América”, y lo parafrasea sin clemencia: “Perú, te lo he dado todo y ahora no tengo nada”.

Pero, aún así, la vida seguirá su curso. Se hace de noche y aquel lugar de la ciudad se ha amodorrado, cansado. La noche se cubre de luces de neón y aromas diversos (perfumes, cerveza, deseo). Los rebeldes, exhaustos, recogerán sus libros extraños (“mañana te presto el último de Javier Marías/y yo el de Patti Smith”), su música, sus anécdotas fílmicas, sus denuestos contra el orden establecido, su mirada profunda, sus ojos transparentes, su amor despiadado.

Irán por distintas rutas –no todos los caminos conducen al hogar- y se prometerán mutuamente seguir cambiando al mundo desde una baranda del boulevard mañana a esta misma hora. Se despedirán de mí, que intuyo borrosamente el futuro, y entonces, mientras los veo alejarse y perderse en el horizonte, me diré mentalmente que gracias a estos nefelíbatas tenemos futuro y que esta decepcionante historia que hemos experimentado durante tiempo bien se merece un punto negro-punto aparte-punto final.

26 febrero 2007

EXONERANDO LA SENSATEZ (IGV, PASAJES AEREOS Y AMAZONIA)


Es muy poco probable que el proyecto de ley de exoneración del IGV a los pasajes aéreos hacia Iquitos, planteada por Alan García en su mensaje de asunción de mando (la cual costará al fisco 6 millones de dólares), vaya a tener un resultado feliz. El presidente de la Comisión de Economía del Congreso, Martín Pérez, ha señalado que la mediad no prosperará debido a que el MEF “ha establecido un compromiso de abstenerse de aprobar más exoneraciones de este tipo”. Y es el propio MEF, cuyo titular, Luis Carranza, sustentó dicho proyecto a favor, es el mismo que, indirectamente, le ha bajado el dedo. En otras palabras, el gobierno ha decidido no hacer demasiado bulla sobre el tema, encarpetándolo hasta buscar otra medida de calibre que pueda manipular en su beneficio.

En realidad, la propuesta, cuya justificación es que se trata de una zona alejada y casi aislada del resto del país, lo que dificulta el tránsito de personas, no es ajena en absoluto de las clásicas decisiones populistas, poco razonadas, que pretenden entregar un paliativo temporal, sin fijarse en el costo económico que a mediano y largo plazo causarán a quien precisamente pretenden apoyar. Es cierto, la dación de leyes de este tipo intentan crear una baranda que equipare las eventuales inequidades generadas por la intrínseca naturaleza de las cosas (un equivalente a lo que en derecho laboral se denomina “derecho desigual igualatorio”). Pero, al final, el subsidio es asumido por los propios contribuyentes, que pagan por privilegiar a un pequeño grupo o colectivo, pero que no son vitales en la generación de desarrollo y condiciones productivas de ese mismo sector.

A pesar del ímpetu de Augusto Vargas y los buenos oficios de Mario Peña (¿dónde están Víctor Isla o César Zumaeta?) para persuadir a sus colegas parlamentarios, el proyecto de ley carece de un argumento contundente económico o técnico: sólo generalidades, reproches al Estado, citas sobre el aislamiento vial y el encarecimiento de productos de primera necesidad (toda válidas, las cuales además han sacado a relucir la clamorosa ausencia de una política de reactivación por parte del aprismo), los cuales, no tienen, sin embargo, condición de argumento sine qua non. Lo mismo podrían argumentar mañana los habitantes de Tarapoto, Madre de Dios o Bagua, con total - y justificado – derecho.

Vivir dentro de una realidad de indiferencia del Estado ha sido una constante dentro del relato histórico de nuestras variadas desventuras. Pero medidas como ésta, mucho me temo, inconscientemente, alientan el mercantilismo y la inactividad. Ni inversión ni generación de empleo se materializaron, tampoco disminuyeron los niveles de pobreza en función a la creación de exoneraciones (y un caso famoso es el de la Ley de Inversiones en la Amazonía). Además, el Estado perderá el 2007 en este rubro cerca de S./ 6,587 millones, los cuales pudieran ser invertidos en proyectos integrales de desarrollo nacional y regional. Las exoneraciones han elevado los costos tributarios y han reducido la recaudación; han distorsionado la asignación real de recursos otorgando rentabilidad artificial a negocios ineficientes e industrias no competitivas; han creado mercados negros y han propiciado situaciones de corrupción, elusión y evasión tributaria. En suma, no han servido para promover los fines específicos para los que fueron creadas.

Claro, seis millones de dólares parecen poco ante la avalancha de dinero anterior y sería saludable que se aprobara un subsidio de este tipo a Loreto, pero igual la solicitarían con otros lugares del país casi a gritos; y actualmente, el Estado peruano no está para ser mamadera de nadie, ni de los grandes mineros o los bancos que impunemente reciben estas prebendas del neoderechismo aprista, ni la clase media loretana a quien se pretende beneficiar con este pequeño incentivo. Lo que García ha hecho es mentir una vez más, demagógicamente, demostrando una vez más que poco le importan los pasajes aéreos o el verdadero desarrollo de la Selva. El presidente busca exonerarse de la realidad, con tal de mantener el poder absoluto en que parece flotar ahora, ensoberbecido, irresponsable, ególatra...

24 febrero 2007

HOTELES


Fuiste tú quien me hizo volar y enloquecer, si estás dispuesto a volver/ ven a mí que aquí te esperaré, canta Olga Tañón en un reproductor de Mp3. Volver, pienso, nunca es una imposición, sólo una opción en la que no tienen injerencia más que tus sueños y deseos. Es como ver la vida desde una cápsula de cristal, aséptica, oxigenada, pero al mismo tiempo distante, marginal. El contrapunto exacto de este sueño disuelto por los acontecimientos se encuentra navegando con buena salud en los hoteles.

En los hoteles uno siente que el mundo es una estructura de metal, concreto, pintura y armonías diferentes. Espacios paralelos, incontaminados por la intrínseca fealdad de los alrededores. Son los suburbios de la inconstancia, el carrusel de la evasión. En los hoteles te acostumbran a sentirte a bien, a ser bien tratado, a mimarte con pequeños detalles que, a veces, a tu novia o a tu mamá se le pasan adredemente.

Pero los hoteles también son dueños de una moral impecable: el que puede pagar, que asuma su propio relax, con accesorios y guarniciones incluidas. Ellos son sólo intermediarios entre los caprichos y las satisfacciones, de acuerdo al nivel del servicio, las estrellas pegadas en su cartelito acrílico que permite distinguirlos (como si no fuéramos suficientemente perspicaces para darnos cuenta) y las vicisitudes sociales del lugar donde te vas a alojar. Un hotel cinco estrellitas ubicado en el downtown de Iquitos nunca va a poder competir con, por ejemplo, un hotel cinco estrellas ubicado en el downtown de Quito (a pesar de que entre uno y otro hay una diferencia meramente terminológica de dos letras).

A un grueso de la población nos suelen asustar las luces mortecinas, la música incidental estilo-Supermercados, los cristales separadores de espacios y estratos socioeconómicos, como si fuera un disco duro inserto en nuestra cabeza adicta a los hospedajes de a luca (con su papel higiénico rosado y su camita crujiente), los bailongos al paso y los tamalitos comidos arrimadamente en los inmortales Agachaditos. Allí también se disuelve un asunto de mentalidad, que mi amiga la Tañón no es capaz de explicarme, mientras el motocarro mueve con el viento mi ejemplar de Pro & Contra con los menús del día y me transporta al más más de la city, al de espíritu three-stars, al mejor de estos fastos, al nunca bien ponderado Dorado Plaza.

Que quede bien claro: Cuando usas el rotulo “Plaza” en tu denominación de origen, en tu marca, siempre vas a tener los ojos del planeta titilando en el frontis de tu local. Como antes el Holiday Inn y el Hotel de Turistas (o Entur Perú) movían su propia rola y se colocaban en el primer lugar de las preferencias, aquí también hay una obvia supremacía.

Pero, no nos engañemos, las diferencias saltaban a la vista. Y también saltan ahora, que se nota la ausencia del Holiday Inn, un universo personal en el cual cualquiera podría perderse, y la ciudad podía incendiarse y tú te olvidabas de ello porque tenías tu piscina olímpica, tu discoteca de moda, tu gran estacionamiento, tu comida de primer nivel, tus habitaciones de ensueño y un lobby de espectacular, en el cual te comunicabas sólo con el verde inmenso del día, antes que el paisaje adquiriese el blanco-rata de las paredes del colegio Chorpus Christi y las invasiones de los terrenos de Mariano Loo y los nuevos asentamientos humanos que la necesidad le arrebató al placer.

Pero, bueno, bien dicen vivir pensando en el pasado es muy pesado. Y en cuanto a lo que actualmente tenemos al alcance de la mano, el que más salta a la vista es el Plaza, hermano atrevido y bacán del Dorado chico, ubicado una cuadra más abajo, en la tercera de Napo. Aunque la decoración es atractiva, el gran problema del Plaza es su aspecto de haberle ganado a como dé lugar espacios al espacio, valga la redundancia. Se percibe el afán claustrofóbico del terreno y el arquitecto que realizó el diseño pudo haber aprovechado mejor espacios como un estacionamiento que necesita a gritos, los espejos de las habitaciones que miran a la Plaza de Armas o la puerta falsa que comunica con la calle Nauta. Mal, además, por pretender cobrar por el servicio de piscina aún cuando se consuma en forma considerable. De todos modos, este simpático hotel tiene un lobby agradable, una atención de primera en cuanto a botones y ayudantes, un servicio de comidas interesante (aunque caro), un barcito chiquito pero surtido, y una atención de mozos especialistas en dejarle la espuma exacta al vaso cuando sirven el refresco de camu-camu que vale la pena. Primer lugar indiscutido en Iquitos.

Sin embargo, hay lugares en los cuales es impensable no pensar al momento de pensar en los alojamientos predilectos de la ciudad. Con el paso del tiempo, creo que el Marañón, ubicado en la segunda cuadra de Nauta ha logrado un importante ascenso, sobre todo por la eficientísima atención y ciertos detalles. El lobby no es demasiado apreciable, lo mismo que se podría mejorar un restaurant, pero al fin y al cabo dentro el cliente se siente como en casa. Del Victoria Regia rescato sin dudar su Café-Bar, con algunos detalles retro que se agradecen y algunos cuadros de la colección particular de la familia Acosta que bien valen la pena su contemplación, aunque he notado cierta dejadez últimamente en su atención del cliente que podría ser redireccionada en la línea clásica y tradicional. El Hotel Real se esmera, pero aún su legado es demasiado pesado como para superarlo. El Safari, refaccionado y redimensionado, es una alternativa que recomendamos y está cerca al Boulevard, aunque, para pretender ser un tres estrellas podría pensar en tener una piscinita, aunque sea en el techo. El Anaconda, por su parte suple con ingenio sus limitaciones y se convierte en una buena segunda opción. El Royal Inn, por su parte, tiene una atención agradable y un servicio de restaurant que mira a la Plaza 28 de Julio con cierta arrogancia y vale la pena su contemplación.

Me gustan los hoteles porque creo que son el último refugio de tranquilidad y calma, así como un espacio que, potenciado y tratado con creatividad, puede servir para salvar la ilusión de que ciertas cosas son como deberían ser en nuestra mente y nuestra emoción. Tener luces que brillen encima de nuestra cabeza siempre estimula, te hace sentir importante, te da la dignidad que a veces pierdes entre tanta cotidianidad. Aunque quienes han podido acumular cierto kilometraje viviendo en hoteles saben que no existe el perfecto (porque el único lugar que tiene todas las estrellas a disposición es el Cielo, Fuguet dixit), también saben que de vez en cuando es muy bueno saber que aquí, en la Terra Nostra, también hay un espacio para el gozo en algún espacio con sabor a aromatizador, aire acondicionado y una toalla limpia esperando victoriosa el desplante humano sobre la cama de dos plazas.

21 febrero 2007

SILVIO Y YO


Acabo de llegar presuroso de Teleticket del Metro de Higuereta, justo para iniciar esta nueva columna de pasiones heterodoxas y políticamente incorrectas, y me siento relativamente eufórico. Me dolió pagar lo que pagué, justo en esta época de vacas flacas, pero creo que la inversión de butaca VIP, teniendo en cuenta al culpable del sentimiento, vale la pena por mucho. Al fin, Silvio Rodríguez tocará suelo peruano y cantará en concierto, este jueves 22 en el Jockey Plaza. 20 años después (cómo pasa el tiempo)

Conocí por primera vez de los afanes y la poesía musicalizada de Silvio en la academia preuniversitaria. 1995. No puedo decir que era un hombre bohemio ni un revolucionario izquierdoso en ciernes (aunque siempre he mantenido mi rebeldía y pasión características). Dominado en ese entonces por todo el movimiento grunge y sus derivados (desde Nirvana y Pearl Jam hasta Collective Soul y Toad the wet sprocket), fan de las camisas de franela, los walkman y la ropa cool de Alfredo Lewín – the best de los Vj`s de MTV Latino –, sin embargo, en medio del enclaustramiento y las exigencias de mi tutora de la Trener, mientras mi meta máxima era ingresar a la Católica (a punta de puro Letras, porque en números siempre he sido y seré flojonazo), la primera canción que me levantó las orejas, gracias al buen gusto musical de mi amigo Christian Arzapalo, fue Playa Girón: “compañeros de historia, teniendo en cuenta los últimos sucesos..”.

Desde ese momento, no he parado de sentir que había una conexión muy intensa entre la música de Rodríguez y las cosas que he hecho o dejado de hacer, las personas que he conocido y querido, las derrotas dolorosas que me ha tocado experimentar, los golpes que da la vida o el descubrimiento que vale la pena vivir siendo como uno es; entre la búsqueda de la justicia – la cual, escúchenlo bien quienes creen lo contrario, jamás tendrá ideología -; pero sobre todo en la persecución constante de la utopía, esa que es agua desparramándose constantemente a través de los dedos.

Porque, gracias a Silvio, recuerdo viajes, amigos, amores; al patio y la cafetería de Letras de la Católica; los libros que leí, emocionado, en bibliotecas o tirado sobre el jardín de la facultad de Teología. Porque recuerdo a Milanés, Sabina y los que llegaron después. Porque recuerdo a Tito, Cecilia y la China Patty; también el mar, la playa solitaria, el baile autista de Iquitos el 96. Porque recuerdo, sin duda, a Arequipa el 2003 y porque más de una vez he sido muerto de la felicidad de otros. Porque recuerdo todas las películas que miré en televisores ajenos, en cines-arte, en funciones semivacías. Porque recuerdo mi walkman Sony y mis días en que desayunaba y cenaba invariablemente Toor-tees picante y Pepsi Light; cuando mi almuerzo era un menú chifa de 5 soles; cuando aún creía que se podía derrumbar a una potencia como Francia con sólo enrostrarle sus pruebas nucleares en Mururoa, con sólo ir a protestar al frente de su embajada; como cuando éramos nos enfrentábamos a los palos y los gases lacrimógenos de los esbirros de Montesinos, mientras le gritábamos “dictador” a Fujimori. Porque recuerdo a Ernesto Cardenal paseando por el malecón de Iquitos, mirando imperturbable el río Amazonas. Porque recuerdo a mi entrañable amigo Igor Panduro y recuerdo a Claudia expresando la esperanza que emerge del dolor en “Blancura”. Porque recuerdo el amanecer y el atardecer, siempre...

Es imposible no guardarle gratitud a alguien que ha sido la voz incesante de tu alma. Aún ahora, cuando me acerco peligrosamente a los treinta, sigo emocionándome cuando escucho Ojalá, te doy una canción, La familia, la propiedad privada y el amor; El necio, El mayor, Canción del elegido, Pequeña serenata diurna, Testamento, Eva y tantas otras canciones que han sido la banda sonora de una buena parte de mi existencia. Silvio, en definitiva, ha hecho mi vida menos mala de lo que podría haber pensado alguna vez que lo era. Ahora, lo tendré frente a frente, y aunque le podría reprochar que siga apoyando al tiranosaurio que gobierna su patria o sus inconstancias creativas, caray, a un ser humano que te ha dado tanto, que ha sido ciertamente un faro ideológico y afectivo, a ese hombre no puedes reprocharle nada, absolutamente nada. Sólo, simplemente, retribuirle con tu eterna gratitud.