29 abril 2006

CARTA A ALAN (TEXTO COMPLETO)


Alan:

Recuerdo que abandonaste el gobierno un 28 de julio de 1990, humillado públicamente por un grupo de parlamentario que decidieron, en vez de respetar tu agónica investidura, realizar un gesto dignidad y consecuencia con el pueblo que los había electo. Saltabas del barco, dejando como herencia un presidente de ascendencia y ciudadanía japonesa que, según tus excepcionales cálculos políticos, te garantizaba cierta impunidad para las fechorías de tu mandato; además de un país sumido en la más aguda crisis de su historia republicana y el caldo de cultivo necesario para que, revitalizado, vuelva a florecer el germen infecto del autoritarismo.

Alan, recuerdo mucho los días previos a aquellas Fiestas Patrias. Iquitos estaba sumida en una incertidumbre tal que era difícil no sentir el enrarecido aroma del caos flotando en el ambiente. Los precios se disparaban a cada instante: en la tarde una lata de leche costaba muchos miles de intis más de lo que costaba horas antes. Nos enfrentábamos al racionamiento de la comida, el agua potable, la luz eléctrica; enfrentados constantemente a las tinieblas, a la pilas alcalinas y la ineptitud de los burócratas del Partido. La delincuencia aumentaba a pasos agigantados. Los padres de familia tenían que hacer malabares para poder manejar un presupuesto insignificante y por demás estrujado. Los subsidios no podían obviar más el mercado negro, los ambulantes, la nicovita, las virtudes nutritivas de la hoja de remolacha y la cáscara de papa (según memorable edición de la revista Caretas)

Recuerdo que en la peor fase de la hiperinflación, tuviste el descaro de afirmar que pasábamos por una etapa de “desorden aparente”: la tuberculosis, la gente que se moría de hambre, o por falta de plata para las medicinas (sí, las mismas de que ahora te crees abanderado de su probable abaratamiento), el terrorismo, la incursión fugaz del MRTA por estos lares, las coimas y la corrupción de las empresas públicas repletas de apristas; en fin, todo aquello, según tus amiguitos, no era más que algo ficticio, un espejismo producido por la afiebrada obsesión que cuatro banqueros tenían en contra de ti. Cantabas canciones populacheras, manejando tanques y aviones de guerra, reprobando a la odiada derecha; es decir, vivían el mejor de los mundos que sólo tu inestable personalidad era capaz de crear.

Déjame decirte, señor ex Presidente, que aquel día en que tú reías la derrota de uno de los candidatos más sinceros y veraces que ha pasado por la sucia política peruana – Mario Vargas Llosa –, yo rumiaba en silencio mi ira y decepción. Tenía 13 años y había empezado a descubrir, entre paquetazos y shocks, que la vida tenía sus bemoles y no sólo era una cálida anécdota de pequeña infancia, el candor y la alegría propios de la niñez, sin también, gracias a ti, las mochilas con libros viejos, los uniformes zurcidos y los zapatos con suelas gastadas, las colas interminables en busca de pan, las tareas escolares realizadas con no poco esfuerzo a la exigua luz de las velas, el descubrimiento de la pobreza, la corrupción del hambre, los estómagos crujiente y la esperanza guardada en el bolsillo roto de algún traje de primera comunión.

Alan, es difícil recordar cuál situación fue más dura de estudiar, de pasar de la pubertad a la adolescencia en medio de tu horroroso quinquenio de gobierno: si la incertidumbre del futuro o la experiencia de aquel presente kafkiano. Apareció Alberto Fujimori, hechura tuya, Frankestein creado entre el SIN y el local de la avenida Alfonso Ugarte para frenar la candidatura del “gran cambio” (no precisamente el de Cambio 90). Nunca dijiste nada, sufriste el escarnio público, pero cómo buen político que no tiene sangre en la cara, insististe de modo casi patológico en aferrarte al pequeño poder que aún mantenía. Cuando supiste que ibas a ser investigado por tus presuntos – yo creo que evidentes – delitos, ahí tenías al grupo parlamentario fujimorista, además tus magistrados sembrados en la Corte Suprema y tus fieles escuderos, perros de prensa defensores, Jorge Del Castillo entre otros.

Vino la dictadura y te fuiste del país. Te exilaste argumentando persecución política evidente, viviste más o menos bien entre Bogotá y París, de vez en cuando te acordabas de enviar algún artículo desafiando al régimen que tú contribuiste a crear (incluyendo tu reunión subrepticia con el Jefe de la Mafia, Montesinos) y rebotabas algún cable en nuestras redacciones, fustigando el neoliberalismo y la severa recesión que tú, precisamente tú, demagogo líder aprista, dejaste como salde deudor. Nunca te hurgaron las cuentas realmente, nunca tuviste detrás de ti a un perseguidor implacable que pudiese averiguar esas criolladas en que eres tan ducho (más allá del payaso de Olivera) ¿Sabes por qué? Porque ante todo eres el más grande encantador de serpientes de nuestra historia reciente y porque, al fin y al cano, supiste hacerla, supiste esconder tus cuentas, borrar tus huellas, cerrar tus deudas. Y nadie supo más de ti...

.... Hasta que apareció de nuevo sobre el firmamento la luz de la esperanza. Había caído la Mafia de Fujimori y Montesinos y el Perú inició una nueva primavera democrática en cuya concreción, discúlpame que te lo diga, no tuviste ninguna participación. Hasta Alvarito (Vargas Llosa) fue más valiente cuando ingresó a territorio nacional clandestinamente para investigar los crímenes del SIN. Buscaste acogerte a la prescripción de tus entripados, dejaste que la Corte Interamericana de Derechos Humanos sentenciase a tu favor y ahora nuevamente estás aquí, teniendo el coraje de decir las cosas que dices, como si fuésemos una perfecta ruma de idiotas amnésicos que no pensamos y sabemos las desgracias que ocasionaste en todos nosotros. Alan, no seas tan descarado.

Tengo 28 años y una serie de dudas sobre el futuro. Creo en este país, aún a pesar de Fujimori, Montesinos y el APRA. Cuando destrozaste el país, producto de tus “errores de juventud”, destrozaste también muchas esperanzas, destrozaste la posibilidad que los jóvenes de mi generación y adyacentes pudiesen conocer el mundo en circunstancias menos crueles y patéticas. A todos les ha marcado de un modo u otro ver el espectáculo dantesco de su patria ensombrecida por las plagas de Egipto, a su padre y su madre desperados por no saber qué darnos de comer, a sus amigos y conocidos huyendo a los cuatro puntos cardinales en busca de mejores destinos, a ciudades donde no hay trabajo o lo hay pero muy mal remunerado, en cuasi condiciones de explotación. No podríamos votar por ti, no podemos. No creemos en tu mea culpa. Más bien nos parece una afrenta y una falta de respeto. Mataste nuestros sueños y ello no tiene redención alguna.

Cuando te escucho decir que estuvimos mejor contigo que con el Ciudadano Japonés, cuando hablas que diste y darás trabajo, siente pena y rabia; por el Perú que te escucha y por los incautos que creen en ti. Alan; tienes el derecho, pero no tienes la autoridad moral para venir a hablarnos de absolutamente nada. Al margen de cuantas veces quieras demostrar lo contrario, siempre fuiste y serás un Inepto Contumaz al que la historia no puede ni debe reivindicar de ningún modo.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

TOTALMENTE DE ACUERDO NO HAY MAS QUE AÑADIR

mario romero dijo...

tienes razon asi fue la cosa con Alan, el problemas es cual es la alternativa con Humala; temo sinceramente que seria peor.