24 abril 2006

ALAN (PARA QUE LA HISTORIA NO SE REPITA) (I)

Nota del autor: Ahora que la segunda vuelta será definida entre Alan García y Ollanta Humala y haciendo la salvedad que la opción aprista me parece en la actualidad menos nociva que el seudonacionalismo violentista de UPP (aún cuando ambas signifiquen un tiro en la sien a la dignidad nacional), refresco la memoria de los lectores con un artículo publicado el 20 de mayo del 2001 en el semanario loretano Kanatari, en plena definición en la pasada contienda electoral, porque mantiene asombrosa actualidad. Aún creo firmemente en todo lo escrito aquella ocasión.

Alan:

Recuerdo que abandonaste el gobierno un 28 de julio de 1990, humillado públicamente por un grupo de parlamentario que decidieron, en vez de respetar tu agónica investidura, realizar un gesto dignidad y consecuencia con el pueblo que los había electo. Saltabas del barco, dejando como herencia un presidente de ascendencia y ciudadanía japonesa que, según tus excepcionales cálculos políticos, te garantizaba cierta impunidad para las fechorías de tu mandato; además de un país sumido en la más aguda crisis de su historia republicana y el caldo de cultivo necesario para que, revitalizado, vuelva a florecer el germen infecto del autoritarismo.

Alan, recuerdo mucho los días previos a aquellas Fiestas Patrias. Iquitos estaba sumida en una incertidumbre tal que era difícil no sentir el enrarecido aroma del caos flotando en el ambiente. Los precios se disparaban a cada instante: en la tarde una lata de leche costaba muchos miles de intis más de lo que costaba horas antes. Nos enfrentábamos al racionamiento de la comida, el agua potable, la luz eléctrica; enfrentados constantemente a las tinieblas, a la pilas alcalinas y la ineptitud de los burócratas del Partido. La delincuencia aumentaba a pasos agigantados. Los padres de familia tenían que hacer malabares para poder manejar un presupuesto insignificante y por demás estrujado. Los subsidios no podían obviar más el mercado negro, los ambulantes, la nicovita, las virtudes nutritivas de la hoja de remolacha y la cáscara de papa (según memorable edición de la revista Caretas)

Recuerdo que en la peor fase de la hiperinflación, tuviste el descaro de afirmar que pasábamos por una etapa de “desorden aparente”: la tuberculosis, la gente que se moría de hambre, o por falta de plata para las medicinas (sí, las mismas de que ahora te crees abanderado de su probable abaratamiento), el terrorismo, la incursión fugaz del MRTA por estos lares, las coimas y la corrupción de las empresas públicas repletas de apristas; en fin, todo aquello, según tus amiguitos, no era más que algo ficticio, un espejismo producido por la afiebrada obsesión que cuatro banqueros tenían en contra de ti. Cantabas canciones populacheras, manejando tanques y aviones de guerra, reprobando a la odiada derecha; es decir, vivían el mejor de los mundos que sólo tu inestable personalidad era capaz de crear.

Déjame decirte, señor ex Presidente, que aquel día en que tú reías la derrota de uno de los candidatos más sinceros y veraces que ha pasado por la sucia política peruana – Mario Vargas Llosa –, yo rumiaba en silencio mi ira y decepción. Tenía 13 años y había empezado a descubrir, entre paquetazos y shocks, que la vida tenía sus bemoles y no sólo era una cálida anécdota de pequeña infancia, el candor y la alegría propios de la niñez, sin también, gracias a ti, las mochilas con libros viejos, los uniformes zurcidos y los zapatos con suelas gastadas, las colas interminables en busca de pan, las tareas escolares realizadas con no poco esfuerzo a la exigua luz de las velas, el descubrimiento de la pobreza, la corrupción del hambre, los estómagos crujiente y la esperanza guardada en el bolsillo roto de algún traje de primera comunión.
(Continuará...)

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