24 abril 2006

ALAN (PARA QUE LA HISTORIA NO SE REPITA) (II)

Alan:
Es difícil recordar cuál situación fue más dura de estudiar, de pasar de la pubertad a la adolescencia en medio de tu horroroso quinquenio de gobierno: si la incertidumbre del futuro o la experiencia de aquel presente kafkiano. Apareció Alberto Fujimori, hechura tuya, Frankestein creado entre el SIN y el local de la avenida Alfonso Ugarte para frenar la candidatura del “gran cambio” (no precisamente el de Cambio 90). Nunca dijiste nada, sufriste el escarnio público, pero cómo buen político que no tiene sangre en la cara, insististe de modo casi patológico en aferrarte al pequeño poder que aún mantenía. Cuando supiste que ibas a ser investigado por tus presuntos – yo creo que evidentes – delitos, ahí tenías al grupo parlamentario fujimorista, además tus magistrados sembrados en la Corte Suprema y tus fieles escuderos, perros de prensa defensores, Jorge Del Castillo entre otros.

Vino la dictadura y te fuiste del país. Te exilaste argumentando persecución política evidente, viviste más o menos bien entre Bogotá y París, de vez en cuando te acordabas de enviar algún artículo desafiando al régimen que tú contribuiste a crear (incluyendo tu reunión subrepticia con el Jefe de la Mafia, Montesinos) y rebotabas algún cable en nuestras redacciones, fustigando el neoliberalismo y la severa recesión que tú, precisamente tú, demagogo líder aprista, dejaste como salde deudor. Nunca te hurgaron las cuentas realmente, nunca tuviste detrás de ti a un perseguidor implacable que pudiese averiguar esas criolladas en que eres tan ducho (más allá del payaso de Olivera) ¿Sabes por qué? Porque ante todo eres el más grande encantador de serpientes de nuestra historia reciente y porque, al fin y al cano, supiste hacerla, supiste esconder tus cuentas, borrar tus huellas, cerrar tus deudas. Y nadie supo más de ti...

.... Hasta que apareció de nuevo sobre el firmamento la luz de la esperanza. Había caído la Mafia de Fujimori y Montesinos y el Perú inició una nueva primavera democrática en cuya concreción, discúlpame que te lo diga, no tuviste ninguna participación. Hasta Alvarito (Vargas Llosa) fue más valiente cuando ingresó a territorio nacional clandestinamente para investigar los crímenes del SIN. Buscaste acogerte a la prescripción de tus entripados, dejaste que la Corte Interamericana de Derechos Humanos sentenciase a tu favor y ahora nuevamente estás aquí, teniendo el coraje de decir las cosas que dices, como si fuésemos una perfecta ruma de idiotas amnésicos que no pensamos y sabemos las desgracias que ocasionaste en todos nosotros. Alan, no seas tan descarado.

Tengo 23 años (Nota del autor: 20-5-2001) y una serie de dudas sobre el futuro. Creo en este país, aún a pesar de Fujimori, Montesinos y el APRA. Cuando destrozaste el país, producto de tus “errores de juventud”, destrozaste también muchas esperanzas, destrozaste la posibilidad que los jóvenes de mi generación y adyacentes pudiesen conocer el mundo en circunstancias menos crueles y patéticas. A todos les ha marcado de un modo u otro ver el espectáculo dantesco de su patria ensombrecida por las plagas de Egipto, a su padre y su madre desperados por no saber qué darnos de comer, a sus amigos y conocidos huyendo a los cuatro puntos cardinales en busca de mejores destinos, a ciudades donde no hay trabajo o lo hay pero muy mal remunerado, en cuasi condiciones de explotación. No podríamos votar por ti, no podemos. No creemos en tu mea culpa. Más bien nos parece una afrenta y una falta de respeto. Mataste nuestros sueños y ello no tiene redención alguna.

Cuando te escucho decir que estuvimos mejor contigo que con el Ciudadano Japonés, cuando hablas que diste y darás trabajo, siente pena y rabia; por el Perú que te escucha y por los incautos que creen en ti. Alan; tienes el derecho, pero no tienes la autoridad moral para venir a hablarnos de absolutamente nada. Al margen de cuantas veces quieras demostrar lo contrario, siempre fuiste y serás un Inepto Contumaz al que la historia no puede ni debe reivindicar de ningún modo.

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